Definición: vergüenza ajena
No sé qué me gusta más, si los calcetines tennis de Mr.T, o el vaquero violador que lleva la corista del medio.
Ahora que estoy leyendo Fahrenheit 451…
…me acuerdo de esta cita:
Allí donde se queman libros, se acaba quemando también seres humanos.
“Dort, wo man Bücher verbrennt, verbrennt man auch am Ende Menschen.”
– Vía Die Unendliche Geschichte.
El día de pi (π)
Y qué mejor que una bonita poesía para festejar tan insigne fecha:Soy y seré a todos definible
mi nombre tengo que daros
cociente diametral siempre inmedible
soy de los redondos aros
Repito otra vez: NO me ha dado una embolia. Os lo explicaré más claro:
Soy – 3
y – 1
seré – 4
a – 1
todos – 5
definible – 9
… -> 3,14159…
Y ahora decidme que no es buena.
La cura del Alzheimer y la silicona
En el mundo actual se está invirtiendo cinco veces más en medicamentos para la virilidad masculina y silicona para mujeres que en la cura del Alzheimer.
De aquí en algunos años tendremos viejas de tetas grandes y viejos con pene duro, pero ninguno de ellos se acordará para que sirven.
Dr. Drauzio Varella, citado por el Camarada Bakunin
Lo primero es lo primero. Además, habiendo tetas grandes y pichas duras, ¿quién necesita pensar?
De las muertes
Os había prometido una explicación. De momento, aquí va la primera parte: sobre las muertes. Y es que muchas veces oímos en los medios de comunicación afirmar que alguien está «clínicamente muerto», queriendo decir que está muerto, pero no, o sea que sí, pero a medias…
Vale, dejemos las cosas claras desde un principio. Uno: una persona no puede estar «medio muerta». O está viva, o está muerta. O, como mucho, hay media docena de personas intentando reanimarla. Pero, salvando esa excepción, alguien no puede estar «medio muerto», ni tampoco «clínicamente muerto». Sería como decir: «señor mío, usted tiene clínicamente un cáncer». O lo tengo, o no lo tengo (o lo tengo pero no sabes diagnosticarlo, que es lo que ocurre bastantes veces).
Dos: ¿Cómo definimos entonces la muerte? ¿Cuándo declaramos a alguien muerto? Para ello, me acogeré a la definición legal que regula los transplantes, en el Anexo I del Real Decreto 2070/1999 (está plagado de tecnicismos, así que no os recomiendo que lo leáis a menos que dudéis de mis palabras). Este texto define dos criterios de muerte:
- Muerte encefálica.
- Muerte por parada cardiorrespiratoria.
Empiezo por lo fácil, explicando la segunda. Cuando se para el corazón y el cerebro no recibe oxígeno, éste deja de funcionar para siempre al cabo de unos cinco minutos. Así pues, si alguien entra en parada cardiorrespiratoria y no conseguimos reanimarle tras un intervalo razonable (desde 20 minutos hasta 24 horas), se le declara muerto. Esto lo entiende todo el mundo.
Sin embargo, la muerte encefálica nos trae más quebraderos de cabeza. ¿Por qué? Porque mucha gente identifica muerte con «se para el corazón». Un error, pues alguien no muere cuando su corazón deja de latir; si lo reanimamos (o lo cambiamos por una bomba), puede seguir viviendo normalmente. Como hemos dicho antes, lo que define que una persona esté muerta es que deje de «ser persona»: que su cerebro deje de funcionar, que su cerebro se muera. Una muerte encefálica.
Ahora bien: lo que mucha gente no sabe (y, por supuesto, tampoco los periodistas), es que el corazón puede seguir latiendo aun sin control cerebral. O sea: tenemos una persona que ya «no es persona», pero cuyo corazón sigue haciendo lub-dub. En esa situación, científicamente esa persona está muerta, y punto. Pero… ¡si el corazón le late! Claro, es que no está muerto-muerto… está en muerte encefálica. Lo que algunos, ingenua o capciosamente, llaman «muerte clínica», diferenciándolo de la muerte ¿real?.
Tiene que quedarnos claro que un diagnóstico de muerte encefálica es un estado irreversible, y que tan pronto como los anestesistas/intensivistas dejen de suministrar fármacos al paciente, llegará la muerte total (la del tufillo y las moscas).
Y os preguntaréis: «Sí, claro, pero… ¿cómo sé yo si realmente está muerto? ¿No hay casos de gente que ha salido del coma?» Otro día me detendré en qué es el coma, pero una cosa tiene que estar clara: el coma es distinto de la muerte cerebral, del mismo modo que es distinto estar durmiendo que estar muerto. En el diagnóstico de muerte encefálica no se mira si Fulanito nos puede hablar o se mueve. Lo que se verifica es si sus pupilas se contraen a la luz, si reacciona a la falta de oxígeno en la sangre, o si puede regular su frecuencia cardíaca. Es decir: simplemente se certifica la ausencia de reflejos homeostáticos, imprescindibles para la conservación de la vida y, por tanto, presentes en todo vivo. Todos estos reflejos están presentes en alguien dormido, anestesiado o en coma, pero no en una muerte encefálica. Así que es imposible que alguien se «despierte» de una muerte encefálica. Repito: está muerto, y punto.
De hecho, ese statu quo por el que alguien en muerte encefálica no se «va» del todo durante unas horas/días, se mantiene sólo por el buen hacer del personal sanitario, y más en particular por la ventilación artificial y la perfusión de fármacos cardioactivos (como dobutamina y noradrenalina).
En conclusión, para ir resumiendo el coñazo, que ya es tarde:
- La denominación de «muerte clínica» es incorrecta e induce a engaño. En todo caso se debe hablar de muerte encefálica o cerebral.
- La expresión «muerte encefálica» alude tan sólo a la causa de la muerte: no implica ninguna posibilidad de remisión.
- Las funciones fisiológicas de alguien en muerte encefálica se mantienen sólo gracias al empleo de medidas de soporte avanzado.
Bueno, si os he aclarado algo, me alegro. Y, si no, decidlo en los comentarios, y prometo intentar corregirlo o matizarlo.
Mi videolog (IV)
Me hierve la sangre (actualizando y ampliando)
Vale: me la metieron por toda la escuadra y hasta el fondo. Vengo a contaros cómo terminó la historia de las ECM. Y es que, para mi alegría y en contra de lo que yo esperaba, la profesora sí sabía qué significaban las siglas de marras. Ya os imaginaréis entonces qué es lo que realmente perseguía el docente. Pasamos de la ira, al desaliento. De la ira por un profesor incompetente… al desaliento por la desidia de los estudiantes.
Os recomiendo que leáis este post de Warthog. Expresa perfectamente lo que pensé cuando mi hermano me contó lo que sucedió en clase. Imaginaos la situación, con la profesora corrigiendo el ejercicio, y los alumnos explicando con aplomo qué era una entidad centriolar y cuándo se podían sufrir. A nadie (excepto a mi hermano… modestia aparte) le chirrió el tema. Nadie pidió ayuda a sus padres (muchos de los cuales son médicos). Ninguno miró en internet, ni siquiera en la Wikipedia. ¿Para qué? El profesor ha dicho que esto es blanco, ergo esto es blanco. Y punto pelota.
¿Sentido crítico? ¿Capacidad de discernimiento? ¿¿Razón?? Eso son cosas que se quedaron en el pasado, hombre. Como el trabajo, mérito y esfuerzo (y mira que me jode citar al gallego). Mira que este blog lleva poco tiempo andando, y ya hasta me puedo citar en este tema. Los estudiantes ya no se esfuerzan por sacar mejores notas: lo hacen por ser el que menos asignaturas penque. Y si me voy con cinco a septiembre, mis padres me compran una moto, y los profesores me aprueban (o el Gobierno me pasa de curso). Para que no me frustre. Angelico. Las chicas compiten a ver cuál es más zorra, y los chicos a ver cuál se fuma el porro más gordo. Y no, no está otra vez el abuelo cebolleta con las historias de la guerra. Estoy lo suficientemente cerca de esa generación como para tener la certeza de que esto que digo, como lo que dice Warthog, es la pura y descorazonadora verdad.
Pero el problema no es que en el colegio no rindan, que ya de por sí es un problema. Podríamos achacárselo, no sé… a la LOGSE, al «sistema» o «la sociedad» (a qué coño se referirá la gente cuando habla «del sistema», ¡como si ellos no formasen parte activa del mismo!). Pero eso sería una preocupación menor si esa juventud tuviese algo de coraje, de empuje.
Por poner un ejemplo tonto: que no les gustase estudiar, pero les apasionase la marquetería. Eso significaría que, aptos o no para el estudio, son capaces de moverse por sí mismos. Lo que caracteriza al ser humano es su capacidad de tomar decisiones sobre su propia vida distintas a los impulsos. Un animal come o se aparea porque sus hormonas se lo indican; ningún animal hace algo «porque sí». Sin embargo, las acciones humanas (que no las del hombre) no responden a una necesidad biológica. De hecho, eso es lo que las caracteriza: una actividad humana es tanto más humana y menos animal, cuanto menos «biológica» o «útil» es (¿acaso la música nos da de comer? ¿acaso la pintura nos protege del enemigo?).
Divago. Volvamos al tema: la dejadez de la juventud. Es desalentador ver cómo a la inmensísima mayoría lo único que le preocupa es el ciegazo que se va a pillar este finde, o con quién se acuesta nosequién de Gran Hermano. No tienen inquietudes, no tienen curiosidad, que es condición sine qua non para el progreso. Y no me estoy refierendo a que se hayan leído la Odisea o les guste Mozart: me refiero a que ninguno es un enfermo de la informática que tenga en casa chococientos manuales de php, a ninguno le pierde la mecánica y te diagnostica una avería con oír el motor, ninguno es capaz de darte una lección sobre música más allá de lo que suena en Cadena 40 Principales. No tienen hobbies, no tienen aficiones, nada les apasiona, todo les da igual.
Lo he visto al recibir clase, lo he visto al darla, y lo veo al trabajar. La actitud de esos estudiantes/currantes se resume en un «dime lo que tengo que hacer, y no me marees». La inmensa mayoría son incapaces de responder a dos preguntas tan elementales como «¿por qué?» y «¿para qué?». Ellos sólo saben que tienen que hacer algo, pero no saben cuál es su finalidad. Son incapaces de cuestionar ningún acto, lo cual es la autovía al estancamiento cultural y el dogmatismo. Vale, ahí me he pasado. Seré más práctico: esa actitud es la de la masa ovina camino del redil, dirigible por cualquiera que se ofrezca a indicarles la ruta.
Esa es, ni más ni menos, la juventud que estamos haciendo. De lo que no nos enteramos, o parece que nos da igual, es que pasado mañana nosotros dependeremos de esa juventud. Así que, aunque sea, por egoísmo.
Me hierve la sangre…
― Oye, tato [sí, joderse, sigo siendo el tato], ¿sabes que son las ECM? Es que en filo[sofía], nos han dado un artículo para que hagamos un trabajo
¿Las ECM? Joder, tengo esa sensación típica de un examen, el «coño, si esta me la sabía». Pero no caigo, así que le tengo que pedir que me lo explique. «Espera, que voy a por la hoja y te digo».
Tal que viene por el pasillo, vocea: «Sí, las ECM: Entidad Celular Microtubular». ¿¿Mande?? Como no sea el centriolo (por lo de celular y microtubular), ni idea. Pero, joder, cómo se pasa la de biología, que les da un artículo en plan friki, ¡sobre el centriolo! Espera… Si mi hermano estudia bachiller técnico, ¿qué hace con un texto de biología? Es más, ¿no me ha dicho que se lo han dado en filosofía? La hecatombe. ¡Ha dicho culo, papá, ha dicho culo! Una profesora de filosofía repartiendo textos de biología. Me temo lo peor.
Y no es para menos. Tal que el artículo cae sobre mi mesa, leo «Cuando el corazón y el cerebro se paran, no puede existir memoria». ¡Coño, claro! Las ECM: ¡Experiencias Cercanas a la Muerte! ¡Si me acabo de leer una novela que trata sobre eso! Ya decía yo que esta pregunta me la sabía… Ahora bien, ¿qué tiene que ver «la luz al final del túnel» con una movida de Citología? Y me insiste: «No, no, te juro que la profesora nos ha dicho eso: Entidad Celular Microtubular. De hecho, había un montón que no lo entendían, y ella lo ha repetido varias veces, y ha leído este párrafo». Nota al margen: Profesor de filosofía: dícese del docente que no tiene ni puta idea de lo que habla y que, cuando se le va a ver el plumero (con cualquier tema objetivable), opta por leer el texto.
Mi vena se empieza a hinchar. No es que se ponga a hablar de lo que no le compete. No es que «el artículo» sea una fotocopia de El Semanal. Es que, encima, ¡ni siquiera sabe qué significan las siglas que titulan el artículo! ‘amos, no jodas… No salgo de mi asombro.
Vayamos por partes. El refranero español dice: «Zapatero, a tus zapatos». Yo, además de que soy de ciencias, no tengo ni puñetera idea de humanidades (ya lo dije en su día: soy un desgraciado hijo de la LOGSE). Y si se me ocurre meterme en cuestiones lingüísticas es porque en la carrera he tenido una asignatura dedicada específicamente a ello. ¿Acaso los de humanidades tienen algo parecido? ¡Qué van a tener!
Sólo así se entiende que esa misma profesora, en esa misma clase, les dijera que no les sabía explicar la diferencia entre muerte clínica, muerte y coma. Cuando mi hermano me contó esto, yo casi paso de golpe por esos dos estados. Porque sí, señores, son dos y no tres, mal que le pese a la de filosofía. Y es que uno, o está muerto, o está vivo; lo mismo que una mujer, o está embarazada, o no lo está (incluido el mismo acto de cambio de estado). Pero ni puede estar «clínicamente embarazada» ni «clínicamente muerta». O lo juno, o lo jotro.
Y es que me parece perfecto que los de ciencias tengan que dar Historia, Lengua y Filosofía (¿por qué no?). Me la suda que los de letras no sepan distinguir una vena de una arteria (ellos se lo pierden). Incluso que esté dando clase un profesor sin un mínimo de cultura general. Lo que ya me empieza a hinchar las gónadas es que un profesor opine de algo de lo que no tiene conocimiento. Pero lo que le pone la puntilla es que ni siquiera se ha leído el texto que entrega a sus alumnos, que esté diametralmente confundido, ¡¡y que encima lo defienda!!
Diréis: sí, claro, es muy bonito hablar desde la barrera, pero ¿qué hubieras hecho tú en su lugar? Pues muy fácil. Lo primero, no repartir una fotocopia de El Semanal, que me quita la poca credibilidad que pudiera tener como docente. Y lo segundo, documentarme mínimamente. Anoche yo no tenía ni idea de qué eran las ECM (aparte de lo que leí en la novela, pero que por tratarse de una novela no puedo dar credibilidad). Sin embargo, uno busca un poco por internet, y en veinte minutos saca una decena de referencias. Un vistazo a los resúmenes bastó para seleccionar estas dos:
- «Near Death Experience», de un British Medical Journal de 1989
- «Near death experiences, cognitive function and psychological outcomes of surviving cardiac arrest.», de un Resuscitation de 2007 (por coger algo más actual)
Leerlas y subrayarlas no me ha llevado más de una hora. ¿Tan difícil era que la profesora hubiera hecho esto? ¿No tiene un mínimo de dignidad para documentarse antes de hablar de un tema?
Como con lo de la muerte clínica. Vamos a ver, chiquilla. Si hasta te viene en el BOE explicada la diferencia (RD 2070/1999, de trasplantes: mirad el Anexo I). Si es algo de cultura general. Y, lo que es peor: ¡si es algo que vas a explicar en tus clases!
Por Ford, me hierve la sangre. Cómo se puede ser tan doblemente ignorante: no sabiendo, y desconociendo que no se sabe. Y, lo que es peor: cómo se pueden tener los redaños de regodearse en ello y no intentar remediarlo. Me revienta, os lo juro.
Pero bueno, para que no se diga que aquí sólo se hace crítica destructiva, prometo colgar mañana y pasado sendas explicaciones sobre la definición de muerte y las ECM. Para que así, por lo menos, los que leéis este blog no quedéis en ridículo como lo hizo la de filosofía.
Motocicletas y turbinas (de avión)
Lo que no he conseguido encontrar es el dato de su consumo, pero imagino que los 30 litros de capacidad del depósito permitirán hacer cómodamente otros tantos kilómetros…
Y, si el presupuesto no os permite comprar la MTT pero os ha gustado la idea, tengo una solución perfecta para nóminas más ajustadas. Os mercáis un par de turbinillas de aeromodelismo como esta:
Y se las acopláis a vuestra bici. ¿Resultado? Este:
