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Ante la troncalidad, ¿qué hacer?
Madre mía, la que se ha liado: cuando escribimos este texto entre dos compañeros y yo no pensamos que fuese a tener tanta repercusión… ¡Y me alegro! Lo primero es que todos estemos informados de lo que se avecina: hasta ahora no he encontrado a nadie que compartiese la propuesta del Ministerio tal y como está formulada, sea estudiante, residente o adjunto. Sin embargo, sí he visto algo que me parece arriesgado, y es que hay compañeros dispuestos a soportar “males menores”. Dejadme que hable claro: aquí la cuestión no es que, puestos a que nos jodan, que lo hagan con cariño. La clave es que tenemos que hacernos oír y respetar. Vista la aberración del Ministerio, algunos aceptarían la troncalidad si se hiciesen cambios menores como quitar el examen posterior o permitir elegir especialidad fuera de tu hospital. Y digo yo: ¡exacto, eso es lo que pretenden! Quieren una moto, así que nos piden un coche.
¿Por qué digo esto? Cualquier persona con dos dedos de frente se dará cuenta de que el borrador de la troncalidad es una burrada, que su aplicación sembraría el caos (especialistas mal formados, fuga de especialidades, servicios sin personal). Por eso mismo estoy convencido de que al Ministerio no le importaría ceder en ciertos puntos, y el resultado ya no nos parecería tan malo: claro, comparado con lo que había antes… Por eso la pregunta que debemos hacernos es: ¿con qué estamos dispuestos a tragar? Personalmente, no me gustaría que me alargasen la residencia dos años más por la patilla, y me da a la nariz que ese es el objetivo real: el resto son señuelos para distraernos por el camino.
Por eso debemos actuar con perspectiva y no conformarnos con una chapuza, no encogernos de hombros y decir «Bueno, podríamos estar peor». Sí, siempre podemos estar peor. Por eso no podemos echarnos a temblar y admitir un mal menor “por si acaso”. Tenemos que negar la mayor: no queremos más años mareando la perdiz ¡No queremos estudiar séptimo y octavo de Medicina! Algunos diréis que al fin y al cabo no es tan grave, que ya hay especialidades que rotan casi dos años. Cierto: Familia, Interna y pocas más. Pero decidme qué carajo pinta un dermatólogo, un preventivista o un ginecólogo recorriéndose los servicios de medio hospital durante la mitad de su formación. ¡Joder, que la mayoría de las especialidades duran cuatro años!
Mi punto en todo esto es que no podemos confundirnos al plantear nuestras reivindicaciones, y debemos hacerlo con amplitud de miras: que el árbol no nos impida ver el bosque. Y como todo movimiento popular, debemos iniciarlo a nivel local. No podemos esperar a que organizaciones estatales, lastradas por la burocracia, inicien las movilizaciones. Corred la voz en vuestras Facultades, en vuestros hospitales, haced llegar esto a los medios de comunicación. Que la gente sepa que nos la están intentando meter doblada, y que nosotros no nos conformamos con un poquito de vaselina.
Troncalidad en el MIR
Ayer tuvimos una reunión en Madrid, auspiciada por una academia de preparación al MIR, para informarnos de los cambios de las próximas convocatorias: en concreto, de la famosa “troncalidad”. Y, aunque el texto aún puede sufrir alteraciones menores hasta su publicación (se espera que salga antes de un mes, vía Real Decreto), su aprobación significará una patada en el estómago a la formación de los Médicos Internos Residentes en España.
Para los de fuera del gremio, resumo la situación actual, la misma que durante los últimos treinta y dos años: uno hace el examen MIR (250 preguntas tipo test) y, con la nota que obtiene y su expediente, puede elegir una plaza de formación en una especialidad y hospital determinados, plaza que mantiene hasta que acaba su enseñanza (cuatro o cinco años). Fácil, bonito y para toda la familia.
Ahora se sacan de la manga la “troncalidad”: ¿qué repercusiones va a tener semejante idea de bombero? Démosle vueltas a lo que se expone en este borrador. Con la modificación no se elegirá especialidad y centro sino una UDT (Unidad Docente Troncal), cada una de las cuales podrá comprender uno o varios hospitales e incluirá distintas especialidades. Existirán cuatro itinerarios troncales: médico, quirúrgico, laboratorio y diagnóstico por imagen (excepto algunas especialidades que se quedan fuera de la troncalidad, y que de momento son: pediatría, oftalmología, anatomía patológica y psiquiatría). Los dos primeros años de formación (R1 y R2) serán comunes para cada tronco, con rotaciones por los distintos servicios que lo integran, adquiriendo formación en competencias generales. O, en otras palabras, los dos primeros años de residencia pasarán a ser séptimo y octavo de Medicina.
Al cabo de estos dos años se hará otro examen, como un segundo MIR, con una temática propia del tronco (denominado prueba troncal o PT). Y, con la nota de este segundo examen, la evaluación de los dos años y la nota del MIR original, podremos elegir la especialidad. Pero, atención: no cualquier especialidad. Sólo entre aquellas ofertadas por esa UDT.
¿Qué repercusiones prácticas tiene todo esto?
- En primer lugar, y más importante, supondrá un descenso de la calidad de la formación y la asistencia, pues se reduce en dos años el período efectivo de especialización (de cuatro a dos o de cinco a tres); ante esta vicisitud, algunas sociedades especulan con alargar el periodo de residencia, mientras que ciertas unidades docentes han valorado directamente rechazar la docencia. ¿Tú te dejarías anestesiar por alguien que lo ha practicado sólo durante dos años?
- No habrá residentes de primer o segundo año propios de cada servicio: las guardias específicas del servicio se repartirán entre la mitad de personal, que además carecerá de experiencia (el R3 de cardio estaría realmente en su primer año de formación como cardiólogo).
- En lo académico, el residente no sabe la especialidad que podrá cursar hasta pasados dos años de formación, que serán a fondo perdido si finalmente no consigue la especialidad deseada: o te jodes y haces reumatología, o vuelves a empezar (¿alguien dijo “estabilidad laboral”?). Es más: el residente ni siquiera sabe si su unidad docente troncal (UDT) seguirá ofreciendo esa especialidad para cuando él finalice su período de troncalidad, pues puede haber sido desacreditada entre tanto. O sea: me voy a Jaén con la esperanza de hacer vascular… y después de dos años de guardias resulta que ya no puedo porque la han quitado.
- Asimismo, la nota del MIR será computada por duplicado, aumentando el porcentaje de médicos que se vuelven a presentar sólo para mejorar la calificación. En el mismo sentido, enrarecerá el ambiente de trabajo, pues los compañeros de los dos primeros años serán competidores directos para las (o la) plaza deseada en la PT.
- El hecho de haber especialidades fuera de la troncalidad conducirá a una fuga hacia estas: si alguien duda entre una especialidad con troncalidad y otra sin (por ejemplo ORL vs. oftalmología), es lógico que quiera asegurarse la especialidad desde un primer momento.
- En el borrador no se define qué sucederá con los centros privados: ¿no estarán sometidos a UDT, formarán UDTs independientes, quedarán adscritos a una UDT pública, sus plazas serán de acceso libre?
- No obstante, no todo son inconvenientes: hay una gran ventaja. Económica. Se aumenta enormemente (más del doble) el personal disponible para la realización de suplencias o guardias, que dejarían de ser realizadas por adjuntos para pasar a serlo por R1 y R2 (con salarios más bajos). Y además, las academias (privadas) también verían aumentados sus ingresos al tener que preparar a médicos para el MIR y la PT.
¿Qué hacer?
Estas medidas se implantarían en la convocatoria MIR de 2012: afectan directamente a los estudiantes que actualmente están en quinto de carrera, pero también salpica a todos los residentes que se verán enmarronados dentro de tres años con una carga de trabajo ingente, y a los servicios que van a tener que funcionar con la mitad de personal. Por eso os pido que, aunque haya que esperar a su publicación definitiva en el BOE, de momento corráis la voz para que la gente esté alerta con este tema porque, si no se le mete tijeretazo a ese texto, tendremos que tomar las medidas oportunas.
¿A dónde pretenden llegar con todo esto?
Vamos a los comentarios, donde ya ha salido el tema. Porque, al igual que otros, yo tampoco creo que el objetivo sea aprobar el texto tal y como está ahora…
¿Diseño inteligente? ¡Los cojones!
La promotora Planeta Tierra, S.A., tras haber estudiado el proyecto presentado por el estudio Dios y Asociados, S.L.U. para la creación de un ser vivo superior para la población de su territorio, resuelve rechazar el proyecto por los siguientes
ERRORES DE DISEÑO
- Los conductos de ventilación tienen partes comunes con los de abastecimiento de alimentos y, según nuestros asesores, una pequeña lengüeta de tejido no bastaría para evitar una tasa preocupantemente alta de atragantamientos letales.
- Hemos detectado que algunos dispositivos indispensables para la supervivencia, tales como “corazón” e “hígado”, no cuentan con redundancias, haciendo fatal cualquier fallo en su funcionamiento.
- Reconocemos el acierto de situar las oficinas de dirección en el ático, pero no nos parece lo más conveniente sujetarlas con una mísera alcayata: su ruptura podría ocasionar un corrimiento de las plantas superiores, seccionándose las vías de comunicación y abastecimiento con trágicas consecuencias.
- Asimismo, alabamos el accesorio de telecomunicación vocal con el que cuenta el proyecto, pero no entendemos la cantidad innecesaria de cable desplegado y enrollado con las tuberías, pues un fallo en estas cañerías podría inutilizar todo el dispositivo (y llegar a asfixiar al sujeto).
- Nos parece muy ingenioso el sistema de reproducción tipo “nave nodriza”. Sin embargo, es incomprensible el tamaño tan pequeño del puerto de salida (denominado “pelvis” en el proyecto), que dificulta la salida del nuevo individuo y conlleva un gran riesgo de complicaciones letales.
- La ubicación próxima del vertedero y el lugar de recreo consideramos que es de pésimo gusto, tanto por el problema higiénico que supone en los especímenes femeninos, como por la posibilidad de embarazosos, aunque cómicos, incidentes ().
- Si bien admitimos la ventaja de contar con un instrumento olfativo, no nos parece correcto transmitir sus señales a través de unas decenas de pequeñas fibras nerviosas que atraviesan una lámina perforada de hueso para llegar a la oficina de dirección: en el caso de un movimiento brusco, ese hueso puede actuar como una guillotina, destruyendo todo el montaje.
- Por último, estudiando el mecanismo de enfoque de las cámaras de vigilancia, juzgamos que está muy bien adaptado a un ambiente salvaje y con una expectativa de uso corta; no obstante, una simulación por ordenador ha demostrado su mala tolerancia al envejecimiento y un inapropiado diseño para la vida en entornos urbanos.
Y tú, ¿has observado algún otro defecto de diseño en nuestro cuerpo? ¡Añádelo en los comentarios!
Evidence Based Medicine: la homeopatía no es el único engaño
Probablemente ya hayáis oído que esta semana una comisión del Parlamento británico emitió una recomendación para que el NHS retirase inmediatamente la financiación pública a los tratamientos y hospitales homeopáticos, pues no se habían encontrado pruebas de su efectividad (como ya ocurriera con la KVG suiza hace cinco años gracias a este estudio de la Universidad de Berna). El texto británico tiene frases tan contundentes como esta:
The Government should stop allowing the funding of homeopathy on the NHS. We conclude that placebos should not be routinely prescribed on the NHS. (…) and doctors should not refer patients to homeopaths.
El Gobierno debería dejar de permitir la financiación de la homeopatía en el Sistema Nacional de Salud. Concluimos que los placebos no deberían ser prescritos rutinariamente en el SNS. (…) y los médicos no deberían referir pacientes a los homeópatas.
Bien, en esto todos estamos de acuerdo. Pero el problema es que la superchería también está plácidamente instalada dentro de la Medicina “tradicional”. Este texto de Ben Goldacre en el Guardian me ha animado a dedicar unas líneas a esos medicamentos aprobados por las autoridades sanitarias pero que no han demostrado ser más eficaces que otros ya existentes o que, simplemente, no sirven en absoluto.
En Medicina hay fármacos, como la metformina para la diabetes, cuya eficacia no se ha conseguido igualar después de lustros de comercialización. Pero también hay mucho mariconeo; uno de los que más gracia me hace es el empleo de isómeros: (es)omeprazol, (es)citalopram, (dex)ketoprofeno, (dex)ibuprofeno, etcétera. ¿En qué consiste esto? Resumidamente, en vender la forma purificada de un fármaco alegando una mínima mejora terapéutica, basándose en ensayos pequeños apropiadamente torturados, pero a cambio de un gran incremento en el precio (Nexium/Axiago son diez veces más caros que el omeprazol genérico). ¿A santo de qué viene? ¿Qué autoridad y con qué criterio financia medicamentos que no aportan nada sobre los ya comercializados? ¡Y luego hablan de introducir el copago en las consultas para controlar el gasto! El ojo del médico sobre un paciente puede ahorrar muchos problemas y apenas cuesta unos pocos euros, mientras que el puterío de la prescripción farmacéutica es una auténtica sangría económica que sólo beneficia a unos pocos.
Otro ejemplo: seguro que todos conocéis a alguien a quien le han recetado esos polvitos con sabor a naranja, Flumil para el catarro, “para soltar los mocos”. Sin embargo, a menos que tengáis fibrosis quística o alguna otra enfermedad pulmonar seria, este medicamento probablemente sólo os serviría… como antídoto en la intoxicación por paracetamol. Y, siguiendo con los resfriados, mi favorito: el Inmunoferon, que “refuerza las defensas” (¿eh?). Su principio activo es el enigmático AM3, y una búsqueda en PubMed devuelve un puñado de estudios (pequeños) en los que las diferencias encontradas, si las hay, son de escasa relevancia clínica y con end points débiles. Vamos: que no hay pruebas de que si doy Inmunoferón a un paciente vaya a resfriarse menos o curarse antes. Empero, el SNS sigue financiándolo.
Y como esto, otros muchos ejemplos: algunos “de toda la vida”, como la vitamina D en postmenopáusicas para prevenir la osteoporosis (inútil) o los antitusígenos en el catarro (Flutox tiene doce referencias en PubMed), y otros de nueva manufactura, como el Altargo para infecciones cutáneas (que apenas tiene estudios publicados y no ha demostrado ser mejor que Bactroban o Fucidine, a pesar de costar tres veces más).
¿Cuál es mi punto en todo esto? Llamar la atención sobre el hecho de que la buena o la mala Medicina no depende del título o de la bata del que la ejerza, sino de las pruebas sobre las que se sustente su práctica, que luego confundimos churras con merinas, llámese homeopatía, VINE o “avance revolucionario”.
Gracias a Fernando Frías por el soplo al artículo de Goldacre y el empujón para escribir esta entrada.
¿Sabías por qué… hay que vomitar la anestesia?
De entrada, lo aviso: la anestesia no se vomita. Los agentes anestésicos pueden eliminarse por distintas vías: por ejemplo metabolizándolos en el hígado, excretándolos por el riñón o devolviéndolos inalterados en la respiración. Pero entonces, ¿por qué se suele decir que la anestesia “hay que vomitarla”?
Lo que sucede es que el saber popular tiende a establecer curiosas relaciones causales: efectivamente, uno de cada cuatro pacientes vomitan en las horas siguientes a la anestesia general. Además, como tenían el estómago vacío desde muchas horas atrás, el vómito no contenía alimentos sino que era bilioso (recordad lo que ya dijimos): simples jugos gástricos y pancreáticos, con un aspecto verdoso, alarmante para los legos. La conclusión es obvia: si lo que vomita no es comida, y le han anestesiado… ¡lo que hay en la palangana es la anestesia!
La realidad, sin embargo, es diferente. Las náuseas y vómitos postoperatorios se deben, entre otras muchas razones, a un efecto secundario de los fármacos empleados como analgésicos o hipnóticos. En concreto, los opiáceos que nos quitan el dolor o los halogenados que inhalamos para mantenernos dormidos son los principales acusados… pero no los únicos: ciertos hipnóticos como el etomidate o la ketamina se asocian a vómitos postoperatorios. Y atención al dato: también la cirugía abdominal (o sea, que a tu cuerpo le da por ponerse a vomitar justo cuando tienes la tripa rajada en canal, ¡qué divertido!).
Pero bueno, que no panda el cúnico: el anestesista sabe todo esto y se anticipa a ello para intentar evitarlo, con medidas como usar ondansetrón (un fármaco que previene las náuseas y vómitos) o cambiando la técnica anestésica (con una perfusión de propofol en vez de vaporización de desflurano). Ah, y una buena noticia para fumadores: el tabaco reduce los vómitos postoperatorios. Aunque no sé yo si compensa…
Sutileza
La forma más rápida de obtener una respuesta negativa (e inútil) es hacer una pregunta directa.
¿Tiene problemas en el trabajo? ¿Tomas drogas? ¿Mantienes relaciones sin protección?
Otra reflexión del manual «Cómo no cagarla interrogando a un paciente»
Reacción vagal
Recuerdo que una vez en el colegio, cuando nos ponían las vacunas, una compañera se desmayó. Al preguntarle a la enfermera por qué, me dijo que era una “reacción vagal”, algo que me sonó a excusa para quitarse de encima al pelmazo del niño. Sin embargo, años después, armado con un libro de fisiología y un subrayador, entendí que la enfermera tenía razón. Reacción vagal… de nervio vago. Vayamos por partes.
¿En qué consiste una reacción (síncope) vagal?
En primer lugar, en nuestro organismo hay un sistema nervioso con dos partes funcionales: una de la que nos damos cuenta (movimiento, tacto, etcétera), y otra que regula las funciones fisiológicas (respiración, movimiento intestinal…) de manera autónoma y que, por lo tanto, se le llama sistema nervioso autónomo o vegetativo. Haciendo el símil informático, diríamos que es un proceso del sistema corriendo en segundo plano: esencial, pero no te das cuenta de que está ahí. Este sistema nervioso vegetativo se divide, a su vez, en dos componentes de funciones opuestas: simpático (que “acelera” todo) y parasimpático (que “frena”).
Pues bien, dentro de la parte parasimpática encontramos al nervio vago, entre cuyas acciones está la de enlentecer la frecuencia cardíaca. ¿Cómo lo consigue? Los que leyéseis la entrada sobre el electro recordaréis dos cosas: que el ritmo cardíaco se genera en el nodo sinusal (el marcapasos natural del corazón), y que el impulso se transmite a través del nodo auriculoventricular. El nervio vago actúa sobre ambos: por un lado disminuye la frecuencia del marcapasos, y por otro frena la velocidad de conducción del nodo AV, retrasando el paso de la señal a los ventrículos (esto lo veríamos en el electro como un alargamiento del intervalo P-R).
Resumiendo: la estimulación vagal disminuye la actividad del corazón pudiendo llegar a pararlo, bien porque no se generan impulsos o bien porque estos no consiguen llegar a los ventrículos (que son los que bombean la sangre al organismo). Y entonces es cuando nos da el jamacuco, nos caemos en plena calle y la gente se asusta: acabamos de tener un síncope neurocardiogénico, una reacción vagal. Y, aunque el tono vagal “bloqueante” se mantuviese, el corazón tiene un mecanismo de backup para que no nos muramos: si no hay ritmo nodal, ciertas fibras ventriculares empezarían a generar un “ritmo de escape”, mucho más lento e ineficaz, pero que nos mantendría vivos. Sin embargo, entre el bloqueo sinusal y el arranque del ritmo de escape hay unos quince segundos de pausa, una breve parada cardíaca que se conoce como síndrome de Stokes-Adams.
Toda esta chapa que os he contado me sonaba muy teórica, como a vosotros, hasta que lo vi en el Mundo Real™. Érase una vez el ingreso de una paciente de urgencias. Pongamos que era casi medianoche, toda la Unidad estaba en silencio, y las luces apagadas. Estoy recogiendo mis cosas para irme a casa, cuando de repente oigo la alarma: “¡ti-tón,ti-tón,ti-tón!”. Mal rollo. Me asomo al control de enfermería y veo en un monitor, parpadeando en rojo: . ¡Cagontó! ¡Ahora va la de la angina y le da por pararse! Nada más lejos: ni hacía falta haber despertado al adjunto. Aquí tenéis la tira de ritmo de esa buena mujer, con un precioso bloqueo auriculoventricular:
¿Por qué puede producirse un síncope vasovagal?
Para terminar la entrada, ¿qué puede desencadenar una reacción vagal? En el caso de esta paciente fue el pincharle la vía: como todos sabéis, hay gente a la que le da el chungazo cuando ven imágenes desagradables o tienen dolor (en general, situaciones de estrés físico o emocional). El cansancio, calor, hambre o permanecer mucho tiempo de pie también juegan su papel (por eso los estudiantes tienen sus apuros en quirófano).
Pero en algunas personas puede desencadenarse por alimentos concretos o bebidas frías o carbonatadas (el típico caso de “fui a beber una cocacola y me desperté caído en el suelo”): estos ocurren por una activación de sensores esofágicos que desencadenan una respuesta vagal. También puede pasar al hacer determinadas maniobras, como es el masaje del seno carotídeo (conocido “juego” infantil) o meterse en agua fría (¿alguna vez os sentisteis mal al daros una ducha en la playa?). O fisiológicamente, durante el sueño, tampoco es raro que tengamos alguna pausita en el electro.
Bueno, parece que la entrada me ha quedado más larga de lo habitual. Espero, por lo menos, no haberos aburrido.
Bibliografía:
Rhythmical excitation of the heart. En: Guyton AC, Hall JE. Textbook of medical physiology. 11ª ed. Philadelphia (PA): Elsevier Saunders; 2006. p.116-22
Kasper DL, Braunwald E, Fauci AS, Hauser SL, Longo DL, Jameson JL, editores. Harrison. Principios de Medicina Interna. 16ª ed. McGraw Hill; 2005.
El informe del forense dice que no hay violación
«Y el informe del forense / dice que no hay violación / que no hay pruebas de que aquel hombre / le bajara el pantalón» dice el estribillo de la canción de Melendi (que luego continúa con no se qué chorrada de una investigación cerrada por el secreto sumarial). Y eso me ha hecho pensar que sería curioso (curiosidad morbosa, para ser exactos) explicar qué es una violación.
La violación es un concepto medicolegal recogido en el Código Penal, en cuyo artículo 179 se define:
Cuando la agresión sexual* consista en acceso carnal por vía vaginal, anal o bucal, o introducción de miembros corporales u objetos por alguna de las dos primeras vías, el responsable será castigado como reo de violación con la pena de prisión de seis a 12 años.
¿Qué implica esta definición? Dos cosas: una, que a la amiga de Melendi no tenían por qué bajarle los pantalones para violarla, pues una penetración bucal tendría la misma consideración. Otra, que la violación se puede realizar a cualquier persona (no sólo mujeres), incluso con objetos inanimados: técnicamente podría darse el caso de que una mujer violase a un hombre.
Pero ahora llega la frikicuriosidad legal, y es que la violación se considera un delito semipúblico (de acción pública previa instancia particular): en otras palabras, para que se inicie la persecución judicial es necesaria la denuncia de la agredida (no se obra de oficio), y aunque luego exista perdón (se retire la denuncia), el Ministerio Fiscal puede seguir adelante si lo considera oportuno. Empero, esto no exime al médico de hacer llegar al Juzgado de Guardia el correspondiente parte de lesiones, cumpliendo así con la obligación que tiene todo ciudadano de denunciar un delito según los artículos 259 y 262 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal.
Y esto es todo, Señoría. A no ser que vosotros tengáis algo que decir… o corregir (lo cual no me extrañaría).
* → En el artículo anterior se define agresión sexual como un atentado “contra la libertad sexual de otra persona, con violencia o intimidación”. Si no existiesen tales, hablaríamos de abuso en vez de agresión (artº 181).
Bibliografía:
Mediuris. Derecho para el profesional sanitario. 1ª ed. Madrid: Marcial Pons, Ediciones Jurídicas y Sociales; 2008.
Sentencia 637/2002, de 11 de abril, del Tribunal Supremo, Sala II de lo Penal.
Banco de sangre: perspectiva del donante
Empiezo aquí una breve serie de entradas explicando los entresijos de la donación de sangre. Antes de nada, os agradecería que planteáseis cualquier pregunta que podáis tener al respecto para que os la intente responder: nada me jodería más que perder un posible donante por inseguridad o una duda.
Estoy seguro de que algunos de vosotros (espero que muchos) ya habéis donado sangre alguna vez. Esta entrada va para todos los demás: aquellos que por miedo o desconocimiento aún no os habéis animado a dar el primer paso. Para empezar, la donación de sangre es algo indispensable en la Medicina actual, pues no existen alternativas artificiales viables: las hemoglobinas glicadas o los perfluorocarbonos tienen muchos fallos y sólo algunos países admiten su uso en circunstancias especialísimas. Por otra parte, la donación es prácticamente inocua para el donante (exceptuando el pinchazo, claro está): no hay riesgo de contagios, reacciones adversas ni nada por el estilo. Asimismo, la sangre es algo que nosotros producimos naturalmente y que podemos perder en pequeñas cantidades sin efectos apreciables en el organismo. En resumen: donar sangre es dar algo que otros necesitan sin que nosotros perdamos nada.
Cuando alguien quiere hacerse donante, el primer paso es acercarse a su banco de sangre más cercano, o a las unidades móviles que existen en muchas Comunidades. Allí tendrá una entrevista con un médico para asegurarse de que la donación se puede realizar con absoluta seguridad tanto para el donante como para el receptor. Para ello existen criterios de inclusión que descartan a aquellas personas que no tolerarían bien perder 450 mL de sangre: ancianos, personas pequeñas, hipertensos, anémicos… Y también se excluyen aquellos que podrían suponer un riesgo para el receptor: generalmente enfermedades contagiosas, situaciones de riesgo o ciertos tratamientos médicos.
Tras la consulta médica, el donante pasa a una sala donde se le recoge su primera unidad de sangre. Una enfermera de las más competentes te conducirá a un sillón reclinable, te preguntará qué lado prefieres y te pondrá una goma en el antebrazo, para que las venas se “hinchen” y sea más fácil extraer la sangre. Desinfectará la piel del codo con povidona yodada y te dirá que no mires cuando te vaya a pinchar. No te voy a engañar: esta es la peor parte, porque la aguja tiene un cierto calibre (16G), pero se aguanta sin problema. Además, todo el proceso de la donación dura menos de diez minutos, así que apenas hay tiempo de que duela. Y si estás abriendo y cerrando la mano, aumentas el flujo de sangre y puedes terminar antes.
Mientras tú estás recostado en el sillón, tu sangre va fluyendo por una cánula hasta un paquete de bolsas que reposa en una balanza-oscilador, el cual mide la cantidad de sangre extraída a la par que la mueve para mezclarla con el anticoagulante. Durante este tiempo, la enfermera te habrá estado prestando atención permanentemente para que, en cuanto la balanza avise, te pueda retirar la aguja y ponerte un apósito sobre el punto de punción. Si no quieres tener un bonito moratón a la mañana siguiente, es recomendable que presiones durante cinco o diez minutos (aunque sin pasarte, que también jode: te lo digo por experiencia).
Para terminar, te dirán que te levantes despacio y que pases a otra sala, donde te ofrecerán algo para comer y beber. Mi recomendación es que tomes algo salado y bebas líquidos, para reponer el volumen vascular lo antes posible.
Y esto es todo. O, mejor dicho, esto es todo… lo que ve el donante. En las siguientes entradas os contaré qué se hace con esa sangre para que el enfermo al que se la van a transfundir reciba un producto de la mayor calidad y seguridad posibles.
Efecto Hawthorne (o “el aliento en la nuca”)
O cómo el resultado de un estudio puede depender, simplemente, del hecho de estudiarlo (vamos, como el gato de Schrödinger). Os cuento la historia: vayámonos a finales de los años 20, a la Hawthorne Works, una fábrica de productos eléctricos cerca de Chicago. El gerente de turno se pregunta si sería posible incrementar la productividad de sus empleados (¡qué si no!), y decide hacer un estudio sobre la iluminación de la fábrica. Ponen más luz, y sube la productividad. Quitan iluminación… y la productividad vuelve a subir. Coño, curioso. Cambian los turnos de descansos, y los trabajadores rinden más. Los vuelven a cambiar, dejándolos como antes, ¡y se repite la subida! ¿Cómo se explica esto?
Esta aparente paradoja se definió años más tarde como efecto Hawthorne, que consiste en una mejoría (transitoria) de la variable estudiada como consecuencia del mero seguimiento, por el estímulo motivacional que éste supone; los trabajadores se sentían “importantes” al formar parte del estudio. O, en otras palabras, rendían más porque se sentían observados.
Si bien hay trabajos que han puesto en duda la existencia del efecto Hawthorne como se definió originalmente, eso no significa que no siga existiendo ese “efecto placebo” a nivel de los estudios. A esto actualmente se le conoce también como sesgo de atención, y es un factor de confusión que debe ser tenido en cuenta en todo ensayo. Este puede contribuir, por ejemplo, a que visitas médicas más frecuentes mejoren la evolución de determinada enfermedad, o a que evaluar el comportamiento del personal en quirófano reduzca la mortalidad postoperatoria.
Bibliografía:
de Irala J, Martínez-González MA, Seguí-Gómez M. Epidemiología aplicada. 1ª ed. Barcelona: Ariel; 2004.
McCarney R, Warner J, Iliffe S, van Haselen R, Griffin M, Fisher P. The Hawthorne Effect: a randomised, controlled trial. BMC Med Res Methodol. 2007 Jul 3;7:30.
Haynes AB, Weiser TG, Berry WR, Lipsitz SR, Breizat AH, Dellinger EP, et al. A surgical safety checklist to reduce morbidity and mortality in a global population. N Engl J Med. 2009 Jan 29;360(5):491-9. Epub 2009 Jan 14.

