Per Ardua ad Astra

Tanto gilipollas y tan pocas balas

Sedaciones, eutanasia y doble moral

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Os voy a contar un par de historias. La primera es la de Mar, una niña de seis añitos. Es muy alegre, como la mayoría de los niños de esta edad, y le encanta peinarse trencitas en su melena rubia. Ahora sólo puede acariciar la de su Barbie: ella se quedó sin pelo al empezar con los ciclos de quimioterapia. Un osteosarcoma tiene la culpa.

Todo el mundo pensaba que la rodilla le dolía porque tenía «crecederas». O eso, o porque el entrenador de baloncesto era un poco exigente. Por eso el diagnóstico llegó en el estadio IV, cuando el tumor ya había metastatizado al pulmón derecho. La quimio no pudo sino retrasar ligeramente el peor de los resultados: el tumor ganó la batalla. Se cambiaron los citostáticos por analgésicos; el objetivo ya no era curar a Mar. Era evitar su dolor.

Un día, el residente de guardia estaba haciendo la ronda de noche cuando se dio cuenta de que el sondaje urinario de Mar no había recogido nada. Comprobó sueros, medicación, y fue a hablar con las enfermeras. Hacía varias horas que los riñones de Mar no producían orina. Eso, en este contexto, significa que por el riñón no fluye la suficiente sangre para producir orina. Por lo tanto, deducimos que los órganos tampoco están suficientemente irrigados: el fallo orgánico y la muerte son inminentes.

El residente explica la situación a la familia de la niña, y estos autorizan que se sede a la niña. Consulta los libros, y prescribe los fármacos indicados a las once de la noche: «Bueno, Mar, ahora te vamos a poner esto para que te duermas y puedas descansar bien, ¿vale?» El pitido del busca despierta al residente a las tres de la mañana: Mar ya duerme para siempre.

Esta era la primera historia. La segunda no acaba mejor, pero por lo menos es más corta. A diferencia de la anterior, esta historia habla de un familiar mío. Así que perdonad si soy parco en detalles, pero no quería meter el dedo en la llaga aún sangrante, preguntando cosas que, total, son secundarias.

Hablamos de Luisa. Ella tiene ochenta y dos años y los achaques de la edad: una diabetes por aquí, una artrosis por allá… Hace unos meses tuvo un leve infarto cerebral, un ACV. Estuvo unos días en el hospital y, cuando se repuso, pudo volver a su casa. En una semana volvió a tener otro ACV, mucho más extenso que el anterior. Ya no podía hablar, y a duras penas podía moverse en la cama. Durante el internamiento, un tercer ACV. Se intuía cómo iba a acabar la historia.

Su evolución se estancó: es lo que pasa con las neuronas, que cuando se mueren, no se recuperan. Así que decidieron trasladarla a una «Unidad de larga estancia», eufemismo que se da a las «Unidades de cuidados paliativos», que a su vez es un eufemismo de «Antesala de la muerte». Estaba claro que, en su situación, lo único que se podía hacer era esperar lo que habría de llegarle, más pronto que tarde.

La artrosis, unida a las complicaciones del encamamiento, le provocaba dolores. Al principio bastaba con Perfalgan (paracetamol). Después tuvieron que cambiar al Nolotil y, cuando este ya no podía nada, pasar a la Dolantina (un mórfico). Al final, el dolor y los gritos eran tales, que el médico pensó que sería conveniente sedarla; como comenté en su día, es nuestro deber aliviar el sufrimiento.

Así que le administraron a Luisa los fármacos oportunos para sumirla en un sueño profundo, un estado quiescente en el que los padecimientos no existen. Y su cuerpo resistió así ocho días. La mañana del noveno, falleció.

Después de todo esto, os preguntaréis qué os quiero decir. Pues, la verdad, no lo sé. Esta vez quiero compartir con vosotros una duda que me reconcome. Como ya sabéis, la sedación terminal es una práctica médica recogida en los códigos de ética. Por otra parte, creo que no hay nadie que vea con malos ojos la actuación médica en los dos casos anteriores (que, exceptuando algunos detalles, son casos reales).

Sin embargo, ¿podéis decirme alguno qué diferencia sólida hay entre estas dos sedaciones (como otras muchas) y la eutanasia? Y no me refiero a chorradas como «que al retirar los sedantes, la persona sí se despierta»: ya habéis visto que sé más o menos bien qué es la muerte. Lo que quiero decir es: ¿qué diferencia hay entre matar directamente a alguien y sedarlo, anulándolo como persona hasta que le llega la muerte? ¿Acaso ese sueño farmacológico no es un sólido anticipo de la muerte próxima e inevitable? O sea: ¿por qué nos parece bien que Mar o Luisa durmiesen profunda y permanentemente antes de morir, pero nos hubiera parecido rematadamente mal que el médico adelantase el desenlace?

Por eso el título de mi artículo. Vaya por delante que, personalmente, yo no quiero ser ningún mártir: no me gustaría morir retorciéndome entre los dolores de un cáncer de páncreas ni ver cómo me voy asfixiando poco a poco al ahogarme en el edema pulmonar de una insuficiencia cardíaca. Cuando llegue a cualquiera de esas situaciones (si no me he muerto antes en un accidente) agradeceré que una mano amiga me ayude a dar el último paso.

Dicho esto, volvamos al tema. Estamos hablando de enfermos terminales. Personas a las que les quedan horas, días de vida. Pero no de una vida plena que pueda ser disfrutada, sino de un dolor constante, que les impide ser conscientes de cualquier otra cosa que no sea el propio sufrimiento por el sufrimiento, carente de sentido. En esta situación, la Medicina emplea la sedación terminal: proporcionar una dosis de hipnóticos que dejen al paciente sumido en un profundo sueño. Un sueño del que sabemos que no se va a despertar, que acabará en su muerte. Pero nos parece reprobable practicar la eutanasia: matarle, en vez de sedarle. ¿Por qué? ¿Qué diferencia hay? A mí se me ocurren varias.

Es más cómodo para la familia: Luisa no había muerto, aunque a efectos prácticos lo estaba. Así, cuando llegue la de la guadaña, no nos impresionará en absoluto: total, ya estaba «dormida»…

Es más cómodo para el enfermo. No es lo mismo saber que te van a dormir para quitarte el dolor, que saber que vas a morir. ¿Os imagináis el vértigo de saber que esa inyección te va a quitar la vida?

Es más cómodo para el médico. He oído muchas veces la frase de «no podría cargar con una muerte en mis espaldas el resto de mi vida»; es mucho más fácil autojustificarse pensando «no, yo sólo le sedé».

Sin embargo, todo ello banaliza la muerte. Nos escudamos en formalismos para negar la realidad de los hechos. No matamos, sino que sedamos. La muerte pierde toda su fuerza: deja de ser el fin de la vida para transformarse, simplemente, en un paso más de la enfermedad.

Y mejor lo dejo aquí, que ya he divagado bastante. Como veis, esta vez no pretendo dar ninguna solución: tan sólo plantear preguntas. Que cada cual encuentre su respuesta.

Perpetrado por EC-JPR

abril 13th, 2008 a las 12:48 pm

Categoría: Medicina, Opinión

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Intenta no errar

Un temerario

Vive como si ya estuvieras viviendo por segunda vez, y como si la primera vez ya hubieras obrado tan desacertadamente como ahora estás a punto de obrar.

Viktor Frankl, en «El hombre en busca de sentido»
(el libro en pdf aquí).

Perpetrado por EC-JPR

abril 11th, 2008 a las 1:41 pm

Categoría: Citas

¡Tenemos un 200!

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El día parecía como cualquier otro. Tan aburrido como cualquier otro. La sesión de exposición de casos, eterna. ¿Tan sencillo es limitarse a dar las novedades de los pacientes? ¿Realmente hace falta revisar toda la historia? Historias que siempre sobrepasan la decena de folios, cada cual recogiendo patologías y complicaciones más enrevesadas que el anterior, con pautas de medicamentos que parecen una versión en miniatura del Medimecum. Es lo que tiene estar en la UCI: los pacientes complicados son el pan nuestro de cada día. Los pacientes complicados, y el coñazo de sesiones. Pero el jefe es el que manda, y si a él le parece lo mejor…

Cuando acabamos la sesión nos repartimos los casos. A cada uno, dos pacientes: examinarlos, tomar nota de las variaciones, discutir los tratamientos con los Departamentos que se ocupan de ellos, y volver a exponer todo en la sesión de las dos. Si algo no me gusta de este servicio es toda la «burocracia» que tenemos que hacer.

Pero bueno: cuanto antes empecemos, antes terminaremos. Así que vamos con el primero. Ramón está en la 484. Es un hombre con suerte: entró por Urgencias hace cuatro días con una disección aórtica. Es decir: la aorta, la arteria por la que sale la sangre del corazón antes de repartirse por todo el cuerpo, se había roto. Y, sí, esto es grave. Muy grave. Pero Ramón llegó a tiempo, cuando la avería aún no era muy grande, y le insertaron una prótesis de Dacron; ahora está haciéndonos compañía en la UCI mientras pasa el postoperatorio. «¡Buenos días, Ramón! ¿Qué tal ha pasado la noche?» Las preguntas de rigor: él se encuentra bien, dentro de lo bien que puedes estar cuando te han serrado el esternón para abrirte el pecho. Si todo sigue así, en unos días le subiremos a planta.

Sin embargo, hay que cambiarle la vía arterial; un catéter que metemos en una arteria de la muñeca para conocer la presión arterial instantáneamente. Nos lavamos, desinfectamos, ponemos el paño estéril, y empezamos a trabajar. La verdad, conseguir meter un tubito de un milímetro en un vaso del mismo diámetro, es bastante difícil. Llevamos ya tres intentos, y no lo conseguimos. Menos mal que antes le hemos infiltrado un anestésico local: si no, el paciente estaría ya acordándose de la bendita madre que me parió.

Y, de repente, suena el busca. Pitipití, pitipití, pitipití. Y piensas: no puede ser, hoy no, no a mí. Sales de la habitación, y el residente de guardia te devuelve tu mirada de sorpresa. ¿Es eso? ¡Mierda! Se te acelera el pulso, y vas acumulando adrenalina mientras coges el teléfono y marcas el número que pone en el busca. «¿Dónde? – En broncoscopias.» Así que el residente y tú salís corriendo de la UCI: tenemos una parada. Todo lo que sabes es que en broncoscopias a alguien se le ha parado el corazón, ha entrado en parada cardiorrespiratoria, y su vida ahora mismo pende de un hilo. El cardiólogo de guardia estará ya en camino. El sacerdote, también. Y tú corres mientras esperas que allí alguien ya haya empezado la reanimación básica (generalmente con más voluntad que pericia). Ahora mismo el paciente depende de ti.

Corres escaleras abajo, a la planta tercera: ¿no era aquí? ¿¿Cuándo coño han cambiado broncoscopias?? ¿Quinta planta? Aprovechas que el ascensor pasa por allí para meterte dentro, y usas la llavecita que te da prioridad para subir al quinto piso sin detenerte por el camino.

Cuando llegas, no hace falta que preguntes dónde está el paciente. El desconcierto de la gente en la sala de espera te va guiando, y la cara de susto de las enfermeras te confirma el camino. Corres por el pasillo, y según llegas a la sala donde está el paciente ves que está todo lleno de gente en pijama verde; afortunadamente estamos enfrente de endoscopias, donde hay anestesistas, médicos que saben qué hacer en estas circunstancias.

El paciente está tumbado en la camilla. Parece más un polluelo que una persona: está macilento, no llegará a los sesenta kilos, ¿qué tendrá, setenta años? Ves el bulto del marcapasos bajo su clavícula izquierda, y las cicatrices de cirugías anteriores en el abdomen. Un compañero tuyo se afana en hacerle el masaje cardíaco mientras otros dos esperan para relevarle: lo de Hospital Central es mentira. Hacer un masaje cardíaco cansa. Mucho. Cuando haces una RCP, tus brazos son el corazón del paciente: aprietas en el esternón para comprimir el tórax varios centímetros (aun a costa de romperle las costillas), bombeando la sangre. Tienes que cargar tu peso «a plomo» sobre tus brazos, cien veces por minuto, abajo y arriba, abajo y arriba.

Por lo menos el paciente está en buenas manos. Ante todo, manos: en una salita de escasos diez metros cuadrados, hay once personas: tú y tu residente, los tres compañeros que están haciendo el masaje, dos enfermeras, el cardiólogo de guardia, el neumólogo y el residente que iban a hacer la broncoscopia, y un estudiante que se ha quedado atrapado en la refriega y mira la función acorralado contra la pared.

¡Atropina, una ampolla! ¿Qué ha pasado?, preguntas al neumólogo. «Nada», responde, «estaba monitorizado, y cuando íbamos a empezar, de repente, se ha parado. Han llamado al 200, hemos empezado la reanimación y han venido los de endoscopias con el carro de paradas». Abajo-arriba, abajo-arriba. Un médico ventila al paciente con el Ambú mientras la enfermera va proporcionándoles cuanto piden. ¡Adrenalina, una ampolla! ¿Dónde está ese laringo?

Vamos a intubar: de nada sirve mover la sangre por el cuerpo si no conseguimos que lleve oxígeno. Y, para eso, lo mejor es hacerlo introduciendo un tubo en la tráquea. Así que te metes en el fregado: vale, parad el masaje. El tubo entra a la primera: lo fijas con esparadrapo y sigues dándole al Ambú. El cardiólogo sigue pidiendo fármacos. ¿Cuántas adrenalinas llevamos? – Dos. – Métele la tercera.

Entre tanto frenesí, una figura vestida de negro se desliza hasta los pies del paciente. Es el sacerdote, que viene a hacer cuanto puede en esta situación: saca los Óleos del bolsillo y le da la Extremaunción al paciente. Es lo que toca.

Llevamos ya un cuarto de hora de abajo-arriba, adrenalinas y calcios. Cada cierto tiempo, el cardiólogo nos pide que paremos para mirar el monitor y tomar el pulso, a ver qué hace el corazón del paciente. Los mirones ya se han ido de la sala, y estamos sólo los profesionales en estas lides; una enfermera de confianza, dos anestesistas, el cardiólogo, mi residente y yo. El estudiante también se ha quedado: esta juventud cada vez es menos impresionable…

Veinte minutos. El neumólogo de profesión, cenizo de vocación, comenta desde el umbral de la puerta: «Después de este tiempo, vista la patología de base del paciente… yo creo que ya va siendo suficiente…». Los cojones, suficiente. Lleváis sólo veinte minutos, ¿y ya os vais a parar? Que alguien saque de aquí a este pájaro, por favor. El paciente no está muerto hasta que yo lo diga.

Treinta minutos. El cansancio se nota. Hasta el estudiante ha puesto sus brazos para reanimar. El cardiólogo vuelve a pedir que paremos, y mira el monitor: ¡fibrilación!. Eso significa que podemos darle al paciente un calambrazo y, con suerte, hacer que el corazón vuelva a latir. Porque, sí, aquí también nos ha engañado Hospital Central. Cuando a un paciente «se le para el corazón» (entra en asistolia) no hay que depilarle el pecho a electroshocks. Eso sólo hay que hacerlo cuando tiene ciertas arritmias, y este es uno de esos momentos. La enfermera saca las palas del desfibrilador, les da gel, y se las pasa al cardiólogo. ¡Carga a doscientos! Todos fuera, ¡que nadie toque nada! ¡¡Fum!! Esto sí es como en las películas, con el paciente dando un brinco sobre la camilla. Lo que no sale en la televisión son los pelillos del pecho que se churruscan…

Seguimos con el masaje. Cuarenta minutos. Ahora ya la cosa empieza a pintar mal… No le podemos poner ya más adrenalina, porque hemos alcanzado la dosis máxima. Tiene un gotero de bicarbonato, que nadie sabe muy bien para qué sirve, pero se lo ponemos «por si acaso». Creo que se ha llevado también un par de inyecciones de calcio. Con la atropina, en total hay más de una docena de ampollas vacías sobre el carro de reanimación. Y seguimos: abajo-arriba, abajo-arriba.

El cardiólogo vuelve a pedir que paremos el masaje, y… ¡sorpresa! ¡Hay pulso! Espera, vamos a asegurarnos: el pulsioxímetro lo capta, nosotros lo sentimos en la carótida, el electro muestra actividad: ¡¡el paciente vuelve a estar vivo!!

Así que nos vamos con la música a otra parte. Cargamos una botella de oxígeno en la camilla, nos hacemos con un monitor portátil para controlar al paciente y, ya que estamos, nos llevamos de regalo el desfibrilador. No vaya a ser que en el paseo hasta la UCI nos vuelva a dar un susto. Desfrenamos la cama y salimos por el pasillo. Las enfermeras van abriendo las puertas a nuestro paso. Cuando llegamos a la sala de espera, la gente nos mira sorprendida: entre los pitidos del monitor, el médico que va ventilando al paciente, y el otro con el desfibrilador en la mano, formamos un séquito bastante peculiar. En la sala está también un chaval que llora angustiado y nervioso, mientras una chica lo abraza. Más tarde me enteraré que el hombre que llevábamos en la camilla no tenía setenta años, sino cincuenta, y que ese chaval era su hijo. Joder, menudo espectáculo, ¿nadie podía haber entrado a los familiares en una consulta, para que estuviesen tranquilos?

En fin: ahora tenemos que ingresarle en la UCI, estabilizarle, pautar cien mil fármacos, evaluar su situación neurológica y cruzar los dedos para que no tenga ninguna secuela. Bueno, hace cuarenta minutos estaba muerto, así que…

Sí, me encanta ser médico.

Imagen obtenida en la web de la California School of Health Sciences.

Perpetrado por EC-JPR

abril 7th, 2008 a las 9:55 pm

Categoría: Medicina

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Mi videolog (VI-deoclips)

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En la entrega de hoy, nos ponemos musicales. Al más puro estilo ¡Sordidez! (de Vicisitud y Sordidez), haré aquí una recopilación de videoclises de esos que arrancan gritos de desesperación pidiendo una dosis de cianuro. Nah, me he pasado. Dejémoslo en que, mientras veáis estos vídeos, sentiréis la necesidad de agarrar un lápiz y perforaros los tímpanos.

El problema es que son tan buenos que no sé por dónde empezar…


David Hasselhoff

Lo que puede llegar a hacer uno por ganarse las habichuelas. Y es que, donde estuviere el apuesto Mitch Buchannan corriendo sobre la arena salvavidas en mano, o Michael Knight desfaciendo entuertos con la inestimable ayuda de su amigo KITT… ahora vemos a un cincuentón ajadillo y dándoselas de machote con chupa de cuero (atención a ese movimiento de pelvis: oh, yeah!).

De todas formas, si tenéis los arrestos de ver la canción hasta el final os daréis cuenta de que, en realidad, va de coña: no le da ningún viaje a la pasajera, y mira que bien lo merece…


Corazón latino

Bueno, propiamente el engendro se llama «Laat de zon weer schijnen», que mi nulo conocimiento del holandés me dice que será algo sobre dejar brillar el sol. En este caso tenemos a un niño con un claro problema dietético, llamado Zanger Bob (o sea, «el Bob cantarín») cantando algo con la melodía de «Corazón latino». Y, sinceramente, no sé qué me gusta más. Si las tetas de ese niño saltando mientras corre por la playa, o esas coristas (por otra parte, bien jabatas que están ellas) bailando una coreografía digna de setentones en Benidorm. Por no hablar de la melodía, paradigma de la versatilidad del Casiotone

Lo que no voy a negar es que, con ese pelito rubio y esa cara pan que tiene, resulta enternecedor; casi tanto como los alemanes borrachos que invaden las zonas de marcha de Palma en verano. Y no me digáis que se os había pasado el parecido.


Idiomas exóticos

El neerlandés, que es el idioma en el que cantaba nuestro Bob, es una lengua germánica. Como lengua germánica también es el inglés. Lo que ya no tengo tan claro es en qué dialecto exactamente canta esta mujer. Porque, aunque no lo creáis, eso pretende ser inglés.

Chimo Bayo

Y no podía dejar una entrada vergonzante como esta, sin nombrar a una de las perlas de la canción española: Chimo Bayo. Lo mejor que ha dado Valencia, después de su agua (y no, por una vez no estoy echando sal a las heridas).

Muchos de los que leáis esto tendréis la edad suficiente para haber bailado sus temas en el garito de turno; seguro que la coplilla «Uno, que no pare ninguno; dos, nos movemos los dos; tres, lo mismo pero al revés», de inenarrable lirismo, os trae a la memoria gratísimos recuerdos. Sin embargo, otros no sabréis ni de quién estoy hablando. Mucho mejor: así esto os pillará de nuevas. Mwahahaha…


Perpetrado por EC-JPR

abril 3rd, 2008 a las 10:58 pm

Categoría: Videolog

WTF!?

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Revisando fotos viejas, me ha salido este gran WTF!?. Esta fotichuela está tomada en Saint-Jean-de-Luz (Francia, 64) en un verano cualquiera.


Por si acaso alguien no supo apreciar el sutil detalle… ¿Os habéis fijado de qué país es el coche?
Es decir, ¿por dónde se ha bajado el conductor?

Con un par.

Perpetrado por EC-JPR

abril 1st, 2008 a las 8:45 pm

Categoría: Humor

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Reglas del Aire

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21 mandamientos que todo aviador debería conocer.

  1. Volar no es peligroso. Estrellarse sí es peligroso.
  2. Siempre es mejor estar aquí abajo y desear estar ahí arriba que estar ahí arriba y desear estar aquí abajo.
  3. Hay pilotos tontos y hay pilotos viejos. Pero no hay ningún piloto tonto viejo.
  4. Se empieza a volar con una bolsa llena de suerte y otra vacía de experiencia. El truco consiste en llenar la de experiencia antes de vaciar la bolsa de la suerte.
  5. Si empujas la palanca de mando hacia adelante, las casitas se hacen más grandes. Si tiras de ella hacia atrás, se hacen más pequeñas. Salvo que mantengas la palanca totalmente atrás: entonces las casas se hacen grandes otra vez.
  6. Todo despegue es opcional. Los aterrizajes son obligatorios. Por eso, intenta mantener siempre el mismo número de aterrizajes que de despegues.
  7. Mantente fuera de las nubes. Los sabios aseguran que las montañas suelen esconderse detrás de ellas.
  8. Cuando dudes, mantén la altitud. Nadie ha chocado nunca contra el cielo.
  9. Las tres cosas menos útiles para un piloto son: la altitud por encima, la pista detrás y el segundo antes.
  10. El único momento que tienes demasiado combustible a bordo es cuando el avión está ardiendo.
  11. La hélice es simplemente un ventilador enorme enfrente del avión que se utiliza para mantener fresco al piloto. Cuando se para, el piloto comienza a sudar.
  12. Nunca dejes que un avión te lleve a un sitio donde tu cerebro no lo haya decidido cinco minutos antes.
  13. Es siempre una buena idea mantener el morro del avión apuntando hacia adelante tanto como sea posible.
  14. Recuerda, la gravedad no es simplemente una buena idea, es la ley. Y no debe ser rechazada de forma caprichosa.
  15. La probabilidad de sobrevivir es inversamente proporcional al ángulo de descenso. A mayor ángulo de descenso, menores probabilidades de supervivencia y viceversa.
    (The probability of survival is inversely proportional to the angle of arrival. Large angle of arrival, small probability of survival and viceversa)
  16. Un buen aterrizaje es aquel del que puedes salir andando. Un aterrizaje “perfecto” es cuando el avión puede ser utilizado otra vez.
  17. Hay tres simples reglas para conseguir aterrizajes suaves. Desgraciadamente nadie conoce cuáles son.
  18. Se sabe cuando se ha aterrizado con el tren arriba cuando se necesita empuje de despegue para ir al parking.
  19. Aprende de los errores de los demás. Nunca vivirás lo suficiente para cometer todos ellos tú mismo.
  20. El buen juicio proviene de la experiencia. Desgraciadamente, la experiencia normalmente es resultado de malas decisiones.
  21. Mira a tu alrededor. Siempre hay algo que has olvidado.

Perpetrado por EC-JPR

marzo 30th, 2008 a las 3:46 am

Categoría: Aviación, Humor

El juego de la asfixia

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Estaba revisando marcadores, cuando me ha salido este de Halón Disparado. La noticia:

El «juego de la asfixia» mató a más de 80 jóvenes en EE UU en los últimos doce años

Vayamos por partes. El comentarlo aquí no es por el dato en sí: no hace falta ser un lince en Estadística para darse cuenta de que 80 jóvenes en doce años en el tercer país más poblado del mundo (con más de 300.000.000 proud americans) no es ninguna cifra para llevarse las manos a la cabeza. Apuesto a que suman más los electrocutados mientras intentaban meter la picha por el enchufe. Escribo esto para contar en qué demonios consigue eso del juego de la asfixia. Y, por si a alguno le va el rollito BDSM, para que sepa cómo hacerlo. Que no se diga que no me preocupo por mis lectores.

Así que dejo ya el tono sarcástico, y pongo el tono de dar clase. Un momentillo, que me abroche la bata. Por lo que yo sé (no, nunca lo he probado), el jueguecito de marras no consiste propiamente en «estrangularse», sino en hacer lo que se llama «masaje del seno carotídeo» (MSC). Es decir: presionar en la arteria carótida en cierto punto en el cuello, haciendo creer al organismo que tenemos una hipertensión brutal. Éste, para compensarlo, provocará un bajonazo de presión, de modo que no llega sangre al cerebro y se produce un desmayo. ¿Divertido, eh?

Sin embargo, ese mismo MSC también puede hacer que el nervio vago se active demasiado, frenando el corazón. Tanto es así, que esta hipertonía vagal puede llegar a parar el corazón. De hecho, en un ambiente hospitalario sólo puedes hacer el MSC cuando tienes un carro de paradas a tu alcance… por lo que pudiera pasar.

Y, ya que estamos, os cuento otra gracieta. Lo de quitarle riego al cerebro «con fines lúdicos» no sólo lo hacen estos tontol’habas. Hay gente que se gasta los duros en popper, un líquido que inhalan mientras están con el dalequetepego. Se trata de nitrito de amilo, que tiene un efecto similar: dilata los vasos, bajando pues la tensión, privando al cerebro de oxígeno y aumentando la sensación de placer durante la relación. También, por esa acción vasodilatdora (como la Viagra), favorece el aporte de sangre al pene. Para terminar con estos productos: si queréis ver un ejemplo de su uso, podéis recurrir al cine. En concreto, en la escena de la violación de Irreversible.

Perpetrado por EC-JPR

marzo 27th, 2008 a las 5:28 pm

Categoría: Medicina

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Sobre infartos (y II)

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Hace ya mucho dije que explicaría, con un cierto detalle, en qué consiste un infarto, cómo se detecta y cómo se trata. Como suele poner en la Wikipedia, esto no es un consultorio médico. Así que si pensáis que alguien está teniendo un infarto, por favor, no sigáis leyendo esto. Llamad directamente al 112. Que si no, luego, encima la culpa será mía…

¿Qué es un infarto?

Lo primero, lo primero. Resumidamente, un infarto es la falta de oxígeno a una región del corazón (generalmente por una falta de riego, aka. isquemia) que provoca en éste una lesión. Así mismo, seguro que todos habréis oído hablar alguna vez de una angina «de pecho» (digo yo que se llamarán así para distinguirlas de las de la garganta…). Vale, pues la angina es, esencialmente, lo mismo que el infarto, pero en un grado menor. Es decir, una isquemia parcial y transitoria, que no llega a producir lesión.

¿Y por qué hago esta puntualización? Pues porque en el caso inicial me llamó la atención cómo podían saber que se trataba de un infarto, sin tener ningún medio… En un ambiente hospitalario, es muy sencillo: basta con hacerle un electro al paciente para saber qué tenemos entre manos. Pero fuera del hospital, es más complicado. Grosso modo, podríamos decir que:

  • Una angina está desencadenada por un sobreesfuerzo (generalmente), y desaparece en unos cinco minutos con reposo.
  • El infarto tiene una aparición brusca (típicamente por la rotura de un ateroma, que es una lesión en la pared de las arterias que irrigan el corazón) y que no se calma. Es más: ante un dolor coronario (ver más abajo) de duración superior a 30 minutos, con sudoración profusa, casi seguro se trata un infartado.
    Disclaimer: como toda simplificación, es mentira. También hay otros tipos de anginas, como la de Prinzmetal, que no cumplen lo que he dicho. O ciertos pacientes, como los diabéticos, que no sienten ese dolor o está más atenuado. Pero sería liar demasiado…

Vale: ya podemos distinguir entre una angina y un infarto. ¿Pero cómo carajo sé yo que se trata de algo así? He empezado la casa por el tejado, así que voy a lo que importa.

¿Qué síntomas tiene un anginoso?

En los libros dice que es un «dolor sordo opresivo retrosternal, de instauración brusca, que puede irradiar a brazo izquierdo y región interescapular…». Palabrería médica. Para entendernos, el paciente dirá que «siente como que le aprieta algo aquí, en el pecho», mientras se hace un gesto con el puño cerrado en la parte inferior del pecho. El gesto es tan típico que, cuando llega un paciente a Urgencias y la enfermera de Admisión lo ve, ya está llamando al cardiólogo de guardia.

En un hospital, el cardiólogo hará un electro de 12 derivaciones, sacará sangre para medir troponina y CPK, y pedirá la sala de angiografías, mientras pone una perfusión de Solinitrina. En un avión (o en la calle), no hay nada de esto. Entonces… ¿qué se hace con un anginoso/infartado? En dos palabras: nitroglicerina y aspirina.

Pongamos que el paciente es un anginoso. O sea: las arterias coronarias tienen disminuido el diámetro, por lo que aportan poca sangre, el pobre hombre se ha puesto a hacer un sobreesfuerzo, y el corazón tenía que trabajar duro. No recibía suficiente oxígeno, y se ha empezado a «quejar». ¿Solución? Coña, ¡pues aumentar el flujo de sangre! ¿Y cómo lo hacemos? Con nitroglicerina, que es un potente vasodilatador. Con esto conseguimos:

  1. Dilatar las arterias coronarias, aumentando la irrigación del miocardio (músculo del corazón).
  2. Dilatar el «territorio venoso» (todas las venas en órganos, extremidades…), disminuyendo las resistencias periféricas y, por tanto, el esfuerzo del corazón. Y menos esfuerzo requiere menos riego.
    Frikidato: Como los más agudos se habrán dado cuenta, lo que pasa es que baja la presión sanguínea. Por eso, entre los efectos secundarios de la nitroglicerina se cuentan los desmayos y el dolor de cabeza.

Pero ahora bien, puede suceder el paciente en realidad tenga un infarto… ¿Qué toca hacer? La parte de la nitroglicerina, se le puede aplicar igualmente (porque dijimos que en el infarto también había falta de riego). Pero, ¿cuál era la diferencia entre infarto y angina? Que en el infarto casi siempre tenemos un trombo (coágulo de sangre) que ocluye la luz de la arteria coronaria. Frikidato: Este trombo se produce secundariamente a una rotura de una placa de ateroma, que es un acúmulo de grasas en la pared de una arteria coronaria. Por eso dicen que es malo tener el colesterol o los triglicéridos altos.

Pues bien, la forma más sencilla, barata (y también de las más efectivas) para quitar un trombo, es emplear un antiagregante como el ácido acetilsalicílico (Aspirina). Todos sabréis que antes de que nos operen (o de que el dentista haga alguna carnicería) no se puede tomar aspirina. Pues aquí es parecido: nos interesa ese efecto para usarlo a nuestro favor. Así, simplemente pondremos una aspirina bajo la lengua del enfermo, y esperaremos a que disuelva el trombo.

Pero, en cualquier caso, el tratamiento más efectivo para un infartado es llegar cuanto antes a un hospital. Porque cuanto antes se le evalúe y se le trate, más posibilidades de éxito hay. Sirva como (friki)dato que, ante una obstrucción completa de una arteria coronaria, tenemos veinte minutos antes de que el daño en el miocardio sea permanente.

Y por eso se insiste siempre que no debemos confiarnos en que es un ardor de estómago y ya se pasará. No cuesta nada llamar al 112, porque en la sala hay siempre un médico que será capaz de, en dos patadas, decirnos si se trata de un infarto o no. Y podremos salvar la vida, la nuestra o la de otra persona. Y es que más de la mitad de los infartados muere antes de llegar al hospital, precisamente por eso: «Total, si con un Almax…».

En resumidas cuentas…

  • La cardiopatía isquémica puede ser de dos tipos: angina e infarto. La angina es reversible y no supone una urgencia médica, mientras que el infarto es una emergencia.
  • Los síntomas típicos del infarto son un dolor opresivo («a puño cerrado») en el pecho, que no varía con la posición y puede irradiar a cuello, brazo y espalda, que dura varios minutos y no cede con el reposo. También aparecen sudoración, hipotensión y sensación de muerte inminente, y es posible que el paciente sufra un síncope.
  • Ante cualquier sospecha de infarto se debe llamar al 112, para movilizar los servicios de Soporte Vital.
  • El tratamiento in situ de un infartado comprende la administración de aspirina sublingual y nitroglicerina.
  • Todo infartado debe ser trasladado sin demora a un centro hospitalario, preferiblemente en una ambulancia medicalizada.

Bueno, si os he aclarado algo, me alegro. Y, si no, decidlo en los comentarios, y prometo intentar corregirlo o matizarlo.

Perpetrado por EC-JPR

marzo 23rd, 2008 a las 12:19 am

Categoría: Medicina

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Mi videolog (V)

3 comentarios

Hoy tenemos sesión múltiple de tontos-del-haba varios, aderezados con una pizca de vergüenza ajena y otra de oligofrenia.

Matías el Humilde

¡¡Fácilmente!!

Son como niños

Por eso las chicas se suben en el columpio, y por eso los chicos hacen lo que hacen con la moto…

Va a por lana…
Es lo que pasa cuando a un chuloputas se le ocurre plantarle dos yoyas al entrenador de karate de la policía.

Exclusivo método de inmovilización
Acojonante. Y es que a los hombres, nos dejan sin pantalones, y nos quitan toda la autoridad…

Perpetrado por EC-JPR

marzo 20th, 2008 a las 1:06 am

Categoría: Videolog

Manual de uso y disfrute

9 comentarios

(Actualizado el 13/05/08)
(Reactualizado el 12/06/08)

He caído en la cuenta de que todavía no había puesto unas instrucciones. Y qué sería de un blog con pretensiones sin un buen manual para disfrutarlo: ¡lo tiene EDans, y no lo voy a tener yo!

Respecto a las visitas y los comentarios.

En este blog, al contrario que en casa, las visitas no dan por culo; es más, me alegro con cada nueva visita (y más si comentan y repiten).

Pero en este blog, al igual que en casa, mando yo (o, en su defecto, mis dos reverendísimos). Eso significa que me educaron en la libertad, creo en ella, la disfruto y la defiendo. Por consiguiente, todo el mundo tiene derecho a opinar y decir lo que le salga del ciruelo. Pero en cuanto alguien mee fuera de su derecho (ya ni os cuento si encima apunta al derecho del vecino), yo ejerceré de Todopoderoso para borrar el correspondiente degüelto.

Secciones y apartados.

A:
Porque yo también he decidido salir del armario.

Autofellatio:
Es que mi novia me dice que a ella le da asco.

Aviación:
Todo tipo de pichorradas sobre aviones, aviación, aeropuertos, y cualquier cosa que tenga que ver con mi aerotrastorno (el cual, algún día, me tendré que hacer mirar…).

Citas:
Frases lapidarias (generalmente) y otras para reflexionar (porque, de puro largas, pierden su contundencia).

Economía:
Porque en el fondo soy un pesetas, aparte de que me gusta saber cómo funciona este tinglado en el que estamos montados.

Educación:
Del tipo de «Opinión», pero sobre este tema en concreto. Porque los errores se arreglan desde la base, y aquí hay mucho que hacer. Y como, en este país, a todos nos encanta decir lo que pensamos, yo no iba a ser menos.

Frikadas:
Cosas que uno no comenta por ahí, por miedo a que le miren con cara de «Pobrico, en el colegio seguro que le robaban el bocadillo…».

Humor:
Porque a los frikis también nos gusta reírnos. Y, si se puede, mejor «de» que «con».

Medicina:
Porque me gusta (oh, yeah). Y es que la diferencia entre Dios y los médicos* es que nosotros hacemos el MIR.

Opinión:
Porque esta es mi casa, y yo he venido aquí a hablar de mi libro (¡cojones, ya!).

Tecnología:
El cajón de sastre donde cabe de tó…

Videolog:
Porque son muchas horas (muchas) las que pierdo en internet, y algunas perlas no se pueden pasar por alto.

* -> Algún día espero poner el chiste como es en realidad. Porque entre los médicos, afortunadamente, también hay clases.

Contacto.

Las quejas, al maestro armero. Para todo lo demás, podéis comentar esta misma entrada.

Oye, ¿y qué es eso de ecjpr?

Aquí la respuesta.

Marujeo y cotilleo

Venga, si habéis leído hasta aquí, os cuento algún detallito personal. Varón, entre veinte y treinta años, con estudios universitarios y una cierta mala leche, que, disponiendo de mucho tiempo libre, y habiéndosele pasado la época de matarse a pajas, prefiere emplearlo en mantener este blog.

Y, para terminar, una foto. Si fuera un dibujo de Los Simpsons, sería algo así:

Mentira: en realidad mi pelo es castaño (con alguna cana dispersa por ahí)

Perpetrado por EC-JPR

marzo 18th, 2008 a las 12:38 pm

Categoría: Opinión