Per Ardua ad Astra

Tanto gilipollas y tan pocas balas

Entradas de archivo para la categoría ‘Opinión’

Homeopatía, congresistas y desaciertos

82 comentarios

¿Qué cara pondríais si os dijera que, a partir de ahora, hará falta receta médica para peregrinar a Lourdes? Pues una parecida se me ha quedado cuando he leído este titular:

El Congreso acuerda que la homeopatía sea realizada solo por licenciados en Medicina y Cirugía

Acojonante (y no me refiero a la falta de ortografía): o sea que, de ahora en adelante, habrá que ser licenciado en chorradas para recetar agua azucarada. Ya me parece una gran temeridad dar credibilidad a algo en ausencia de pruebas, sea la homeopatía, los unicornios rosas o los milagros de Fátima, pero encomendar mi salud a un tratamiento sin fundamento no es temerario sino, directamente, estúpido.

Destripemos la noticia por partes: primero, una cita literal que me ha dado especial penita y dolor: «[se emplean medicamentos homeopáticos] no sólo para tratar a enfermos leves, sino patologías muy graves». Respondo con un toque de humor:

OK, so you kill the odd patient with cancer or heart disease, or bronchitis, flu, chicken pox or measles, but when someone comes in with a vague sense of unease, or a touch of the nerves, or even just more money than sense, you’ll be there for them with a bottle of basically just water in one hand and a huge invoice in the other.

Aparte del hecho de los beneficios económicos, que ya se discutió en esta casa, siempre me ha hecho gracia que la homeopatía se emplee en ámbitos extremadamente subjetivos, donde es difícil comprobar su efecto: dolor, ansiedad, cansancio… Que yo sepa, todavía no hay ningún producto homeopático que diga poder curar una infección o corregir una alteración analítica: ¿será porque esos son datos objetivos y mensurables, y la homeopatía quedaría en pelotas? ¿O será simplemente porque, a fecha de hoy, la homeopatía simplemente no ha demostrado su efectividad? Por favor, ¡si hasta la OMS advierte que, cuando se trata de cosas serias, no sirve ni para tomar por saco!

Pero es más, la noticia sigue con esta parrafada que me ha soltado la risa floja:

La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera la homeopatía una medicina tradicional desde 2003. La OMS apoya el uso de las medicinas tradicionales si demuestran su utilidad para el paciente y representan un riesgo mínimo. En países como Alemania, Reino Unido y Francia la homeopatía se ejerce incluso dentro del sistema sanitario público.

Bien: el periodista es capaz de articular tres oraciones coherentes y, no obstante, carentes de relación entre sí y que no significan que la homeopatía funcione. Leemos qué opina la OMS sobre las medicinas tradicionales, y vemos que se centran en los remedios herbarios, sobre los cuales persiguen «asegurar el uso de productos y prácticas seguros, efectivos y de calidad, basados en las pruebas disponibles». En este otro documento son más explícitos y acotan:

With respect to multigenerational use of homeopathic medicines, it is recognised that homeopathic medicine represents a special case where the manufacturing process of serial dilution is a major component of the tradition of use of the therapy. […] claims may be assessed on an “evidence of traditional use” basis. Evidence of traditional use includes independent written histories of use in traditional or contemporary homeopathic literature, multigenerational use, homeopathic proving, records of clinical use and records of the set of symptoms provoked by a “crude” substance.

Negro sobre blanco: el único argumento que reconoce la OMS a favor de la homeopatía es que “antes ya se usaba”. Bueno, sin salir de España te pueden recomendar que te frotes el rabo de un gato para curar un orzuelo pero, una vez más, eso no significa que vaya a funcionar.

Permitidme aquí un pequeño paréntesis. El problema de base de la homeopatía es que su planteamiento de diluciones seriadas no cumple uno de los criterios básicos de causalidad, que es el de plausibilidad biológica: con los conocimientos de química y física actuales, la homeopatía no puede funcionar (¡si se pasa por el forro el número de Avogadro!). Pero, por si acaso estuviésemos confundidos, tenemos una red de seguridad: los ensayos comparativos con placebo. Igual hemos pasado algo por alto y realmente que funciona: comparémosla con cápsulas de lactosa, y veamos qué hace. ¿Lo adivináis? ¡Nada!

Respecto al hecho de que la homeopatía se ejerza en el sistema sanitario público, lamentablemente no conozco cómo está el tema en los tres países citados. Sí sé, por el contrario, que en Suiza la KVG la financiaba hasta que un estudio de la Universidad de Berna evidenció que no había pruebas que la respaldasen.

Y es que ese es el talón de Aquiles de la homeopatía: los estudios de eficacia comparada. Todo fármaco que va a salir al mercado no se aprueba si no demuestra su superioridad, al menos, contra placebo; empero, se duda de la ética y la utilidad de los estudios versus placebo, defendiendo en su lugar la comparación con la alternativa terapéutica más eficaz. Farmacéuticas, gobiernos y médicos gastan tiempo y dinero para asegurarse de que proporcionan a sus pacientes el mejor tratamiento disponible. Y la homeopatía pasa por encima de todo esto con perlas como que “los estudios normales no aprecian la homeopatía en toda su amplitud”:

The authors’ experience of conducting clinical trials in homeopathy and analysing data from these has drawn attention to a fundamental problem (…). For clinical trials of homeopathy to be accurate representations of practice, we need modified designs that take into account the complexity of the homeopathic intervention.

En otras palabras: la homeopatía no funciona por sí misma, sólo si el homeopatólogo tiene labia. Me pregunto entonces, con lo subiditos que son los cardiólogos y los cirujanos, cómo es posible que los cateterismos o las apendicectomías sirvan para algo…

En fin, señoras y caballeros, veremos en qué termina esa proposición no de Ley. Entre tanto, si aún no lo habéis hecho, os recomiendo leer «”Pues a mí me funciona” y otras falacias en torno a la homeopatía», un gran texto escrito por Esther Samper que desmonta los principales argumentos a favor de la homeopatía.

Perpetrado por EC-JPR

octubre 1st, 2009 a las 12:45 am

El aborto no es inmoral, y la Iglesia se hace la picha un lío

35 comentarios

Aunque llegue un poco tarde con el tema, no me podía quedar callado al respecto: han corrido megas de texto, y yo también quería soltar la mía. Entre las muchas incoherencias que tienen la Iglesia y sus acólitos, una de ellas es el tema del aborto. Hablo de incoherencia porque nunca vi a ningún ensotanado oponerse a la donación de órganos, en concreto a esa que se hace empleando como fuente de los mismos a una persona en muerte cerebral. Desde luego, ¡qué inmoralidad! ¡¡Vaciar los órganos de una persona, reduciéndola a una mera fuente de repuestos, cual coche en desguace!! No, no lo oí nunca. Es más: que yo sepa, ningún médico se ha opuesto nunca a esta práctica, ningún meapilas se ha rasgado las vestiduras por ello.

Vale, ahora conviene repasar los criterios que se siguen para decretar la muerte del paciente. Esos que dicen que, en ausencia de actividad encefálica, el sujeto está muerto. Aceptamos pues que, cuando no hay cerebro, no hay persona sino un montón de órganos que funcionan coordinadamente (al menos de momento).

Y entonces, si en vez de una madre de cuarenta años conectada a un respirador tenemos una amalgama de células sin un sistema nervioso formado, ¿por qué le habríamos de conceder a ésta unos privilegios de los que la otra no goza? Si en ningún caso podemos hablar de sistema nervioso antes de la quinta semana de desarrollo (séptima de embarazo*), ¿por qué tratamos al embrión como un sanctasanctórum, invistiéndolo de una dignidad metafísica que, cuando menos, no concuerda con los criterios que aplicamos en otras ocasiones?

En llegando a este punto, el contraargumento generalmente esgrimido me encanta por su vaguedad y amplitud: la potencialidad. Que yo sepa, las cosas se juzgan por lo que son aquí y ahora, no por lo que llegarán a ser o lo que podrían haber sido. Aún no se ha dado ningún Nobel al médico que mejor hubiera podido descubrir la vacuna del SIDA, ni ningún banco ha concedido hipotecas en base al sueldo que cobraré en el trabajo que no tengo. Si nos ponemos a hablar de “potencialidades”, y según un sacerdote que me dio clase, todo empieza con el besito que se da la pareja una noche que están tontorrones. Si seguimos con la potencialidad, ¿quién es más abortista: el que se carga un embrión, o el que interrumpe un acto de fornicación? Porque, si es así, me declaro culpable, señor juez (no veas el ruido que metían los hijos de puta a las tres de la mañana: ¡tuve que hacer lo del teléfono si quería dormir!).

Bromas aparte, recuerdo que todos sabemos cómo acaba una cópula entre un hombre y una mujer, del mismo modo que todos sabemos cómo acaba una fecundación… ¿o no? Depende de a quién preguntemos**: según este ensayo del New England, un tercio de las gestaciones fracasa sin necesidad de intervención externa. Según este otro del British Journal of Obstetrics and Gynaecology, la tasa es del 12% (descontando un 20% de abortos voluntarios, que nunca sabremos cómo hubieran terminado per se), cerca del 15% que menciona este otro artículo ¿Alguien quiere seguir hablando de potencialidad?

Podría alargarme más en este sentido, pero el tito Rinze lo ha hecho tan bien que es mejor que simplemente le enlace, para gusto y solaz de los lectores: De cómo el embrión recién fecundado no es un ser humano, o por qué el bukkake, llevado al absurdo, es prácticamente canibalismo. Tan sólo añadir esta referencia sobre depresión y aborto que he encontrado mientras buscaba literatura para la entrada.

My two cents. ¿Algo que alegar?

* -> Se habla de “semanas de embarazo” a partir de la última menstruación; sin embargo, el embarazo propiamente dicho se produce en las horas que siguen al decimocuarto día de ciclo, que es cuando ocurre la ovulación. Así pues, cuando falta la primera regla, estamos en la segunda semana de desarrollo, o cuarta semana de embarazo (amenorrea).
** -> Cadena de búsqueda para todos los artículos excepto el del NEJM: “Abortion, Spontaneous”[Mesh] AND (“humans”[MeSH Terms] AND (English[lang] OR French[lang] OR Spanish[lang]))

Bibliografía:
Embriología médica. Con orientación clínica. Langman (Sadler, TW). 9ª ed. Buenos Aires: Médica Panamericana; 2004.

Perpetrado por EC-JPR

abril 5th, 2009 a las 11:24 am

Categoría: Medicina,Opinión

Etiquetado como , , , ,

Libertad individual y objeción de conciencia (o “hago lo que me sale de las narices”)

25 comentarios

Cuando leí esta entrada de Almudena me acordé de un caso hipotético que podéis plantearle a uno de esos chupacirios que dicen que la vida Dios te la da y Dios te la quita, y ahí te pudras muchos años conectado a una máquina (llámese respirador o bomba de nutrición enteral). Esas personas que proclaman que un médico pueda hacer objeción de conciencia ante una hipotética situación en la que el paciente le pida que acabe con su sufrimiento. Sin embargo, no se dan cuenta (o se la suda) que esto entra en conflicto directo con la autonomía del paciente y la libertad individual, algo que supone una base de la sociedad.

Pongamos un médico eutanador y dos pacientes distintos, enfermos terminales o sin posibilidad de remisión, que son de los que se trata en estos casos. El médico estaría dispuesto a darles el empujoncito a cualquiera de los dos que se lo pidiese, siempre que hubiese manifestado su voluntad claramente (no sirve que alguien grite “¡Me quiero morir!” mientras se retuerce de dolor). Pongamos que el paciente A le pide que le administre una dosis letal o, aún más fácil, que simplemente desconecte el artificio que le mantiene con vida: ¿qué hace el médico? Ejecutarlo, obviamente: al médico le parece bien, no hay problema. Y pongamos que el paciente B le dice que no, que él quiere seguir hasta el final: aquí el médico le ahueca la almohada y le pregunta qué tal se encuentra, si le sigue doliendo la pierna y si ha ido hoy bien al baño. En otras palabras: en ambos casos, el paciente lleva las riendas de su vida, es responsable de sí mismo.

Ahora cambiamos de hospital y vamos a otro con un médico antieutanasia (voy a darle el beneficio de la duda, y no voy a afirmar que es un santurrón, aunque en lo que conozco está correlacionado). Un paciente B como el anterior dice que quiere que le luchen, que nadie le deje morir. El médico está de acuerdo, y volvemos a lo de antes: que si qué tal has dormido, que si notas que te falta el aire. Ahora entramos en la habitación del enfermo A que dice que no nació para estar postrado en una cama y le tengan que limpiar el culo hasta que cumpla los ochenta.

Señores, admito apuestas sobre la respuesta del médico. De momento van diez a una a que al médico se la pela lo que piense el paciente y le dice que la vida es bella, tralarí, tralará. Que piensa “aquí mandan mis cojones”, y así se lo hace saber al enfermo, excusándose en la objeción de conciencia. Y yo pregunto: ¿quién es el médico para imponer su criterio? Yo pensaba que primaba la autonomía del paciente: de hecho, así lo vimos en el primer caso. Claro, pero es que entonces el médico tendría que acceder a todo lo que quisiese el enfermo: si un paciente te pidiese que le cortases un brazo, ¿tú lo harías? Me alegra que me hagas esta pregunta, porque esta me la sé. La respuesta corta es “Sí”. Sigamos la discusión en los comentarios…


EDIT 10/03/09 0030:
Después de leer los comentarios empiezo diciendo que, como bien habéis intuido los más perros, me guardaba un as en la manga, y es que ningún abogado pregunta algo de lo que no sepa la respuesta: luego veremos qué pasa con ese brazo…

Efectivamente, creo que todos estamos de acuerdo en que no se deben imponer a los demás las creencias de uno mismo: sin embargo, lo que se enseña en las facultades de Medicina, y lo que parece a priori más humano es esa cacareada relación médico-paciente fraternal, cuasiamistosa. ¿Y no os da la sensación de que la línea que separa eso del paternalismo es muy tenue? Parece que una relación en la que el paciente gozase de la mayor libertad sería aquella en la que el médico fuese un mero health care provider; no obstante, para que la libertad sea tal necesita, ante todo, conocimiento, del que el enfermo carece en la mayoría de los casos.

La solución a este problema es la base del consentimiento informado: dar al paciente las armas necesarias para que sepa cuál es el problema y las soluciones, y pueda elegir sin ninguna atadura. Así pues, una vez el enfermo ha recibido una información completa y la ha razonado de una forma cabal, ¿qué hace que su juicio sea menos válido que el nuestro? Un paso más: ¿quiénes somos nosotros para oponernos a la voluntad de una persona?

Hablaréis ahora del Primum non nocere, “lo primero es no hacer mal”. Sin embargo, esa es una afirmación que debemos poner en cuarentena: sin ir más lejos, yo mismo me he ofrecido voluntario para que, llegado el caso, me duerman en un quirófano y empiecen a taladrarme las crestas ilíacas (trasplante de médula ósea, que lo llaman). Y estoy seguro de que muchos de los que pasáis por aquí os sometéis a sangrías periódicas, por vuestra cara bonita. ¿Acaso eso no es nocere a esas personas? Siempre que estos sujetos conozcan perfectamente las consecuencias y las acepten, ¿en qué cátedra nos erigimos nosotros para negarles esa posibilidad?

Un ejemplo al respecto, sacado de una clase de Bioética. Hace unos años, en Estados Unidos, se hizo un experimento/campaña para conseguir donantes vivos de riñón. No como ocurre habitualmente, donde el donante es familia del receptor, sino una auténtica donación entre anónimos: gente que se ofrecía a que le sacaran un riñón para entregárselo a quien lo necesitase. Obviamente, pocos se presentaron. De estos, la mayoría no pasaron la entrevista psiquiátrica. Pero una vez se determinó que eran perfectamente conscientes de lo que hacían, se les explantó un riñón a aquellas personas con receptores compatibles (creo recordar que no alcanzaban la decena en todos los EE.UU.). ¿Alguien ve aquí un problema? De hecho, órdago a grande: me remito a esta otra entrada, para recordar a Kant: ningún ser racional debe ser empleado como medio para un fin sin su consentimiento.

Creo que ya lo he dicho todo. Resumiendo: si una persona muestra una opinión razonada y que sólo le afecta a él mismo, él es el único responsable sobre la misma. Cualquier otra cosa equivale a hacer prevaler nuestro punto de vista. Y me parece que a nadie le gustaría que le hicieran comulgar con ruedas de molino.

Ah, sí, que se me olvidaba: lo del brazo… Realmente no era un brazo sino una mano, trasplantada de cadáver. El paciente (australiano, creo recordar), después de un tiempo con ella, dijo que no la sentía como propia y que le causaba grandes problemas psicológicos. La mano fue amputada. Una vez más: una opinión fundamentada que provoca un daño. Aunque el paciente no creo que lo viese así.

Perpetrado por EC-JPR

marzo 8th, 2009 a las 10:14 pm

Categoría: Opinión

Etiquetado como , ,

¿Estertores o tos?

35 comentarios

Seguro que todos conocéis Spotify. Sí, hombre, ese servicio de música online que es la pera limonera, que tiene chopocientas canciones y te deja reproducirlas en el orden que quieras (no como otros, tipo Last.fm). La verdad, yo no terminaba de creerme lo bien que funcionaba: una calidad de sonido excepcional, sin molestas pausas ni lags, y con un catálogo en el que encontraba todo lo que quería, y más que no conocía. Vamos: el mejor invento desde la bombilla.

No obstante, el que subscribe es escéptico de nacimiento. Por eso, cuando leí esta EDansada en Microsiervos, sitio serio que me merece un gran respeto, algo me rechinó. No me esperaba ese tipo de comentarios de ellos, pues son más propios de bocazas: lo típico que un día te tienes que comer con patatas y sal. Y es que el movimiento se demuestra andando. Que sí, ya digo que era la releche, pero me parecía too good to be true, así que mi yo paranoico empezó a buscar tutoriales para esnifar esas canciones o cogerlas de la caché: todo sea por guardarlas en mi disco duro. Tarde.

Esta mañana estaba disfrutando de un temazo trance, cuando se me ocurre buscar canciones relacionadas. Craso error: de repente, esa canción aparece en rojo y deja de sonar. Ya me había salido un mensajito días antes avisando que se iban a follar parte del catálogo, y yo aún no había visto los efectos. Pero bueno, sólo es una canción: más se perdió en Cuba…

Hace un cuarto de hora me puse a escuchar algo de música, y clico en el nombre del productor para buscar más temas suyos: diez canciones se me ponen en rojo. Intento buscar a mano, y donde ayer se me llenaba la pantalla con títulos, hoy sólo tenía el vacío más absoluto. Ot-tia, esto no pinta bien… Tras comprobar mi lista de reproducción, aquí tenéis una captura con el balance de daños:

Vamos: que me han dejado la lista limpia… limpia.

Después de ver esto, entenderéis el título de la entrada. Sí, es amarillista, lo sé (pero si estás leyendo esto, ¡eh, lo he conseguido!), pero lo que me acaba de pasar da un empujoncito a mis temores: Spotify como servicio gratuito no durará demasiado. Es como Stage6: cuando la gente lo empezó a conocer masivamente, tuvieron que cerrar el chiringuito. No sé, espero confundirme. Espero que esto haya sido algo puntual, y mañana siga descubriendo más y más canciones en Spotify, y que duren ad æternum. Pero, entre tanto, me aseguraré de conseguir esos mismos archivos por otro lado, no vaya a ser que me vuelvan a hacer la gracia del enano.

Perpetrado por EC-JPR

febrero 5th, 2009 a las 9:33 pm

Categoría: Informática,Opinión

Etiquetado como

Zas

7 comentarios

Lo siento, tenía que contároslo. Ahora mismo tenía que estar haciendo otra cosa, más importante, pero cuando he visto uno de los feeds se me ha acelerado el pulso por la emoción. No, no puede ser, no algo tan obvio. Y, sin embargo, ahí lo veía: Eppur si muove. Estaba (estábamos) hasta los cojones de campañas falaces, inciertas, sesgadas y malintencionadas del infame Ministerio de Cultura, cuando le pusieron la guinda al pastel, ese famoso “Si eres legal, eres legal” (y si vas de putas, un putero: suele pasar…): un paso más de intoxicación informativa.

En esa campaña hay un concurso que elige los mejores testimonios proporcionados por los visitantes que explicasen en qué les había afectado la piratería. Y el relato ganador de este mes es el siguiente (copia literal):

Me lo contaron en el colegio, entre y me bajé películas, me entraron virus y me tuve que cambiar el cpu porque los virus se metieron en el procesador, no os bajéis cosas, son gente que pone cosas malas dentro de los archivos y te roban tus datos, tus fotos, y todo!!!! Se legal FACILMENTE!!!

Texto que, a mí que soy un colgao de internet, me recordó enormemente a Matías el Humilde. Pero eso fue después de llorar por las faltas de ortografía y la incultura del que lo había escrito: ¿un virus que se mete en el procesador? ¿¿Y que te roba las fotos y se folla a tu novia?? ¡Venga ya! Aquí algo huele raro…

Claro. Esto lo vi en los Microsiervos, que a su vez lo habían leído en el blog de David Bravo. La historia es muy simple: un usuario de ForoCoches se había inventado el mensaje (¡de ahí la bromita del “fácilmente”!), lo coló en la web… y ha llegado hasta arriba. Pero lo más grave no es que un mensaje inventado pase los filtros: de hecho, no es el único. Lo cojonudo es que esta perla la ha elegido ganadora un insigne comité formado por:

Clara Mapelli Marchena (Subdirectora General de Propiedad Intelectual), Carmen Caro Jaureguialzo (Consejera de la S.G. de Propiedad Intelectual), Teresa Perea González (Jefa de Servicio de Régimen Jurídico, de la SG. Propiedad Intelectual.)

Ante esto, se me ocurren muchos comentarios, que se pueden resumir en cinco palabras:

¡Zas, en toda la boca!

Perpetrado por EC-JPR

enero 19th, 2009 a las 3:10 am

Categoría: Opinión

Etiquetado como

Librería

19 comentarios

Por si acaso os encontráis en la, espero que improbable, situación de no saber qué trasto con lomo llevaros a las manos, os cuento los que me finiquité el año pasado. Como la opinión es muy personal, no os doy el coñazo explicando cada uno (a menos que preguntéis específicamente). Resumidamente, las calificaciones son:
:( : sin más. Se deja leer, pero no es el típico que recomendaría a un amigo.
:) : si no sabes qué fusilarte, este libro es una buena idea.
:D : realmente bueno, léelo en cuanto tengas tiempo.

En orden inverso de lectura (el último más arriba):

  1. Vol de nuit (Antoine de Saint-Exupéry): :(
  2. Requiem for a dream (Hubert Selby Jr.): :) No obstante, el estilo desconcierta al principio, y olvídate si andas pez en inglés, pues el libro está escrito como se habla (del tirón, sin puntos, e incluyendo los “errores” de pronunciación de inglés afroamericano: telita…).
  3. La fiesta del chivo (Mario Vargas Llosa): :) No apto para estómagos sensibles (que sientan náuseas al imaginarse a una persona torturada comiendo sus propios testículos).
  4. The God delusion (Richard Dawkins): :mrgreen: Un básico. Eso sí: le pude echar un ojo traducido a español, y me pareció que perdía enteros.
  5. Misericordia (Benito Pérez Galdós): :(
  6. The naked pilot: the human factor in aircraft accidents (David Beaty): :( Un aerotrastornado como yo esperaba otra cosa de un libro de aviones. Además de que ya conocía la mayoría de los accidentes explicados.
  7. Brave new world revisited (Aldous Huxley): :D No sé si era por el LSD que se metía, pero este tío vivía setenta años más adelante.
  8. Brave New World (Aldous Huxley): :mrgreen: Lo dicho antes, pero en forma de novela.
  9. Martes con mi viejo profesor (Mitch Albom): :( La gente lo alaba, lo recomiendan en clases de antropología, pero a mí no me acabó de atraer: demasiado sensiblero para mi gusto.
  10. Réquiem por un campesino español (Ramón J. Sender): :) Una breve novela sobre la España rural de la República y el Alzamiento.
  11. Fahrenheit 451 (Ray Bradbury): :D Para mi gusto no llega al nivel de otras novelas distópicas como Brave New World, pero merece la pena leérselo.
  12. Los renglones torcidos de Dios (Torcuato Luca de Tena): :( . El final es realmente sorprendente, por lo inesperado y lo bien enlazado que está con la historia. Sin embargo el estilo… para mi gusto, absolutamente anacrónico para un libro ubicado a finales de los 70.
  13. Et après (Guillaume Musso): :) Una novela muy poco conocida, pero de delicioso contenido. Y que me dio pie a una entrada.
  14. Fight Club (Chuck Palahniuk): :D Estilo directo y agresivo para contar una historia sórdida. Pero merece absolutamente la pena.

Perpetrado por EC-JPR

enero 12th, 2009 a las 1:17 am

Categoría: Opinión

Etiquetado como

Dilema moral (y II)

8 comentarios

Con esta entrada ato los flecos que dejé sueltos en la primera entrega, la de los trenes, las agujas, el mal menor y las decisiones guiadas por los sentimientos. Prácticamente todo quedó visto en los comentarios (desde luego, no me faltan motivos para sentirme orgulloso de mis lectores), pero prometí que haría otra entrada para explicarlo.

Por ejemplo, la diferencia entre el segundo caso y el tercero. Los copio aquí para los que no recuerden de qué iba cada uno…

  • Un tren se acerca por una vía en la cual hay cinco personas que no tienen forma de enterarse de su llegada hasta que les atropelle, y no puedes avisarles a ellas ni al maquinista. Sin embargo, puedes desviar el tren por una vía alternativa, que hace un bucle y vuelve a la original justo antes del grupo, así que el tren seguiría atropellándoles. No obstante, en ese bucle hay un gran obeso, con cuya masa se detendría el tren a costa de que él la pifiase. Así que, o dejamos que el tren siga por la vía y se cargue a cinco, o lo desviamos al bucle y se detenga chocando con el gordito. ¿Qué haces?
  • En un hospital hay cinco enfermos, cada uno con un fallo letal de un órgano distinto, y todos morirán inevitablemente a no ser que se les trasplante el órgano defectuoso. No hay ningún donante compatible con ellos, y no serviría emplear las piezas de uno para curar a los otros. Sin embargo, en la sala de espera del hospital hay una visita, completamente sana, cuyos órganos salvarían a los cinco enfermos… a costa de matarle. ¿Qué haces?

Si os acordáis, dije que estos casos eran iguales. El motivo, como bien comentó Rinzewind, es que ningún ser racional debe ser empleado como medio para un fin sin su consentimiento (Kant dixit, al hablar del imperativo categórico): si en cualquiera de los dos casos tomamos a la víctima y la quitamos de la ecuación, el resultado no es el mismo. Por lo tanto, los estamos usando como medio, y eso es moralmente inaceptable, independientemente de que en un caso sea “el tren” el que lo mate y en el otro sea yo con mis propias manos.

Por otra parte, Zamuro preguntó: ¿qué ocurriría si el “mal menor”, la “víctima colateral”, fuese tu propio hijo? La respuesta que podamos dar aquí depende de la parsimonia moral que, resumidamente, es la cualidad de aplicar las mismas reglas en distintas situaciones. Así pues: ¿denunciarías al ladrón que cometió un robo, si sabes quién es? ¿Y si hubiera robado un banco? (por lo de “Quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón”…) ¿Y si el ladrón fuera tu hermano? Si queréis comprobar qué tan parsimoniosos sois, podéis intentarlo con este test (a mí me salió un número con dos cifras redondas).

A colación de este último punto, Tall & Cute citó una entrada en la que desgrana un artículo de Nature* titulado “Damage to the prefrontal cortex increases utilitarian moral judgements” o, en otras palabras, “prefiero salvar a cinco personas antes que a un bebé”. Es una estudio comparativo en el que seis pacientes con un daño en la corteza prefrontal ventromedial (CPVM) presentan un patrón de respuesta utilitarista, frente a los controles que no tenían esa lesión. Hay que decir esa región cerebral es una de las involucradas en las emociones sociales y la codificación emocional de los estímulos sensitivos; los enfermos con ese daño apenas sienten compasión, vergüenza, culpa o enfado, mientras que conservan las capacidades para el razonamiento general, inteligencia y el conocimiento de las reglas sociales.

Esto enlaza con la tesis planteada en la entrada del otro día: las decisiones morales están guiadas por la emoción. El artículo citado afirma que «neuroimaging studies consistently show that tasks involving moral judgement activate brain areas known to process emotions», pero aún no ha quedado claro si esa activación es causa o efecto del juicio moral. De ahí el valor de las conclusiones de este estudio (a pesar de su escaso tamaño muestral), que pone de manifiesto que las personas con un daño en la CPVM carecen de reacciones emocionales, aplicando tan sólo las normas sociales “explícitas” pertinentes (vg. mal menor), de lo que resulta ese comportamiento llamado utilistarista.

Y, para terminar, un bonus track. En los comentarios de la entrada, MaKö nombró un artículo cuya cita proporcionó Hel: Unconscious determinants of free decisions in the human brain, de Nature Neuroscience*. En él se demuestra que las decisiones aparecen en el cerebro varios segundos antes de que seamos conscientes de ellas. Para ello sometieron a estudios de resonancia magnética funcional a un grupo de sujetos y les pidieron que apretaran un pulsador con la mano izquierda o derecha en cuanto quisieran; pues bien, el sentido de la respuesta aparecía en las cortezas frontopolar y parietal hasta diez segundos antes del momento en el que el sujeto decía haber decidido apretar el pulsador.

Dicho esto, prometo que la próxima entrada que escriba será de medicina de verdad. Que no os he tenido todo este tiempo esperando para nada.

* -> Los artículos citados son:
Damage to the prefrontal cortex increases utilitarian moral judgements. Koenigs M, Young L, Adolphs R, Tranel D, Cushman F, Hauser M, Damasio A. Nature. 2007 Apr 19;446(7138):908-11.
Unconscious determinants of free decisions in the human brain. Soon CS, Brass M, Heinze HJ, Haynes JD. Nat Neurosci. 2008 May;11(5):543-5.

Perpetrado por EC-JPR

noviembre 23rd, 2008 a las 5:36 pm

Derecho a… ¿qué?

22 comentarios

Estaba yo comiendo tranquilamente mientras escuchaba el programa de las dos y media en Telecinco cuando oí algo que me hizo removerme en la silla como si alguien arrastrara sus uñas contra una pizarra.

Os resumo el caso: niña de trece años que hace siete sufre una leucemia, tratada con quimioterapia. Como efecto secundario de la quimio le aparece una comunicación interventricular: un orificio que comunica los dos ventrículos, de modo que la sangre que debería enviarse al cuerpo realmente va al ventrículo derecho. Desarrolla por lo tanto una grave insuficiencia cardíaca: el corazón apenas “funciona”. Los médicos le plantean el tratamiento: un trasplante de corazón. Si funciona, se cura, y si no funciona… bueno, de todas formas ya está condenada. Y la niña, agárrense los machos, rechaza ese trasplante. Hasta aquí, ni tan mal; dejo para el final el hecho de que se trate de una muchacha de trece años.

Derechos, rechazo del tratamiento y muerte digna.

El tema es que el locutor de esta tarde ha metido “derecho a morir dignamente” y “rechazar un transplante de corazón” en la misma frase. Y claro, ahí me he mosqueado, he decidido buscar algo, y he encontrado este artículo en la BBC. Sólo el título ya produce arcadas: «Girl wins right to refuse heart» ¿¿QUÉ?? :shock: ¿Me lo repita? ¿Desde cuándo un paciente no puede negarse a un tratamiento, para que el periodista diga que ha “conseguido” ese derecho? O sea que los médicos podíamos obligar a los pacientes a que se traten. Coño, y yo sin saberlo: qué bueno que me lo dijiste, Maripili. Por si queda alguna duda: Ley 41/2002, de autonomía del paciente, artículo 8.1:

Toda actuación en el ámbito de la salud de un paciente necesita el consentimiento libre y voluntario del afectado.

Y la cosa viene de antes. La Ley General de Sanidad, 14/1986, artículo 10.9, afirma que «[El paciente tiene derecho] A negarse al tratamiento» Por consiguiente, ¿qué tiene de extraordinario que un paciente rechace el tratamiento?

Pero, no contento con eso, el periodista británico añade en el tercer párrafo: «Hannah (…) said she wanted to die with dignity». Ya estamos con que si la abuela fuma. Quiero pensar que el juntaletras ha soltado esto sin darse cuenta, porque si no es así, merece que le pasen por la quilla. Lo repetiré por enésima vez:

  • Una cosa es el ensañamiento terapéutico: adoptar medidas extraordinarias para alargar la agonía y aplazar una muerte inevitable y próxima. Por ejemplo, un paciente en la UCI.
  • Otra cosa es “morir con dignidad”, una frase hecha que significa “eutanasia”: que el paciente pueda decidir sobre su muerte si se prevé que expire próximamente y/o sufre una enfermedad gravemente incapacitante. Por ejemplo, un cáncer terminal.
  • Y otra, que no tiene nada que ver, es negarse a recibir un tratamiento curativo. Por ejemplo un trasplante.

Al loro con los matices, especialmente el de “alargar la agonía” y “recibir un tratamiento curativo”. ¿Me explicáis ahora qué carajo ha querido decir el periodistilla? Ojo: repito que el paciente está en su perfecto derecho de mandar a tomar por culo al médico que le propone una solución. Pero aquí no estamos hablando del “derecho a una muerte digna” ni de coña. Estamos hablando de un tratamiento cuasicurativo, que mejorará la calidad de vida de la niña.

Paciente menor

Esa es otra. Antes, cuando cité la legislación española, hice como los políticos: decir una verdad a medias. Porque en ambos casos se explicita que el paciente podrá negarse… cuando esté capacitado para ello (Artº 9.3) Un demente no puede. Un niño de cinco años, tampoco. ¿Y una de trece? (o doce, si tenemos en cuenta cuándo dice la BBC que tomó la decisión). No se trata aquí de hablar sobre si el niño se circuncida o no: estamos hablando de una elección vital. ¿Ya está la niña en condiciones de decir que no quiere trasplantarse? Obviamente, si la muchacha tuviera veintitantos tacos, ni hubiera salido en las noticias ni yo estaría aporreando el teclado habiendo dormido anoche cuatro horas.

Me permito hacer un juicio de valor, completamente personal: ¿qué tiene de especialmente desdichado el caso de esta niña? ¿Cuántos no habrán pasado por infiernos peores? Dice que está harta de tomar tantas medicaciones, mientras enseñan cajas de digoxina, Aldactone y Capoten: el tratamiento estándar de la insuficiencia cardíaca (seguro que muchos de vuestros padres o abuelos toman lo mismo). Y yo pienso: si esta niña tuviera que pincharse insulina todos los días, ¿qué diría? ¿Se tiraría por un puente, por lo desafortunada que es?

Sea como fuere, la decisión corresponde a sus padres. Son ellos quienes deben decidir si su hija se opera o no, si bien se recomienda que se tenga en cuenta la opinión del niño. Entramos aquí ya en la figura del “menor maduro”, un concepto de fácil comprensión pero definición bastante etérea. Y seguimos en las mismas: parece que lo mejor sería que la niña fuera trasplantada (o, al menos, que se incluyera en una lista de candidatos), pero ésta se niega. ¿Le hacemos caso a ella o al sentido común?

Esta vez, afortunadamente el sentido común juega a nuestro favor: no se trata de ser éticos, sino de ser prácticos. Una cosa está clara: en el caso de un trasplante, si el paciente dice que no, es que no. ¿Por qué? Simplemente, porque el seguimiento del tratamiento inmunosupresor ha de ser a rajatabla, algo que es imposible lograr sin la cooperación del enfermo.

Ya hemos resuelto el caso. Pero no me he quedado a gusto. Porque, si no fuera por lo que acabo de decir, ¿creéis que se debería obligar a la niña a tratarse, habida cuenta su edad?

Y dicho esto, yo me voy a dormir, que mañana a las siete tocan diana. Que descansen. Ah, y no me olvido de las entradas pendientes (G-LOC, dilema ético del tren…).

Perpetrado por EC-JPR

noviembre 12th, 2008 a las 12:19 am

De lenguas y similares

34 comentarios

Si un día dije que me ibais a llamar Mengele, hoy me arriesgo a que me pongáis de facha para arriba. Sin embargo, espero que entendáis los planteamientos que hago, y me digáis en qué estoy confundido, ¿vale? Zambullámonos pues en el tema.

Estos últimos meses he tenido la gran suerte de poder viajar muchos kilómetros. He visitado varias regiones, muy separadas y diferentes entre sí, pero que tenían un punto en común: todas pertenecen a un país cuya lengua oficial es mundialmente conocida, y en todas existe una lengua cooficial de escasa difusión y penetración. Podría ser el caso, por ejemplo, de Bilbao, donde conviven el español y el euskera, pero sirve cualquier otro que se os ocurra. Sea como fuere, hablamos de una región en la que la totalidad de la población conoce ese idioma “global” (léase español, francés, inglés…), y en la que coexiste, generalmente con el beneplácito del gobierno de turno (y el soporte indispensable para permitir su existencia) otra lengua, conocida por mucha menos población, y empleada cotidianamente por un porcentaje marginal de los ciudadanos.

Entiendo que los idiomas son una manifestación de la cultura propia de una región. Quizás por eso se les emplee (y sean en sí mismos) como una muestra de nacionalismo, como ocurre por ejemplo en Suiza. Seguro que sabéis que hay una parte de Suiza que habla francés, otra (muy pequeñita) que habla italiano, y que la mayoría del país habla alemán. Pues bien: eso no es del todo cierto. En realidad no hablan Deutsch, sino Schwiizerdütsch, una variante oral del alemán que casi parece polaco. ¿Qué aliciente tiene? Ninguno. Simplemente, que es “su” versión personal del alemán: cuando quieren, hablan en su lenguaje particular, y no les puede entender nadie que no forme parte de su “club”. Es gracioso, porque además se trata de un idioma transmitido oralmente, y que carece de forma escrita (lo más correcto sería decir que carece de reglas ortográficas, pues la gente lo escribe como suena, resultando que una misma palabra puede tener tantas grafías distintas como personas la deletreen). Sin embargo, no cuenta con apoyo oficial alguno; la enseñanza y las comunicaciones públicas (oficiales, prensa…) se hacen en Hochdeutsch, alemán estándar. Nada que objetar: si no fuera por el chauvinismo desmesurado de los suizos (pero ese es otro problema), estos no tendrían ningún problema en viajar a Alemania, y viceversa.

Así pues, después de irme por las ramas, hemos visto que las lenguas, en sí mismas, enriquecen al pueblo que las habla. Siguiendo con los suizos, no sabéis cómo admiro que un universitario sea capaz de expresarse fluidamente en suizo, alemán, francés e inglés (no como en este reino de taifas, que las pasamos putas con un único idioma). Por consiguiente, no hay razón para denigrarlas, y sí para mantenerlas. Pero los árboles no nos deben impedir ver el bosque, y sería una insensatez permitir que un idioma local, limitado, prevalezca sobre otro que no sólo es el nacional, sino que además es lengua vehicular de millones de personas. Vamos, que no es lo mismo renegar del sueco que del español.

Antes de que contraargumentéis, os aviso: me he visto en la tesitura de no poder aparcar el coche porque no sabía qué carajo ponía en la señal (y tratándose de multas, no me conformo con mi intuición). Colegas míos ni se plantean ir a ejercer a Cataluña porque no hablan catalán. Algunos de mis amigos lo pasan mal cuando salen al extranjero porque estudiaron su idioma autóctono en vez de inglés. Y otros ni siquiera pueden expresarse correctamente en español.

Por consiguiente, el hecho de la potenciación de las lenguas locales supone un lastre en las comunidades afectadas. No hablo del gravamen económico que conlleva el hecho de traducir todo a dos idiomas, y que sería consecuencia de la paridad. Me refiero a las puertas que se cierran debido al fomento de una sobre otra: a la gente que, como mis amigos, se ven coartados a la hora de salir al extranjero. A los chavales que se pierden cuando llegan a la universidad porque no estudiaron Biología o Química en español.

Y es que la lengua es un vehículo para las ideas. Un idioma con un vocabulario escaso, no sirve: no puede reflejar la realidad, no puede transmitir algo que “no cabe” en él. Un idioma con una comunidad de hablantes reducida es poco útil, pues restringe las relaciones al estrecho marco de ese grupo: verbi gratia, es el caso del latín o el esperanto. Los idiomas deben servir para abrirnos al mundo; como dijo Ender en Halón Disparado,

Quiero aprender idiomas que me sirvan para comunicarme con más gente, no con menos.

Una persona que hoy aprenda francés puede moverse por media Europa. Alguien que aprenda catalán podrá ir a Plaça Catalunya… a comprar en el Corte Inglés. ¿Qué utilidad tiene entonces? ¿Por qué favorecer el aprendizaje del euskera o el gallego, en vez de hacerlo con el francés o el alemán?

En fin: creo que ya he dicho todo lo que quería. Lo que no estoy nada seguro es de la forma, ni de si habrá quedado claro. Pero bueno, para eso están los comentarios. Adelante.

Perpetrado por EC-JPR

noviembre 1st, 2008 a las 12:39 am

Categoría: Opinión

Etiquetado como , , , ,

Dilema moral, ¿o no?

34 comentarios

Antes solía oír en Radio 5 a Florentino Moreno, catedrático de Psicología de la Complutense. Tenía un programa, “El factor humano”, que se emitía justo a la hora que iba al curro. En una de las ediciones afirmó que las decisiones racionales no existen, sino que siempre se toman de forma emotiva, y sólo después se les busca una explicación razonada. Sorprendente, ¿no creéis? Sobre todo para alguien como yo, que se jacta de frialdad al tomar decisiones. Así que me quedé intrigado: ¿hasta qué punto decidimos antes de pensar? Voy a intentar explicarlo haciéndoos un experimento con tres ejemplos: ya me diréis si he conseguido demostrarlo.

  1. Un tren se acerca por una vía en la cual hay cinco personas que no tienen forma de enterarse de su llegada hasta que les atropelle, y no puedes avisarles a ellas ni al maquinista. En otra vía hay una única persona, en las mismas circunstancias. Y tú estás en un cambio de agujas: puedes moverlo para desviar al tren desde la vía con cinco personas (morirían los cinco) a la vía con una (sólo moriría este). ¿Qué haces? Piensa la respuesta antes de seguir leyendo, por favor.
  2. La cosa se complica. Ahora se acerca el mismo tren, manchado de sangre, y en la vía hay cinco personas, las mismas de antes. Como en el primer caso, no tienes forma de avisarles a ellos ni al maquinista, y también te encuentras en un cruce de agujas. Sin embargo, en este caso la vía alternativa hace un bucle y vuelve a la original justo antes del grupo de cinco personas, así que el tren seguiría atropellándoles. No obstante, en ese bucle hay un hombre, mezcla de vendedor de cómics y Gordo Cabrón, con cuya masa se detendría el tren. Pero claro, él la pifiaría. Resumiendo: o dejamos que el tren siga por la vía y se lleve a cinco por delante, o lo desviamos al bucle para que choque con el gordito y se detenga. ¿Qué haces?
  3. Último ejemplo: en un hospital hay cinco enfermos, cada uno con un fallo letal de un órgano distinto (a uno no le funciona el hígado, a otro el corazón, a otro…), y los cinco morirán inevitablemente a no ser que se les trasplante el órgano defectuoso. No se encuentra ningún donante compatible con ellos, y tampoco serviría emplear las piezas de uno para curar a los otros cuatro. Sin embargo, en la sala de espera del hospital hay una persona, completamente sana, cuyos órganos salvarían a los cinco enfermos… a costa de matarle. ¿Qué haces?

Vale: ahora voy a echar la quiniela. En la primera pregunta, todos sacrificasteis al pobre hombre que estaba solo en la vía. En la segunda seguramente dudasteis, pero muchos habréis desviado el tren. Y en la tercera, (casi) todos dejasteis morir a los cinco pacientes. ¿Me equivoco? Primero acabas con uno para salvar a cinco, y después dejas morir a cinco por no matar a uno. Ahora te pregunto: ¿por qué lo hiciste? La respuesta en el primer caso está clara: ¡es preferible que muera uno a que lo hagan cinco! Estamos de acuerdo. Se llama principio del mal menor, y es un básico en ética. Sin embargo, ¿por qué no lo aplicaste también al segundo y al tercer caso? ¿Por qué no has acabado sólo con uno antes de dejar que cinco mueran? Me dirás: «Ya, ¡es que no es lo mismo!». ¿Seguro?

Déjame que lo ponga con palabras neutras. En el primer ejemplo van a morir cinco personas, y tú matas a una para que esas cinco sobrevivan. En el segundo y en el tercero, igual. ¿No me crees? Vuelve a leerlo. Es más: si eres sagaz habrás visto que el primero es distinto a los otros dos. Pero el segundo y el tercero son iguales entre sí. Y tu respuesta, no obstante, fue distinta. Entonces, si ahora te percatas de eso, ¿por qué cuando respondiste no lo pensaste así? Muy sencillo: porque simplemente no lo pensaste, sino que actuaste guiado por tu instinto; “te pareció” que era lo correcto, pero no has razonado por qué. Tanto es así, que cuando ahora te pido que lo expliques, no puedes, no sabes.

No intentes ahora justificar tu elección, porque con eso acabas de confirmar la teoría. Has decidido con tus sentimientos, y después buscas un argumento que explique/justifique lo que has hecho. Argumento que no consigues encontrar. Aún cuando tu cerebro te dice bien claro que siempre será preferible que muera uno antes de que lo hagan cinco (mal menor, ¿recuerdas?), tú no respondiste eso.

Una última cosa, y ya termino. ¿Sabéis lo que significa “demagogia”? Significa emplear los sentimientos para guiar las decisiones. Que es justo lo que acabo de hacer con vosotros en el experimento. Así que ya lo sabéis: siempre hay que intentar ir al fondo, y no os perdáis (ni dejéis que os pierdan) en los detalles. La cabeza sirve para pensar, y el corazón, para bombear sangre. Si no lo hacéis así, podrán conseguir de vosotros lo que quieran: todo será cuestión de retórica.

Que paséis buen fin de semana.

Perpetrado por EC-JPR

octubre 24th, 2008 a las 12:18 am