Tocayo
Todos hemos recibido alguna vez un correo que no se dirige a nosotros. Lo curioso viene cuando hay otro médico con una dirección de email muy parecida a la tuya, tan parecida que hasta él se confunde a veces al teclearla. Pero eso ya se vuelve preocupante cuando los pacientes hacen consultas y envían analíticas a través del correo.
Era cuestión de un correo por mes, contando cómo les iba la gastritis o deseándome «que los arcángeles y ángeles de dios siempre te acompañen» (como ya habréis podido deducir, ni mi tocayo ni sus pacientes son españoles). Nunca he contestado: ninguno repetía, así que corría un velo sobre su error y no les decía que habían mandado el análisis de sus caquitas a un desconocido.
Hasta hoy. Recibo el correo de una mujer preocupada por el estado de su madre. Diabética descontrolada (glucosa capilar de 450 mg/dL), con una úlcera infectada, postrada en cama, que ayer ya estaba «como drogada» y que hoy «ha abierto sus ojos pero no puede hablar». Añade que ayer una médico a sacarle una analítica de sangre, y que sugirió algo que me estaba temiendo: coma cetónico.
En esa situación, esa mujer debería haber ido al hospital en una ambulancia medicalizada. Pero aquel país no es España, y el correo acaba con una súplica: «Lo quisiera molestar Doctor si usted puede ver los resultados del laboratorio para que por favor nos indique que medicina tenemos que darle y cuanto ella este mejor ya la llevamos directamente con usted» (sic). Como la cosa no pinta bien (¿en qué coño pensaba esa médico o lo que fuese para dejarla en su casa?), le he echado un vistazo al análisis.
Rediós. Comento primero en capullo y luego en español: la glucosa, lo de menos, con sus 195 mg/dL. 18.600 leucos (92% de neutros), una VSG de 114 y una anemia de 6,6. Y la puntilla: creatinina de 1,6, urea en 44,6. Esta pobre mujer, que si nadie lo ha impedido sigue tumbada en su cama, está en su casa con una infección de puta madre, una anemia de caballo (llama al banco y que crucen un par de unidades, porfa), y un riñón que se le está resintiendo (espero que sólo sea por deshidratación). No conozco el caso, pero no hace falta para darse cuenta de que alguien está malito.
Obviamente, a este sí he respondido. Ahora voy a tener que localizar al médico de marras, para que se asegure de que sus pacientes apuntan bien su dirección, y para que les explique que con las cosas serias no se juega, que los hospitales están para algo. Claro que entonces igual me encuentro con una desagradable realidad… Espero que no sea así.
La mentira de la Luna (otro cómic de Darryl Cunningham)
Después del cómic sobre la homeopatía, Darryl Cunningham ha publicado uno sobre la conspiración lunar. Y, al igual que con el anterior, sería una pena que alguien se lo perdiese por no saber inglés. Así que aquí tenéis la traducción: una vez más, gracias a Emtochka por su inestimable ayuda y correcciones, y una mención especial a Eugenio, autor del libro «La conspiración lunar, ¡vaya timo!» y del blog Ciencia en el XXI, a quien va dedicada esta traducción.

El vuelo espacial Apolo 11 aterrizó con los primeros humanos en la Luna el 20 de julio de 1969. La misión, llevada a cabo por los Estados Unidos, se considera un logro mayúsculo en la exploración humana del espacio. Y una victoria en la carrera espacial con la Unión Soviética. Sin embargo, en las décadas siguientes ha aparecido una ruidosa minoría que afirma que los aterrizajes en la Luna nunca ocurrieron.
¿Por qué una analítica «anormal» es normal?
Cada cierto tiempo un amigo, un conocido o la vecina del cuarto viene con unos papeles en la mano y una pregunta: me han hecho un análisis de sangre y, aunque el médico dice que es normal, veo que tal valor sale alterado (dichosos asteriscos…). En el mejor de los casos, preguntan por curiosidad e inquietud. En el peor, ya han tirado de Google y acaban su pregunta con un diagnóstico: «¿esto es que tengo hepatitis/diabetes/alergia/loquesea?» Y a todos les digo el mismo par de cosas.
La primera: una alteración aislada en una analítica no significa nada. A un pariente mío lo llevaron preocupadísimos a urgencias porque «lo del riñón» (la creatinina) estaba al doble de lo normal. Sólo la creatinina: urea normal, iones normales, proteínas normales, orina normal. Obviamente, al repetir la analítica todo estaba dentro de límites: había sido un error de medición. Otro me enseña la analítica del trabajo, donde un marcador hepático (la γGT) está ligeramente fuera de márgenes pero, una vez más, el resto está perfectamente: unas cervezas de más el día anterior, por ejemplo, explicarían ese resultado. O una glucosa ligeramente fuera del rango… en alguien muy aprensivo, que se pone nervioso en el hospital, liberando cortisol y subiendo su azúcar en sangre
Pero no siempre tiene que haber una explicación a esa alteración porque, en muchos casos, ni siquiera es una alteración. La segunda cosa que les digo, y la más importante, es que estadísticamente una de cada veinte determinaciones analíticas en una persona sana proporciona valores anormales. En otras palabras, uno de cada veinte valores sale anormal «porque sí». La clave está en el concepto: ¿qué es «normal»? Esos números que salen al lado de la analítica, y que si te pasas pone un asterisco, se calculan aplicando una distribución normal (la famosa campana de Gauss, tan querida por los estudiantes a la hora de las calificaciones). Basándonos en las mediciones sobre una muestra de voluntarios sanos, podemos hallar el valor normal de ese parámetro, así como un margen de variación que permita cubrir con cierta confianza estadística a un determinado porcentaje de la población. Porcentaje que, arbitrariamente, se fija en un 95%. De ahí que un 5% de las determinaciones, una de cada veinte, se quede fuera del rango de normalidad: va implícito en su diseño. Y por eso, si pido mil cosas al laboratorio, seguro que voy a encontrar algo.
Para los más tiquismiquis, esta no es la única razón: también están, por ejemplo, los valores de sensibilidad y especificidad, determinados gracias a ensayos clínicos y plasmados en una curva ROC, para obtener la mayor eficiencia diagnóstica.
Así que la próxima vez que en vuestra analítica veáis algo en rojo, podréis respirar tranquilos.
Los imbéciles y las leyes de la termodinámica
En la corrala, hablando sobre una magufada cualquiera:
No se pueden decir más gilipolleces en menos espacio. Y lo malo es que para rebatir una a una todas esas tonterías necesitaría tres o cuatro folios: decir una tontería es fácil y rápido, pero rebatirla necesita tiempo, espacio y un mínimo de conocimiento. Por lo tanto, ser imbécil está termodinámicamente favorecido, porque se ahorra energía.
JM Mulet
Homeopatía (un cómic de Darryl Cunningham)
Hace unos días llegué, vía twitter, a este cómic dibujado por Darryl Cunningham. Me gustó por su estilo sencillo, directo y sereno. Y pensé que era una pena que alguien pudiera perdérselo por no saber inglés, así que le pedí permiso al autor y, gracias a la gran ayuda de Emtochka, puedo ofreceros ahora la versión en español.

La homeopatía es un sistema de medicina que trata a los individuos con sustancias altamente diluidas. Sustancias que se dan en forma de pastilla. Se cree que esto activa el sistema natural de curación del organismo. Basándose en los síntomas de una persona, un homeópata buscará la medicina más apropiada para el paciente. La homeopatía se basa en dos hipótesis principales. La primera es la ley de los similares. La idea de que las enfermedades pueden curarse con pequeñas dosis de sustancias que causen esos mismos síntomas.
Tetrodotoxina (como se vio en «Un ciudadano ejemplar»)
El otro día estuve viendo con un amigo «Un ciudadano ejemplar»: una película que no pasará a la historia (su argumentación tiene unos agujeros tremendos), pero que resulta entretenida. Claro que, como uno es un frikazo, no desconecta ni en el cine, y cuando el bueno paraliza al malo usando tetrodotoxina, se me encendieron varias luces y un par de velas: ¡ese gazapo merece una entrada!
¿Qué es la tetrodotoxina?
La tetrodotoxina (TTX) es una toxina producida en algunas salamandras, el pulpo de anillos azules, y especialmente en buena parte de los especímenes del orden Tetraodontiformes, al cual pertenece el famoso pez globo o «fugu», que en Japón constituye una exquisitez (por eso la intoxicación por TTX era relativamente común en aquel país, antes de su estricta reglamentación). El pez no emplea la toxina como veneno, en el sentido de que no tiene ningún órgano para «inyectarla»: la toxina simplemente está en sus tejidos (hígado y ovario, principalmente), y ¡ay de ti como se te ocurra comerlo!
La TTX impide la contracción muscular y la transmisión del impulso nervioso (motor y sensitivo), pues bloquea los canales de sodio voltaje-dependientes, del mismo modo que lo hacen los anestésicos locales2. Su acción es bastante rápida: antes de una hora desde la ingestión ya estaremos notando los síntomas. En los casos leves será un hormigueo en torno a la boca, que evoluciona al adormecimiento de la lengua y la cara, un cosquilleo en los dedos… y acabará en una parálisis flácida, «blanda»: el interfecto se transforma en un monigote incapaz de moverse y respirar pero que permanece consciente, pues la TTX apenas penetra en el sistema nervioso central3. De hecho, estos intoxicados se dan cuenta perfectamente de cómo se van muriendo… asfixiados.
Frikidato3: Curiosamente, a pesar de bloquear los canales de sodio… el corazón no se para. Esto se debe a que sus canales de sodio son resistentes a la toxina, del mismo modo que los del sistema nervioso periférico. De hecho, no se sabe por qué (¿extraño vestigio evolutivo?), pero los canales de sodio codificados en nuestro cromosoma 3 (Nav 1.5 [corazón], 1.8 y 1.9 [sistema nervioso periférico]) son inmunes.
Pero además, si tal retahíla de hijaputez te parece poco, faltan un par de puntillas. La primera: la TTX es termoestable, por lo que resiste la cocción (excepto en medio alcalino)1. Y la segunda: en el improbable caso de que estuviésemos seguros de que es la culpable del estado de nuestro paciente (algo que sólo sería posible detectando la toxina en orina mediante HPLC), tampoco podríamos hacer mucho, porque carece de antídoto (aunque se ha especulado con la neostigmina4 y la 4-aminopiridina5, con escaso éxito). Por eso, el tratamiento es simplemente soporte en una UCI, corrigiendo los problemas según van saliendo y, principalmente, con ventilación mecánica que mantenga vivo al paciente durante las veinticuatro horas que tarda en desaparecer el efecto de la toxina. En cualquier caso, actualmente estamos hablando de una letalidad que ronda el 50%.
Para terminar con esta toxina, un par de curiosidades. Una es que, como dijimos, su concentración es máxima en el hígado y los ovarios, variando en función del ciclo sexual (es máxima en hembras justo antes del desove): esos tejidos tienen en torno a 1000 microgramos de TTX por gramo de tejido1, si bien también se encuentra en el intestino y la piel. Para contextualizarlo, la dosis letal (DL50 oral) en ratones es de 300 µg/kg, y en gatos es 200 µg/kg. O en otras palabras: es doscientas setenta y cinco veces más letal que el cianuro6.
Antecedentes históricos/cinematográficos
La toxicidad del fugu no es algo de anteayer. Ya el capitán Cook, a bordo del Resolution allá por 1774, revalidó aquello de «la curiosidad (casi) mató al gato», pues estuvo a punto de perder la vida gracias a un suculento pez globo que comió en la Melanesia. Saltando a la ficción, James Bond también fue envenenado con TTX por una agente secreta rusa en Desde Rusia, con amor, tal y como se revela en la siguiente novela, Dr. No. O Homer Simpson, en One Fish, Two Fish, Blowfish, Blue Fish, que come fugu preparado por un cocinero inexperto y está a punto de morir.
¿Qué falla en la película?
Vale: ya habéis leído la entrada. Ahora ved la escena y detectad los fallos: para leer la solución, clica y arrastra. Dijimos que produce una parálisis flácida. Entonces, el barbas habría tenido que desplomarse sobre el suelo, como un muerto; sin embargo, vemos que no sólo se mantiene erguido, sino que además sigue respirando, ¡pero si precisamente se mueren asfixiados! Es más, sólo falta que le haga un guiño al policía: mirad cómo mueve los ojos y los párpados, ¡si hasta tiene contraída la frente!
Pero claro, si lo hubiesen hecho así… hubiera perdido la gracia. Entre otras cosas, porque se habrían perdido los gemidos y los movimientos agónicos cuando lo corta con la sierra en la siguiente escena. Y, qué coño, tampoco hubiera pegado demasiado que de repente sacase un kit de intubación del maletero.
Bibliografía:
1: Russell FE. Toxic effects of animal toxins. En: Klaassen CD, editor. Casarett and Doull’s Toxicology: the basic science of poisons. 5ª ed. McGraw-Hill; 1996. p.825-6.
2: Isbister GK, Kiernan MC. Neurotoxic marine poisoning. Lancet Neurol. 2005 Apr;4(4):219-28.
3: Soong TW, Venkatesh B. Adaptive evolution of tetrodotoxin resistance in animals. Trends Genet. 2006 Nov;22(11):621-6. Epub 2006 Sep 7.
4: Chowdhury FR, Nazmul Ahasan HA, Mamunur Rashid AK, Al Mamun A, Khaliduzzaman SM. Tetrodotoxin poisoning: a clinical analysis, role of neostigmine and short-term outcome of 53 cases. Singapore Med J. 2007 Sep;48(9):830-3.
5: Benton BJ, Keller SA, Spriggs DL, Capacio BR, Chang FC. Recovery from the lethal effects of saxitoxin: a therapeutic window for 4-aminopyridine (4-AP). Toxicon. 1998 Apr;36(4):571-88.
6: Field J. Puffer fish poisoning. J Accid Emerg Med. 1998 Sep;15(5):334-6.
7: Puffers, gourmands, and zombification. Lancet. 1984 Jun 2;1(8388):1220-1.
Dogma y ciencia son antónimos
No enseñamos ciencia desde la experiencia. La enseñamos desde un libro, justo como la religión. No me extraña que estemos perdiendo.
Gran frase que vi en Microsiervos, y de la que me he acordado a raíz de esta entrada de Shora, con perlas como:
Se enseñan los conocimientos de medicina que se obtienen de la ciencia, sin explicar cómo se han obtenido de ella. […] ¿Qué diferencia habrá cuando al médico en formación o ya formado le coman la oreja? Ninguna, el sistema de enseñanza es exactamente idéntico. Una enseñanza extensa de hechos sin ninguna visión crítica de dónde vienen. ¿Cómo no va a haber gente que no sea capaz de encontrar diferencias, que no sean capaces de ver que el origen del conocimiento científico es sólido por un lado y el homeopático tambaleante por otro, aún entre los médicos? Toda ciencia no convenientemente explicada se percibe como magia. Y cuando se ha visionado la ciencia como magia durante mucho tiempo, es muy difícil que esa persona se dé cuenta cuando alguien viene a contarle el magia potagia.
Porque, esa es otra: ya lo dijo Arthur C. Clarke:
Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia
Sustitúyase «suficientemente avanzada» por «insuficientemente comprendida», y la frase es igual de válida.
¿Sabías por qué… la orina huele raro tras comer espárragos?
Ah, el cuarto de baño, ¡qué gran fuente de inspiración! La última, el otro día después de comerme una menestra: al ir a mear, allí estaba ese típico olor que siempre sale cuando has comido espárragos. ¿Siempre?
Este tema ha protagonizado incluso publicaciones en Science; según parece, sólo les pasa a una de cada dos personas: la producción de sustancias aromáticas tras comer espárragos es un carácter genético dominante, presente en un 50% de la población. De hecho, la capacidad de percibir ese olor también viene determinada por un polimorfismo genético; o sea, ni todas las orinas huelen, ni todos podemos olerlo.
Pero bueno, a lo que iba: si tu eres de aquellos cuya orina denota haber comido el fálico vegetal, que sepas que lo que percibes realmente es una mezcla de compuestos de azufre (con nombres tan lisérgicos como dimetilsulfuro, dimetildisulfuro, bis(metiltio)metano, dimetilsulfóxido o dimetilsulfona), que según parece podrían proceder de dos moléculas presentes en el espárrago: la S-metilmetionina y el ácido asparagúsico.
Otra curiosidad inútil patrocinada por Per Ardua ad Astra: pedante desde 2008.
Érase una vez… el banco que perdía dinero
Algunos quizás sepáis que Caja Navarra mantiene lo que ellos denominan «Banca cívica», un programa mediante el cual puedes destinar a los fines que tú decidas una parte de los beneficios que ellos obtienen contigo. Qué buen rollo, ¿que no? Como parte de ese civismo bancario, te envían a casa una vez al año una carta explicando cuánto dejaste en sus arcas y qué han hecho con (parte de) ello. Lo gracioso viene cuando abres el sobre y lees:
Pérdidas de Caja Navarra con usted en 2009: -121,63 euros
Así, sin anestesia ni nada, «caballero, usted es un cáncer para nuestra empresa, y por su culpa vamos a tener que despedir a tres consejeros y dejar de pagar las dietas a otros cinco». Es verdad: no voy sobrado de dinero, ¿debería sentirme culpable por ello? Porque, a pesar de eso,
- Uso mis tarjetas (la Mastercard y la Visa) varias veces al mes, no sea que me cobren la cuota (así le pasan la factura al comerciante en forma de comisión por cada transacción, pero yo no me entero).
- Cuando hago una transferencia internacional me pongo las manos en los huevos, cual futbolista en la barrera, no sea que les entren ganas de cobrarse uno de ellos. Comparado con eso, la comisión por transferencias entre entidades nacionales es calderilla.
- ¡Ah, claro! Y el mantenimiento de cuenta. Que digo yo que tendrán a alguien quitándole el polvo a mis euros una vez por semana, porque si no, no entiendo qué significa.
- Por no hablar de minucias, como las recargas de móvil que hago a través de su web… y con cada una de las cuales mato un gatito y ellos pierden medio euro (o algo).
Y después de todo esto, aún tienen los santos cojones de decirme que les he hecho perder veinte mil pesetas. Ya entiendo: será por el personal de las sucursales físicas que no piso (y que, cuando lo hago, es para esperar casi media hora). O serán los tres céntimos de interés generados en la cuenta el año pasado.
En fin; como sabéis, no soy economista ni nada por el estilo. Quizás entonces sabría un montón de palabras en inglés que explicasen por qué han perdido dinero conmigo. Pero, en mi ignorancia, lo único que sé es que he sentido cómo se reían de mí por correo ordinario.
Dial de modos
Esta entrada va para todos esos orgullosos propietarios de cámaras réflex o bridge que, no obstante, no acaban de entender todas las letras que salen en su dial de modos (también conocido como «ruedita de seleccionar»). Aunque hay pequeñas diferencias entre marcas y modelos, esencialmente son todos los mismos, así que echemos un vistazo al de mi joyita:

El «dial de modos» recibe ese nombre porque permite ajustar entre los distintos modos de escena: cada una de esas letras o iconos se refiere a un conjunto de preajustes de la cámara para distintas circunstancias. Se pueden dividir en tres grupos:
- Automáticos predefinidos: fotografía nocturna, deportes-acción, macro, paisajes, retratos.
- Completamente automáticos: auto, auto sin flash.
- Manuales o semiautomáticos: Manual, prioridad de Apertura, prioridad de disparador (Shutter), automático Programado.
Antes de explicarlos con más detalle, resumo lo interesante: el auto sin flash es el más cómodo y seguro de todos, especialmente cuando hay prisa y no podemos fallar esa foto. En su lugar emplearemos el auto sólo cuando el flash sea indispensable por la poca iluminación. Cuando vayamos con calma y queramos hacer buenas fotos, lo suyo es disparar en Manual. Y si queremos seguir controlando características de la imagen, pero no podemos estar todo el rato ajustando velocidad y apertura, usaremos el Programado.
Dicho esto, veamos con algo más de detenimento en qué consisten esos modos:
- Automáticos predefinidos: consulta en el manual de tu cámara los ajustes concretos, pero en general tienden a hacer lo siguiente:
- Fotografía nocturna: lenta velocidad de obturación (probablemente necesites un trípode o similar para que no te salga movida).
- Deportes-acción: velocidad de obturación rápida para congelar la acción, que compensará con una mayor apertura (esto puede resultar en una foto con el motivo desenfocado). También activa el enfoque con seguimiento, si tu cámara lo tiene.
- Macro: enfoca al punto central y da poca profundidad de campo para conseguir el efecto de fondo difuminado.
Pero atención: seleccionar el modo macro no implica que vayas a hacer una foto macro. Para esto necesitarás un objetivo específico que forme una imagen de al menos el mismo tamaño que el objeto real (aunque se habla de macrofotografía hasta una relación de aumento de 10:1), al contrario que lo que sucede con las lentes normales, que reducen el objeto fotografiado (vg. una persona) al tamaño del sensor (una pulgada escasa). - Retrato: satura hacia colores cálidos y da poca profundidad de campo, persiguiendo ese efecto difuminado del que hablábamos.
- Paisaje: satura hacia verdes y azules y no emplea el flash. En principio tiende a priorizar profundidad de campo frente a tiempo de exposición.
- Auto: todo lo decide la cámara, desde el modo y los puntos de enfoque, hasta la apertura del diafragma o el uso del flash.
- Auto sin flash: lo mismo que el anterior, pero sin ese flash que te puede echar a perder una buena imagen.
- Manuales o semiautomáticos: estos son iguales para todas las cámaras.
- Manual: todo manual. Requiere por ello, además del conocimiento técnico, una atención especial para acordarse de reconfigurar la cámara cuando cambia el escenario: no es lo mismo disparar en el interior de una iglesia que en un día encapotado.
- Apertura: fijamos todo excepto la velocidad de obturación, que la cámara calculará en función de la apertura que le digamos (por eso es de «prioridad de apertura») y lo que el exposímetro le dicte. Así pues, no olvides comprobar qué modo de medición de exposición tienes seleccionado (punto central, ponderado…).
- Shutter (obturador): fijamos todo excepto la apertura: la cámara la seleccionará en función de la velocidad que le fijemos (prioridad de shutter) y la información de exposición.
- Programado: nosotros fijamos todo excepto apertura y velocidad. Es el más «automático» de estos modos, pues la cámara se ocupa de que la foto salga correctamente expuesta. La desventaja es que confiamos en el fotómetro y nos quedamos sin «recursos artísticos»; no obstante, algunas cámaras permiten elegir dentro de una serie de combinaciones de apertura y velocidad que proporcionan la misma exposición.
Coño, qué ladrillo me ha quedado… Por lo menos espero que a alguno de vosotros le haya servido de algo: con eso me daré por satisfecho.