Gravatar
Yo pensaba que Gravatar era algo que todo el mundo conocía. Una pichorrada más de las que hay por la red, como OpenID y similares, que el que no la usa es porque no quiere. Pero el otro día me di cuenta de que no era así. Así que esta (breve) entrada explica por qué cuando comento en un blog sale el emblema de Boeing.
Es cosa de Gravatar. Te registras, subes una imagen, y cada vez que comentes en un blog que tenga activado Gravatar (como ocurre en casi todos los basados en WordPress), reconocerá tu email y pondrá la imagen correspondiente. Personalmente le veo la ventaja de que permite “validar” tu alias vía email (yo podría firmar con tu nombre, pero si no conozco tu dirección de correo no saldría tu dibujito).
Es más simple que el mecanismo de un chupete. Tan sólo hay un pequeño inconveniente, que me tocó sufrir durante varios meses: asegúrate de que tu gravatar aparece como calificado para todos los públicos («Rated G»). Lo digo porque un buen día, mi elegante icono cambió a uno aleatorio que parecía un caleidoscopio epiléptico (con cuadraditos y triangulitos amarillos, morados, verdes…), y no me percaté hasta que entré a mi cuenta de Gravatar. Un duende había cambiado la calificación del icono de «Tienno e inocente» a «Hardcore fisting». Y claro, los blogs reconocen la calificación de tu logo, y sólo la muestran si se adapta a la de su selecta audiencia…
Y dicho esto, no quiero ver más comentarios sólo con el nombre: ¡poned un poco de color a vuestros nicks!
Nivel de vida
Los ricos viven igual en todas partes. Las clases medias, en función de la tecnología del momento. Y los pobres, en función del PIB del país.
Citado en:
Halón Disparado: «Eso llamado nivel de vida»
Moléculas y filamentos: «La cara dura de la crisis»
De lenguas y similares
Si un día dije que me ibais a llamar Mengele, hoy me arriesgo a que me pongáis de facha para arriba. Sin embargo, espero que entendáis los planteamientos que hago, y me digáis en qué estoy confundido, ¿vale? Zambullámonos pues en el tema.
Estos últimos meses he tenido la gran suerte de poder viajar muchos kilómetros. He visitado varias regiones, muy separadas y diferentes entre sí, pero que tenían un punto en común: todas pertenecen a un país cuya lengua oficial es mundialmente conocida, y en todas existe una lengua cooficial de escasa difusión y penetración. Podría ser el caso, por ejemplo, de Bilbao, donde conviven el español y el euskera, pero sirve cualquier otro que se os ocurra. Sea como fuere, hablamos de una región en la que la totalidad de la población conoce ese idioma «global» (léase español, francés, inglés…), y en la que coexiste, generalmente con el beneplácito del gobierno de turno (y el soporte indispensable para permitir su existencia) otra lengua, conocida por mucha menos población, y empleada cotidianamente por un porcentaje marginal de los ciudadanos.
Entiendo que los idiomas son una manifestación de la cultura propia de una región. Quizás por eso se les emplee (y sean en sí mismos) como una muestra de nacionalismo, como ocurre por ejemplo en Suiza. Seguro que sabéis que hay una parte de Suiza que habla francés, otra (muy pequeñita) que habla italiano, y que la mayoría del país habla alemán. Pues bien: eso no es del todo cierto. En realidad no hablan Deutsch, sino Schwiizerdütsch, una variante oral del alemán que casi parece polaco. ¿Qué aliciente tiene? Ninguno. Simplemente, que es «su» versión personal del alemán: cuando quieren, hablan en su lenguaje particular, y no les puede entender nadie que no forme parte de su «club». Es gracioso, porque además se trata de un idioma transmitido oralmente, y que carece de forma escrita (lo más correcto sería decir que carece de reglas ortográficas, pues la gente lo escribe como suena, resultando que una misma palabra puede tener tantas grafías distintas como personas la deletreen). Sin embargo, no cuenta con apoyo oficial alguno; la enseñanza y las comunicaciones públicas (oficiales, prensa…) se hacen en Hochdeutsch, alemán estándar. Nada que objetar: si no fuera por el chauvinismo desmesurado de los suizos (pero ese es otro problema), estos no tendrían ningún problema en viajar a Alemania, y viceversa.
Así pues, después de irme por las ramas, hemos visto que las lenguas, en sí mismas, enriquecen al pueblo que las habla. Siguiendo con los suizos, no sabéis cómo admiro que un universitario sea capaz de expresarse fluidamente en suizo, alemán, francés e inglés (no como en este reino de taifas, que las pasamos putas con un único idioma). Por consiguiente, no hay razón para denigrarlas, y sí para mantenerlas. Pero los árboles no nos deben impedir ver el bosque, y sería una insensatez permitir que un idioma local, limitado, prevalezca sobre otro que no sólo es el nacional, sino que además es lengua vehicular de millones de personas. Vamos, que no es lo mismo renegar del sueco que del español.
Antes de que contraargumentéis, os aviso: me he visto en la tesitura de no poder aparcar el coche porque no sabía qué carajo ponía en la señal (y tratándose de multas, no me conformo con mi intuición). Colegas míos ni se plantean ir a ejercer a Cataluña porque no hablan catalán. Algunos de mis amigos lo pasan mal cuando salen al extranjero porque estudiaron su idioma autóctono en vez de inglés. Y otros ni siquiera pueden expresarse correctamente en español.
Por consiguiente, el hecho de la potenciación de las lenguas locales supone un lastre en las comunidades afectadas. No hablo del gravamen económico que conlleva el hecho de traducir todo a dos idiomas, y que sería consecuencia de la paridad. Me refiero a las puertas que se cierran debido al fomento de una sobre otra: a la gente que, como mis amigos, se ven coartados a la hora de salir al extranjero. A los chavales que se pierden cuando llegan a la universidad porque no estudiaron Biología o Química en español.
Y es que la lengua es un vehículo para las ideas. Un idioma con un vocabulario escaso, no sirve: no puede reflejar la realidad, no puede transmitir algo que «no cabe» en él. Un idioma con una comunidad de hablantes reducida es poco útil, pues restringe las relaciones al estrecho marco de ese grupo: verbi gratia, es el caso del latín o el esperanto. Los idiomas deben servir para abrirnos al mundo; como dijo Ender en Halón Disparado,
Quiero aprender idiomas que me sirvan para comunicarme con más gente, no con menos.
Una persona que hoy aprenda francés puede moverse por media Europa. Alguien que aprenda catalán podrá ir a Plaça Catalunya… a comprar en el Corte Inglés. ¿Qué utilidad tiene entonces? ¿Por qué favorecer el aprendizaje del euskera o el gallego, en vez de hacerlo con el francés o el alemán?
En fin: creo que ya he dicho todo lo que quería. Lo que no estoy nada seguro es de la forma, ni de si habrá quedado claro. Pero bueno, para eso están los comentarios. Adelante.
Minutos musicales
Hace una semana disfruté de este tremendo vídeo en Landing Short, un blog que supone una visita (y suscripción) obligada para todo aerotrastornado que se precie. La secuencia se llama «The longest runway», por razones obvias:
No me negaréis que está muy bien montado, sobre todo la parte del despegue emparejada con la subida de la melodía. Pues bien, gracias a la anotación que aparece al principio he podido descubrir a Dream Dance Alliance, una formación (o productor, no me ha quedado claro) de música trance que apareció hace unos tres años. He ido a beber de las fuentes musicales (o sea, a YouTube), y he comprobado que sus escasas canciones son cada una mejor que la anterior. Ahora mismo tengo puesta Shinobi a todo volumen para mantenerme consciente ante el teclado.
Y por si os habéis quedado con ganas de más, os podéis pasar por mi perfil en Youtube. A muchos os sorprenderá el tipo de música que hay, principalmente electrónica (dance y trance, básicamente), que me consta que no es santo de devoción de algunos de los lectores. Pero bueno, también tengo canciones de otro estilo. Ante todo, variedad: no están todas las que son, pero sí son todas las que están. Y se aceptan recomendaciones.
Como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación
…y esta explicación que os debo, os la voy a pagar. No hace falta una gran sagacidad para percatarse de que mi ritmo posteril ha disminuido: lo que mantuve durante mucho tiempo en una entrada cada dos días, y llegó a ser casi de una entrada diaria, ha caído a un par de ellas por semana.
Y más que va a bajar, desgraciadamente. Por si tenía poco con currar de nueve a nueve, ahora me he visto liado en otra. Dicen que «En el país de los ciegos, el tuerto es el rey», e imaginaos cómo de ciego es mi país cuando me han encargado (¡¡a mí!!) que me ocupe de la página web de un congreso. Eso significa que el poco tiempo que tenía para cuidar de mi servidor, escribir entradas para mi blog y mimar a mi selecta audiencia (lo cual aún dificultaba más lo anterior, y conste que es un halago), ahora lo tengo que dedicar a saber qué narices es eso de XML y marcarme una web elegante. Vamos: como si tuviera que conquistar a una chica, pero para que luego sea otro el que se la lleve a la última fila del cine. De momento, la agencia de prensa del garito me tiene que decir qué formato quiere para que quede bien molón. A ver si se conforman con que copie lo que usaron el año pasado… pero creo que no va a colar.
En fin, que no os aburro con mis penas. Simplemente avisaros que sigo vivo, que seguiré con mis frikadas médicas, pero que las voy a tener que espaciar más de lo que quisiera. Y ahora me voy a poner algo de música para seguir dando el callo antes de ir a dormir…
Pudor
El pudor es un sólido que se disuelve en alcohol o en dinero.
Dilema moral, ¿o no?
Antes solía oír en Radio 5 a Florentino Moreno, catedrático de Psicología de la Complutense. Tenía un programa, «El factor humano», que se emitía justo a la hora que iba al curro. En una de las ediciones afirmó que las decisiones racionales no existen, sino que siempre se toman de forma emotiva, y sólo después se les busca una explicación razonada. Sorprendente, ¿no creéis? Sobre todo para alguien como yo, que se jacta de frialdad al tomar decisiones. Así que me quedé intrigado: ¿hasta qué punto decidimos antes de pensar? Voy a intentar explicarlo haciéndoos un experimento con tres ejemplos: ya me diréis si he conseguido demostrarlo.
- Un tren se acerca por una vía en la cual hay cinco personas que no tienen forma de enterarse de su llegada hasta que les atropelle, y no puedes avisarles a ellas ni al maquinista. En otra vía hay una única persona, en las mismas circunstancias. Y tú estás en un cambio de agujas: puedes moverlo para desviar al tren desde la vía con cinco personas (morirían los cinco) a la vía con una (sólo moriría este). ¿Qué haces? Piensa la respuesta antes de seguir leyendo, por favor.
- La cosa se complica. Ahora se acerca el mismo tren, manchado de sangre, y en la vía hay cinco personas, las mismas de antes. Como en el primer caso, no tienes forma de avisarles a ellos ni al maquinista, y también te encuentras en un cruce de agujas. Sin embargo, en este caso la vía alternativa hace un bucle y vuelve a la original justo antes del grupo de cinco personas, así que el tren seguiría atropellándoles. No obstante, en ese bucle hay un hombre, mezcla de vendedor de cómics y Gordo Cabrón, con cuya masa se detendría el tren. Pero claro, él la pifiaría. Resumiendo: o dejamos que el tren siga por la vía y se lleve a cinco por delante, o lo desviamos al bucle para que choque con el gordito y se detenga. ¿Qué haces?
- Último ejemplo: en un hospital hay cinco enfermos, cada uno con un fallo letal de un órgano distinto (a uno no le funciona el hígado, a otro el corazón, a otro…), y los cinco morirán inevitablemente a no ser que se les trasplante el órgano defectuoso. No se encuentra ningún donante compatible con ellos, y tampoco serviría emplear las piezas de uno para curar a los otros cuatro. Sin embargo, en la sala de espera del hospital hay una persona, completamente sana, cuyos órganos salvarían a los cinco enfermos… a costa de matarle. ¿Qué haces?
Vale: ahora voy a echar la quiniela. En la primera pregunta, todos sacrificasteis al pobre hombre que estaba solo en la vía. En la segunda seguramente dudasteis, pero muchos habréis desviado el tren. Y en la tercera, (casi) todos dejasteis morir a los cinco pacientes. ¿Me equivoco? Primero acabas con uno para salvar a cinco, y después dejas morir a cinco por no matar a uno. Ahora te pregunto: ¿por qué lo hiciste? La respuesta en el primer caso está clara: ¡es preferible que muera uno a que lo hagan cinco! Estamos de acuerdo. Se llama principio del mal menor, y es un básico en ética. Sin embargo, ¿por qué no lo aplicaste también al segundo y al tercer caso? ¿Por qué no has acabado sólo con uno antes de dejar que cinco mueran? Me dirás: «Ya, ¡es que no es lo mismo!». ¿Seguro?
Déjame que lo ponga con palabras neutras. En el primer ejemplo van a morir cinco personas, y tú matas a una para que esas cinco sobrevivan. En el segundo y en el tercero, igual. ¿No me crees? Vuelve a leerlo. Es más: si eres sagaz habrás visto que el primero es distinto a los otros dos. Pero el segundo y el tercero son iguales entre sí. Y tu respuesta, no obstante, fue distinta. Entonces, si ahora te percatas de eso, ¿por qué cuando respondiste no lo pensaste así? Muy sencillo: porque simplemente no lo pensaste, sino que actuaste guiado por tu instinto; «te pareció» que era lo correcto, pero no has razonado por qué. Tanto es así, que cuando ahora te pido que lo expliques, no puedes, no sabes.
No intentes ahora justificar tu elección, porque con eso acabas de confirmar la teoría. Has decidido con tus sentimientos, y después buscas un argumento que explique/justifique lo que has hecho. Argumento que no consigues encontrar. Aún cuando tu cerebro te dice bien claro que siempre será preferible que muera uno antes de que lo hagan cinco (mal menor, ¿recuerdas?), tú no respondiste eso.
Una última cosa, y ya termino. ¿Sabéis lo que significa «demagogia»? Significa emplear los sentimientos para guiar las decisiones. Que es justo lo que acabo de hacer con vosotros en el experimento. Así que ya lo sabéis: siempre hay que intentar ir al fondo, y no os perdáis (ni dejéis que os pierdan) en los detalles. La cabeza sirve para pensar, y el corazón, para bombear sangre. Si no lo hacéis así, podrán conseguir de vosotros lo que quieran: todo será cuestión de retórica.
Que paséis buen fin de semana.
Capacidad de síntesis
Los sermones tienen que ser como las minifaldas: cortos, y que enseñen.
Cafeína
Lo prometido es deuda. Eso sí: disculpadme el retraso en hacer esta entrada, pero quería consultar bibliografía para que quedase algo aparente, y últimamente ando liado de trabajo.
Introducción.
Empecemos por lo más básico: ¿qué es la cafeína? Seguro que podéis hacer una lista con los productos donde se encuentra: todos mencionaríais el café, pero sólo unos pocos os acordaríais del té o el chocolate. Entre otras cosas, porque existe la creencia popular de que el té no tiene cafeína sino teína, cosa que no es cierta; tanto el té como el café, como también el chocolate, el Red Bull o el Durvitan, tienen el mismo compuesto químico: la cafeína o 1,3,7-trimetilxantina, en una cantidad de 60-120 mg en un café de 150 mL, o unos 50 mg de cafeína en una lata de refresco de cola (330 mL).
Como curiosidad, el café y el té además tienen teofilina, y el cacao lleva teobromina, que son distintos miembros de la misma familia: el grupo de las metilxantinas, uno de los cuales (la teofilina: Theolair™) fue uno de los fármacos más usados antiguamente para el tratamiento del asma. Otra curiosidad: químicamente las metilxantinas están relacionadas con la purina y el ácido úrico.
Efectos de la cafeína.
El más conocido, el de quitar el sueño, lo sabéis todos. Pero como en este blog se espera un poquito de exhaustividad, hagamos un repaso de los otros efectos que tiene la cafeína en nuestro organismo…
- Ino/cronotrópico: acelera el corazón y aumenta la fuerza con la que se contrae.
- Broncodilatador: teóricamente, un café bien cargado tiene algo de utilidad para tratar un ataque de asma. Ahora, yo sigo prefiriendo el Ventolín…
- Diurético: por eso se recomienda no beber té o café antes de subir a un avión o en una travesía por el monte, porque producen pérdida de fluidos, y acaban causando más sed de la que quitan.
- Secretagogo gástrico: aumenta la producción de ácido clorhídrico y pepsina en el estómago: de ahí que empeore los síntomas del reflujo gastroesofágico y la úlcera de estómago (sin embargo, contrariamente a lo que se pensó durante un tiempo, no retrasa la curación del ulcus).
- Psicoestimulante: esta acción es debida a la liberación central, sobre todo a nivel mesolímbico, de neurotransmisores (catecolaminas). Clínicamente, el sistema mesolímbico se asocia con sentimientos de deseo y recompensa (está muy relacionado con los mecanismos de la adicción a drogas), así como con los síntomas positivos de la esquizofrenia (alucinaciones y delirios).
Efectos secundarios.
En general, la cafeína nos da un empujoncito que permite aguantar un largo día de hospital después de haber dormido menos horas que dedos tiene una mano. Pero todos sabemos que, cuando nos pasamos (unas personas más fácilmente que otras, porque cada uno tiene su umbral personal), la cosa se vuelve desagradable. No nos sentimos despiertos y ágiles, sino inquietos y nerviosos. Además, ¿quién no ha pasado una noche de insomnio en exámenes gracias a unas tazas de café de más? Y que levante la mano el que no haya sentido alguna vez palpitaciones y taquicardia.
Si ya la cosa se desmadra, podemos incluso llegar a Urgencias: no sería el primer chaval que se ha tomado unos redbules de más y ha entrado por puerta con unas extrasístoles ventriculares que daba primor verlas. Entre otras manifestaciones físicas de la intoxicación también se cuentan la rubefacción facial, problemas digestivos variados o fasciculaciones (contracciones involuntarias de fibras musculares).
Y, como buen fármaco con efectos sobre el SNC, también tiene sus efectos secundarios sobre el mismo (logorrea, agitación psicomotora), y hasta su propio síndrome de abstinencia, que aparece en grandes consumidores de cafeína (recordad: no sólo café), y que cursa con sensación de fatiga, adormecimiento, dolor de cabeza e irritabilidad.
Fisiología.
Hemos hablado de los efectos de la cafeína. Vale, pero… ¿cómo funciona exactamente en nuestro cuerpo? Con la venia de la audiencia, me voy a poner un pelín más técnico en esta parte.
En primer lugar, hay que saber que la cafeína se absorbe bien por vía oral. La Cmax se alcanza tras 30-45 minutos de la ingesta, y su semivida es de unas tres horas (es decir, tras ese tiempo la concentración será ½ de la original). De toda la cafeína ingerida, el 90% se metaboliza vía CYP1A2 (un citocromo, un tipo de vía enzimática muy común en el catabolismo de fármacos), y el 10% restante se excreta directamente vía renal. Como curiosidad añadiré que el tabaco aumenta el aclaramiento de la cafeína (es decir, cuando alguien deja de fumar, el café le «pega» más fuerte), al contrario de lo que sucede con los anticonceptivos orales o el embarazo, que disminuyen la velocidad de eliminación. Y, como último frikidato, la cafeína potencia los efectos tóxicos de los AINE en el riñón.
Y una vez dentro de nuestro cuerpo, ¿cómo lleva a cabo sus acciones? Antiguamente se pensaba que estaba implicada en vías adrenérgicas, activándolas (por un lado) e inhibiendo su freno (por otro). De hecho, la cafeína es un inhibidor de la fosfodiesterasa, que es la enzima que degrada el AMPc, el cual a su vez es el señalizador intracelular que se produce cuando se estimula un receptor* adrenérgico. Simplificando (mintiendo): que la cafeína nos mantiene en una descarga de adrenalina perpetua.
*⇒ Un receptor es una estructura en la pared celular a la que se une un ligando (noradrenalina, adenosina…) para transmitir mensajes al interior de la célula.
Sin embargo, posteriormente se descubrió que la acción sobre los receptores adrenérgicos ocurre con concentraciones del fármaco mucho mayores que las habituales. ¿Qué sucede entonces? Parece ser que las xantinas principalmente actúan sobre otro tipo de receptores, los adenosínicos, bloqueándolos. Esto significa que, si los receptores de tipo adenosínico inhiben canales de calcio, y yo bloqueo esos receptores, estoy haciendo una doble negación: realmente estoy abriendo canales de calcio (los que no hayáis estudiado esto antes posiblemente tengáis que releerlo un par de veces antes de caer en la cuenta). Y cuando permito que entre más calcio a la célula ocurre un aumento de la fuerza contráctil. ¿Os suena? Pues esto mismo ocurre con los demás efectos de los receptores adenosínicos: la cafeína «invierte» la acción que tienen por sí solos, como es la depresión del SNC (sedación, analgesia) o la antidiuresis, entre otros.
So far, so good. Si se ha entendido, me doy por satisfecho. Si os ha gustado, me alegro mucho. Si lo primero no se cumple, decidlo en los comentarios para que intente enmendarlo. Si lo segundo no lo he conseguido… joderse, que os he hecho perder cinco (preciosos) minutos de vuestro tiempo.
Hasta la siguiente entrada.
Falsos amigos
Todos los que alguna vez hemos aprendido inglés sabemos qué son los falsos amigos: eso de que un hombre sensible no es un mariflorón sino alguien sensato, y similares. Y, en cualquier caso, para las dudas tenemos el diccionario. Pero claro, eso supone que sabes usarlo, o que al menos tienes un poquito de vocabulario básico de tu propio idioma, para saber qué es la polisemia. Pero esto, hoy por hoy, es pedir demasiado.
El caso es que, como habéis podido comprobar por la sequía de estos días, he tenido bastante difícil acceder a internet (y ya no digamos atenderos en condiciones); así, el otro día me tocó pasar por la estación de autobuses de una ciudad española (el avión es un lujo vetado a los proletarios) y, cuando fui a los baños para cambiarle el agua a los garbanzos, vi este cartel en una puerta:

¿Lo habéis visto bien? Mejor nos acercamos un paso:

He aquí un flagrante caso de fromlosttotheriverismo:
«Privado», que podríamos definir como «Que no es de propiedad pública o estatal, sino que pertenece a particulares».
«Pribatu»: berdin baino euskaraz. Y les perdonamos el detalle de que lo hayan copiado literalmente del diccionario (la forma correcta en este caso es «Pribatua»).
Y «deprived», que significa… Privado. Pero no con el significado que pretendía el que escribió, sino como participio del verbo privar: «Despojar a alguien de algo que poseía». Sin embargo, no me extrañaría que el que escribió el cartel no conociera otro uso para «privar» que «beber alcohol»…