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Nueve meses después
Una de las primeras preguntas que se le hacen a una embarazada es, o bien de cuánto tiempo está, o cuándo «sale de cuentas»: es decir, cuándo le toca sentarse en el potro para parir. La feliz aludida nos responde en el acto, pues generalmente ya ha visitado a su ginecólogo y sabe todos los datos del churumbel; sin embargo, ¿alguna vez os habéis visto en la situación de ser vosotros los que tenéis que calcular la fecha del parto? Sí, hombre, lo típico de: «Pues, si te quedas embarazada ahora, darás a luz hacia el…». Y ahí viene lo jodido.
La ecuación del botijo es una mariconada al lado de esto: «Vamos a ver… si echamos un casquete ahora y acertamos, más nueve meses de embarazo… ¿o eran cuarenta semanas? A contar desde hoy, menos catorce días de la ovulación más cinco de la regla, treinta días tiene septiembre, con abril, junio y noviembre…», y nos sale que el niño nacerá para Semana Santa. Además de que, con la concentración, ya se nos han pasado las ganas de engendrar (eh, habría que probarlo como medio de control, en vez de los condones). Nada, no sirve. Hay que buscar algo más práctico.
Como ya os explicaré otro día, los médicos somos unos vagos redomados, así que un obstetra alemán tuvo que idear una regla para calcular con rapidez una aproximación a la fecha del parto. A ese método se le conoce como la regla de Naegele, en honor a su inventor, y es tan sencillo como:
- Toma el primer día de la última regla,
- Añade siete días,
- Quítale tres meses, y
- Añádele un año.
Un ejemplo práctico: a nuestra legítima no le ha visitado la señorita de rojo, y le tocaba, pongamos, el veinte de enero (eso sí, un dato importante: si su regularidad es más parecida a un reloj de los chinos que a uno suizo, obviamente la regla anterior no sirve). Tuvo su último período el 21 de diciembre de 2008: más siete días, es 28, menos tres meses, es septiembre (12-3=9), del año siguiente (2009). Así que los patucos y similares tendrían que estar en casa para el 28 de septiembre de 2009. Mucho más fácil, ¿o no?
Ahora bien, como ya os imaginaréis, esto es todo un cálculo medio y, por lo tanto, aproximado. De entrada, supone que la mujer es regular, y no tiene en cuenta si el año es bisiesto o no. Además, una gestación normal puede durar entre 37 y 41 semanas (a contar desde la FUR), y la cuenta lo estima sólo para una media de 40. Pero bueno: para hacerse una idea no está nada mal.
Lávate las manos, so guarro
El Ministerio de Sanidad, la OMS y numerosas organizaciones médicas, hace mucho que iniciaron campañas para promover el lavado de manos entre el personal sanitario. No os penséis que lo hacen porque somos unos guarros y vamos a quirófano con el pijama manchado de chorizo: el objetivo que se persigue es reducir los contagios y enfermedades nosocomiales. Claro: todo el mundo entiende que uno tenga que lavarse después de ir al baño, así que ¿por qué no hacerlo después de meterle mano a un enfermo?
Sin embargo, el principal mensaje de estas campañas es que hay que lavarse siempre que se vaya a tocar a un paciente. Y claro, embadurnarte las manos con Alcogel o usar una toallita de alcohol antes de cada exploración, es un poco coñazo. Y eso contando con que no tengas que pasearte hasta el baño para enjabonarte. Así que, como otras cosas, lo haces porque te lo han dicho o porque en tu servicio se funciona así. Hasta que entras un día al New England y ves esto:
Copitraduzco el texto:
Se encontró en un varón de 24 años (…) un cultivo positivo para Staphylococcus aureus resistente a meticilina [luego lo explico] en sus narinas. No tenía historia de infección ni colonización por SARM. Para averiguar las implicaciones potenciales de la presencia de SARM en el paciente en cuanto al control de infecciones se tomaron muestras para cultivo de la huella de la mano de un sanitario que realizó un examen abdominal al paciente. Las colonias de SARM que crecieron en la placa (…) son rosas y muestran la silueta de los dedos del sanitario (imagen A).
Después de que la mano del trabajador se limpiara con un gel alcohólico se obtuvo otra huella, y el cultivo resultante fue negativo para SARM (imagen B).
Estas imágenes ilustran la importancia crítica de la higiene de manos en el cuidado de pacientes, incluidos aquellos en los que no se sabe que porten patógenos resistentes a antibióticos.
Pues mira tú qué curioso. Esto no pasaría de ahí si no fuera por tres razones:
- La bacteria Staphylococcus aureus es una mala puta que puede causar enfermedades con riesgo vital, como la endocarditis (infección del interior del corazón), sepsis (infección de la sangre), neumonía necrotizante o el Síndrome del Shock Tóxico, y otras que, aunque no cuestan la vida (en principio), no son menos jodidas: artritis séptica, osteomielitis (infección de las articulaciones o el hueso), abscesos e infecciones cutáneas («golondrinos», forúnculos…). Las segundas no son tan preocupantes, pero las primeras son la pesadilla de las UCIs.
- Se estima que en torno a un 10% de la población general es portadora del S. aureus en las fosas nasales, porcentaje que aumenta entre el personal sanitario, pues en muchos casos la colonización es asintomática.
- Esta bacteria inicialmente (allá por los sesenta) se trataba con penicilina. Años después se hizo resistente y había que darle meticilina. De un tiempo a esta parte, en torno al 50% de los cultivos también son inmunes a la meticilina, dejándonos con un único cartucho en la recámara: la vancomicina. Y claro, los bichillos no son tontos, y ya se han descrito casos resistentes incluso a la vanco. ¿Qué supone eso? Que no hay un tratamiento genérico efectivo que puedas dar cuando aparece una infección, sino que hay que pautar un antibiótico que posiblemente no funcione, o esperar a que Microbiología haya cultivado el germen y envíe el antibiograma de sensibilidades. Y eso es demasiado tarde para muchos pacientes.
De modo que parece que sí merece la pena lavarse las manos. Además, ¡el Alcogel huele a manzana y deja las manos más suaves!
Medicina y cirugía estética
Como sabréis, la cirugía plástica o, para ser exactos, «Cirugía plástica, estética y reparadora», es una especialidad de Medicina. No obstante, cuando pensamos en «cirugía plástica», a todos nos vienen a la mente pechos despampanantes, como los de Kira Miró, o sacos de pellejo recauchutado, como Ana Obregón. Y claro, a la vista de ciertos resultados, uno se pregunta: ¿es Medicina la cirugía estética?
Para evitar irnos por las ramas, antes debemos definir claramente los términos; veréis cómo, hecho esto, la conclusión es obvia. En primer lugar, hablamos de Medicina cuando actuamos para:
- Recuperar un déficit funcional (vg. insuficiencia cardíaca),
- Evitar un riesgo vital (vg. melanoma),
- Aliviar el dolor (vg. hernia discal) o
- Prevenir cualquiera de las anteriores.
Por consiguiente, no es Medicina la mejora de las cualidades propias del organismo humano, sean estas intrínsecas a la persona o derivadas de su edad. Un ejemplo de esto es el dopaje, en el que empleamos conocimientos y técnicas especializadas para mejorar las aptitudes físicas de un deportista: no estamos curando ninguna disfunción ni evitando un peligro de muerte o un dolor (si acaso, más bien al contrario). Así mismo, como acabamos de ver, la Medicina no se define* por el profesional que la ejerce ni las técnicas de que hace uso: ejemplos como el dopaje o la tortura creo que son suficientemente claros.
Por otra parte, la cirugía estética es aquella que busca la mejora de las cualidades estéticas de la fisonomía humana: arreglar una quemadura en la mejilla con piel del hombro no es cirugía estética sino reparadora, como también lo es devolver la movilidad a una cara paralizada o recomponer un defecto tras la resección de un tumor.
Sólo con estos dos párrafos se revela la conclusión: la cirugía estética emplea técnicas y conocimientos médicos, pero responde a fines puramente cosméticos. Hablando en plata: es como una peluquería, sólo que muy cara y sofisticada.
Pero hay más. Todos admitimos que una persona se opere de apendicitis: tiene un problema, y la cirugía se lo arregla. Desgraciadamente, a veces las intervenciones se complican: a veces el médico espera hacer cuatro cortecitos pequeños en la tripa, y cuando se asoma encuentra un salchucho, con pus por todos lados, y tiene que rajarle la tripa por la mitad. Y esa cicatraca no queda nada bien en la playa. No obstante, el fin de la cirugía era salvarle la vida al paciente, ¡y se ha conseguido! Es lo que se denomina una cirugía de medios, pues el acto médico es un medio al servicio de uno de los tres fines antes indicados. Tanto es así que incluso si hubiese una complicación, siempre que no se demostrase mala praxis (otro día hablaremos de ello), el médico podría estar tranquilo.
Por el contrario, el caso de la cirugía estética es radicalmente opuesto, pues el objetivo no es corregir sino mejorar: se trata de una cirugía de resultados. Aquí no intervenimos para arreglar algo sino, simplemente, para que quede bonito. O sea que si, por un capricho del destino, aquello se infecta o el paciente hace una cicatriz hipertrófica (y no te quiero contar si es un queloide), al cirujano le pueden meter un señor puro, por mucho consentimiento que haya firmado el paciente y muy bien que haya trabajado el facultativo. Y es que él se había comprometido a dar un resultado. Aparte de la paradoja que supone que una persona sana se transforme en enferma voluntariamente, y que la acción del médico consista precisamente en eso. Si os pica la curiosidad, en MondoMedico tenéis más información sobre los aspectos medicoquirúrgicos de la cirugía plástica.
Queda claro pues que la cirugía estética no es Medicina, pues no responde a los mismos fines; no obstante, le podéis buscar las cosquillas a esta conclusión, y espero que lo hagáis en los comentarios. A ver a dónde llegamos.
* -> En un plano teórico. La legalidad creo que es diferente: ¿algún abogado en la sala?
Duracell
Esta entrada va sobre condones. Pero no sobre la parte médica, que sobre ello ya ha escrito últimamente mi gaditana favorita, sino sobre una faceta más erótico-festiva.
Si tuviésemos que calificar numéricamente la calidad de la fornicación, uno de los parámetros a tener en cuenta sería la duración de la misma, que se puede dividir en dos componentes: «preingreso» y «postingreso». Si bien el «pre» es variable en función de las ganas de ambos participantes (a más ganas, menos florituras), el «post» es algo que depende casi únicamente de la fisiología del varón (y del movimiento de caderas de la fémina, pero eso no hace más que incidir en lo anterior). De hecho, si visteis el segundo vídeo del otro día, aparece un dato orientativo: tres minutos. Duración que, según la opinión de una compañera con una larga experiencia en el campo, es «altamente insatisfactoria» (aunque ella empleó otras palabras, mucho más deshonrosas para su partenaire).
Pues bien, como los fabricantes de abrigos para calvitos no son tontos, discurrieron una solución para ese problema: los condones con acción retardante. Yo siempre me había preguntado cómo funcionaban, hasta que el otro día vi este anuncio de Durex en ForoCoches, el filón de sordideces de la red:
Y entonces comprendí. Los preservativos retardantes (al menos estos) están impregnados con benzocaína (un anestésico local), por el lado que está en contacto con el pene. Así es lógico que aguantes más tiempo: ¡es que ni te enteras de lo que estás haciendo! Y eso, contando que te lo pongas del lado bueno, porque como lo hagas al revés, te puedes ganar esa pregunta tan deshonrosa: «¿Ya está dentro?» Aunque, por una vez, no será culpa tuya.
A lo que iba: el fármaco que llevan los condones Duracell pertenece a familia de la cocaína (un primo cercano químicamente hablando, como la procaína); no obstante, no es de los más comunes, como la lidocaína tópica de la que habla Sophie. La benzocaína es un éster que existe sólo en formulaciones para uso sobre piel o mucosas, desde dolores de garganta o dentales hasta hemorroides, si bien ninguna se comercializa actualmente. Tiene la ventaja de que proporciona una anestesia mantenida durante largo tiempo, con un inicio de acción lento pero una gran duración, y que al absorberse lentamente es muy improbable que provoque una intoxicación sistémica. Aunque, añado yo, usando esos condones antes morirías por agotamiento que por sobredosis. Por otro lado está la desventaja de que puede provocar sensibilización: o sea, que tras un uso repetido, puede causar alergia sobre la piel en la que se aplica. Y sobra que recuerde de qué parte de la virilidad estábamos hablando, ¿verdad?
La verdad es que, personalmente, después de haber aprendido esto, ya no tengo ninguna curiosidad por probar esas gomitas; por mi parte seguiré con la piel del salchichón, como hasta ahora. Pero si a alguno le apetece contar su experiencia, estaré encantado de leerlo en los comentarios…
EDIT 22/01 12h27: Dije anoche que iba a mirar en el Vademecum qué medicamentos llevaban benzocaína, pero se me olvidó hacerlo: disculpad el error. Como véis, entre ellos hay algunos tan comunes como el Hemoal o Angileptol.
¿Fármaco o medicamento?
Mientras preparaba una entrada me he percatado de una diferencia sutil, como la de signo o síntoma, algo que puede pasar desapercibido para el lego, pero que es básico para el farmacéutico (no tanto para el médico):
- Medicamento: lo que compro en la farmacia (vg. Frenadol o Cod-Efferalgan)
- Fármaco: lo que funciona del medicamento (vg. paracetamol más clorfenamina más dextrometorfano o codeína más paracetamol)
Así pues, el fármaco es la sustancia químicamente activa que ejerce su efecto sobre el organismo, y el medicamento es la forma comercial de éste, con una determinada presentación (granulado, suspensión…), y asociado a otros fármacos si fuese el caso.
Hale. Una vez más, a la cama no te irás…
El objeto más absurdo
No soy muy dado a los memes, cadenas y similares, pero cuando he visto este de Teorías del Absurdo, no me he podido resistir. He pensado: ¿qué es lo más absurdo/inútil/friki que tengo en la habitación? Echando un vistazo por la estantería he encontrado esto:

(Pon el ratón encima para verlo de cerca)
La solución a tus problemas de impotencia, en un cómodo tamaño XL para que te salgan hijos como panes.
No obstante, en cuanto hice la foto me di cuenta de que eso no era lo más absurdo. El premio gordo se lo lleva…
¡¡una grapadora intestinal!!

¿Alguien se anima a explicar cómo funciona y/o para qué sirve? Os doy una pista. Y tranquilos: esta pistola nunca ha sido usada.
Mitos asociados a la Navidad y el invierno
Aunque un poco a destiempo (lo bueno se hace esperar), os traigo, de manos de Diario Médico, la refutación de unos cuantos mitos navideños e invernales. Como sería tontería que tradujese entero el artículo original del BMJ en el que aparecen, me he permitido hacer una adaptación libre (y sin errores, no como en DM). Eso sí: las conclusiones son las mismas.
El azúcar causa hiperactividad en los niños.
Naaah. Doce estudios aleatorizados de doble ciego (vamos, la rehostia) no han encontrado diferencias entre niños dulces y más agrios, incluso incluyendo en el ensayo a niños con TDAH. Así mismo, en otro estudio se observó que el factor «Este niño se mueve más que la compresa de una coja» depende de la apreciación subjetiva de los padres cuando saben que ha tomado alguna bebida azucarada.
Los suicidios aumentan durante las vacaciones.
Entre el frío que pela, el alcohol que suelta la lengua, y que hay que aguantar a la suegra, muchos acarician la idea de usar el cuchillo de trinchar el pavo con otros fines. Sin embargo, las conclusiones de los estudios no son demasiado claras: en Japón, con eso del hara-kiri, sí que se observó una mayor incidencia de suicidios después de las vacaciones, pero no ocurría lo mismo en los Estados Juntitos (allí son más de pistola y cuatro tiros al vecino).
Respecto a la influencia entre las horas de oscuridad y las tasas de suicidio, estudios en Finlandia, Hungría, India y Estados Unidos no han mostrado una relación directa, sino más bien lo contrario: de haber una variación estacional, esta desplazaría los suicidios hacia el verano (¿tú te imaginas a una húngara en bañador?).
Toxicidad de la Flor de Pascua.
Mucha gente piensa que la flor de Pascua es tóxica: no obstante, sólo un 4% de los casos de ingestión de la planta han necesitado tratamiento médico. Así que si vas a intentar lo del punto anterior, repito: el cuchillo sigue siendo más eficaz.
Pérdida excesiva de calor por la cabeza.
Cuando llega el invierno florecen gorros de todo tipo: unos lo llevan porque les gusta, y otros porque «han oído» que por la cabeza se pierde mucho calor. Y eso no es más que la conclusión sesgada de un estudio del año catapún, en el que cogieron a unos soldados, los forraron con anoraks y demás parafernalia de supervivencia ártica, y vieron que la mayor parte del calor la perdían por la cabeza: ¡nos ha jodido! ¡Si es lo único que tienen descubierto! La realidad es que, como parece lógico pensar, la cabeza no «emite» más calor que cualquier otra parte del cuerpo en las mismas condiciones. Eso sí: si vosotros queréis poneros sombreros, os recomiendo uno de estos. Triunfaréis, capullos.
Los atracones nocturnos te ponen fondón.
Uno engorda porque come más de lo que gasta, punto. Si después de una cena navideña saliésemos a la calle a perseguir a Santa Claus por los tejados para apedrearle los renos, seguro que adelgazábamos. Los estudios que apoyan el que comer por la noche engorda más, son aquellos que encuentran una relación del tipo «Las personas gordas comen por la noche más que las que no están gordas». Ya: comen más por la noche… y para desayunar, comer y merendar, y también para almorzar, cenar y recenar.
Remedios para la resaca.
Uno: no haber bebido. Dos: seguir bebiendo. Si son las diez de la mañana, es demasiado tarde para el primero y demasiado pronto para el segundo, así que hay que buscar otra alternativa. Tu propio cuerpo te dará la respuesta: ¿acaso no tienes una sed de agua terrible? Esto no viene en el BMJ, pero lo añado yo: la razón principal de la resaca es la deshidratación (neuronal) a la que nos hemos sometido con el alcohol (pero no es plan de ponerse a hablar ahora de osmolalidades, ¿verdad?). Pues bien: para curarlo, nada mejor que agarrar una botella de agua mineral y darle duro.
Y yo aviso: habrá segunda parte…
Y todo gracias a este artículo:
Festive medical myths. Vreeman RC, Carroll AE. BMJ. 2008 Dec 17;337:a2769.
You have AIDS!
Sí, sé que no debería hacer humor con una cosa tan seria, pero qué coño… Reconozcámoslo: adoro Padre de familia y su humor sórdido y mordaz, al más puro estilo Mi Mesa Cojea. Así que cuando vi este vídeo, no pude resistirme a compartirlo con vosotros:
Como no podía ser menos, el vídeo ha sido suprimido de Youtube.
Como no podía ser menos, soy un hombre precavido.
You have AIDS
Peter Griffin and the Barbershop Quartet
Doctor Dude: I don’t know how to tell you this, Mr. DeVaney… so I’ll let these guys do it!!
You have AIDS,
yes you have AIDS!
I hate to tell you, boy, that you have AIDS,
You’ve got the AIDS!
You may have caught it when you stuck that filthy needle in here
or maybe all that unprotected sex put you here.
It isn’t clear!
But what we’re certain of is
you have AIDS!
Yes, you have AIDS!
Not H.I.V. but full blown AIDS
Be sure that you see that this is not H.I.V.,
but full blown AIDS!
Not H.I.V. but really full blown AIDS
I’m sorry, I wish it was something less seriouuuuuus…
But it’s AIDS!
You’ve-got-the-AIIIIIIIIDS!!
La única puntualización, para los que no la sepáis, es la diferencia entre VIH (HIV) y SIDA (AIDS). De entrada, el VIH es el virus que causa el SIDA: no obstante, la infección no se acompaña inmediatamente de las manifestaciones de la enfermedad (es decir, el SIDA) sino que queda, digamos, «latente», durante un período variable que puede alcanzar los diez años. Así pues, una persona puede estar infectada pero, por lo demás, completamente sana (seropositivo); sin embargo, cuando empiezan a aparecer determinadas enfermedades (candidiasis esofágica, neumonía por P.jiroveci, tuberculosis diseminada…) consecuencia de la infección, se dice que esta persona tiene SIDA y, obviamente, el pronóstico es mucho más jodido: de ahí la insistencia de la canción en que no tiene «sólo» un VIH, sino un SIDA como una casa.
Un ejemplo que se me acaba de ocurrir, sobre la diferencia VIH/SIDA: alguien puede tener muchos millones en el banco (VIH positivo), pero no tener ni una casa grande, ni un yate en el puerto (no tiene SIDA); sin embargo, con el tiempo acabará comprándose estas propiedades, «manifestando» su riqueza/enfermedad. Y, como es lógico, nadie puede tener todos esos lujos sin tener el dinero en el banco. Por lo tanto, el tener SIDA implica ser VIH positivo, pero no al revés.
Muerto en el acto
Ayer vi en el periódico la noticia de un chaval que había muerto en un accidente de moto. Completaba la crónica una foto del suceso; según parece, salió de un cruce y se empotró contra un coche que circulaba por la carretera perpendicular: como es obvio, el coche sólo tuvo la puerta abollada, mientras que la carrocería del motorista salió peor parada. Para terminar la información, el periodista comentaba que el chico llevaba puesto el casco, y que cuando llegó la ambulancia ya estaba muerto. Espera… ¿estaba muerto, aunque llevaba casco? ¿Para qué sirve entonces ese trasto en la cabeza? (razonamiento propio de chaval de catorce años que no acaba de entender la miga del asunto).
Viendo la foto, quedaba bastante claro qué es lo pudo suceder: el chico se estampó a cuarenta, sesenta kilómetros por hora, contra una superficie rígida, deteniéndose su cuerpo inmediatamente por la chapa del coche. Pero, claro, a ninguno de vosotros se os escapa que dentro de nuestro cuerpo hay cosas (los médicos lo llaman «órganos») que están más o menos sueltas: mientras sus costillas ya estaban detenidas contra el acero del Citroën, dentro del abdomen el bazo se proyectó hacia delante con la misma velocidad que llevaba el cuerpo segundos antes, sujeto sólo por un pedículo vascular (vena y arteria esplénicas). Así, si no se revienta al clavarse contra alguna costilla rota, los vasos se seccionan, empezando a sangrar a borbotones. Esta hemorragia puede matar a una persona en unas horas, incluso minutos.
No obstante, apuesto chuletón contra hamburguesa a que el chaval no agonizó, sino que murió prácticamente en el acto. Los juntaletras suelen emplear esta expresión a menudo en el contexto de pacientes politraumatizados: un albañil que se ha caído de un andamio, una colisión frontal, incluso una coz de caballo. ¿Qué tienen en común todos estos accidentes? Un choque, una deceleración brutal, que sacude los órganos de las cavidades. De hecho, os cuento un frikidato (el que quiera sangre, que se lo salte y vaya al siguiente párrafo): los nervios que llevan la información olfativa son unas pequeñas fibras que parten del techo de la cavidad nasal y llegan al cerebro penetrando en el cráneo a través de una lámina de hueso perforada (aka. lámina cribosa). En un choque frontal con el coche, el cerebro es sacudido y se desplaza unos milímetros, arrastrando con él todas las estructuras que tiene conectadas. Como, por ejemplo, esas fibrillas nerviosas olfatorias, que serán cortadas por el hueso que atraviesan. De ahí que haya pacientes que refieran anosmia (irreversible) después de un accidente de tráfico, pues se les han seccionado las fibras que lo transmiten.
Como estaba diciendo, los órganos de las cavidades son violentamente proyectados hacia delante. Ya vimos lo que ocurría con el bazo; el corazón está en una situación similar. En una deceleración brusca el corazón se desplaza hacia adelante, arrastrando con él todas las estructuras que salen/entran de él, como por ejemplo la aorta ascendente o las arterias pulmonares (echadle un vistazo al dibujillo). Sin embargo, la aorta descendente tiene una movilidad mucho menor, pues está retenida por otras estructuras. Así mismo, existe una estructura, el ligamento arterioso (remanente de un vaso embrionario), que conecta la arteria pulmonar con el cayado de la aorta en un punto llamado istmo de la aorta: en esta zona aparece un esfuerzo de torsión tangente a la pared de la arteria, y otro de flexión en el eje largo de la aorta, así como un efecto «martillo de agua» ¿Resultado? El vaso revienta: lo que se denomina transección aórtica.
Así, la sangre que bombea el corazón ya no va por la aorta hacia todos los vasos del cuerpo, sino que se vierte directamente en el mediastino, en «tierra de nadie» en el tórax. Para hacernos una idea, dos cifras: un vaso de cuatro centímetros de diámetro, a 100 mmHg de presión media. O, más fácil: un gasto cardíaco de 5 L/minuto. En treinta segundos habría perdido un volumen vital de sangre: muerto en el acto.
Como frikidato curioso, aparte de la sección de grandes vasos, la otra forma de morir «en el acto» es el derramamiento de masa encefálica (y, según tengo entendido, es el único criterio por el que puede declarar la muerte alguien que no sea médico).
Si os habéis quedado con ganas de más, os recomiendo algunos artículos que he encontrado por PubMed:
Great vessels injury. Symbas PN., Am Heart J. 1977 Apr;93(4):518-22.
Aortic transsection after blunt chest trauma. Tsoukas A, et al. Echocardiography. 2001 Jul;18(5):385-8.
Traumatic rupture of the aorta: immediate or delayed repair? Symbas PN, Sherman AJ, Silver JM, Symbas JD, Lackey JJ. Ann Surg. 2002 Jun;235(6):796-802.
El más allá (de las puertas de quirófano)
Señoras y señores: una vez más, me ausento del país por unos días, así que ya saben lo que toca, ya se conocen el procedimiento de otras veces. De todas formas, para que se les haga más llevadero, me marco una entrada de las larguitas. Que la disfruten.
Me atrevería a decir que casi todos tenemos algún familiar que ha pasado por quirófano, cuando no somos nosotros mismos los que hemos estado bajo los focos. En el segundo caso, y gracias al anestesista, ni hemos sentido ni hemos padecido. Sin embargo, en el primero, muchos habréis sentido la angustia y la incertidumbre de la espera: ¿habrán terminado ya? ¿Por qué les cuesta tanto? A ver si han tenido complicaciones…
Y no, generalmente no ocurre así. Las complicaciones son relativamente raras, y el tiempo que el paciente está al otro lado de las puertas es sólo el necesario para la intervención… y todos los «procesos» asociados. Así que, como administrador dando explicaciones de dónde han ido los duros, voy a intentar resumiros qué pasa desde que el celador se lleva al paciente, dando unos tiempos aproximados, para que no os preocupéis la próxima vez que tarden en salir a deciros cómo fue la operación.
Estamos en la habitación, con nuestro padre/amigodelalma/whatever. Le van a quitar la vesícula: algo que el cirujano, en la consulta, dijo que no duraba más de cuarenta y cinco o sesenta minutos. Nos dijeron que le tocaba segundo turno; cuando termina la primera intervención, el anestesista llama a la planta para que vayan bajando al siguiente paciente. 10:30.
Un celador entra a la habitación, toctoc, venga, te toca ahora. Las despedidas de rigor, el «tranquilo que todo va a salir bien» mientras se cierran las puertas del ascensor. Cuando llegan abajo, el anestesista está haciendo el ingreso del paciente anterior en la URPA, los cirujanos redactan el informe y se toman un café, y el personal de limpieza se afana en dejar el quirófano como los chorros. El paciente entra en su cómodo Cadillac blanco a una sala donde le dicen que le van a cambiar de cama: ¡mentira! Pretenden sacarle de su cama con su mantita a un artefacto negro, estrechísimo, cubierto con una triste sabanilla que no evita que sienta el frío. Bueno, ahora vendrá el anestesista a hablar contigo. 10:45.
El Doctor Sueño va a la sala de espera a recoger al paciente, que lleva casi diez minutos mirando al techo, temblando de miedo o nerviosismo, no lo sabe bien. Buenos días, Marina: ¿de qué pierna te íbamos a operar, la derecha? ¡Ah, que era la vesícula! jeje No te preocupes: estaba bromeando. ¿Glups? No: está comprobando la identidad del paciente y la intervención. ¿Estás en ayunas? ¿Te han operado alguna vez? ¿Tuviste algún problema con la anestesia? ¿Eres alérgica a algo? Empuja la camilla hasta el quirófano, y la deja sobre una base fija, quitando la de las ruedas. Una máscara: venga, respira hondo, que esto es oxígeno. La enfermera pone pegatinas y cables por todas partes, ¡pero no levantes el camisón, que estoy en bolas! Venga, ahora notarás que te vas quedando dormida… puede que al principio te pique un poco el brazo, pero eso es normal. Fenta, una ampolla de propo y otra de Nimbex. Intuban, sujetan al paciente con cinchas y terminan de preparar todo. ¡Que entren los cirujanos! 11:15.
Se sitúan los paños estériles y todo el mundo va tomando posiciones. Los cirujanos pasan al quirófano cual procesión de monjes, con las manos lavadas recogidas a la altura del pecho, y se ponen las batas mientras ordenan: ¡Separadle las piernas! Yo me pongo a la derecha ¿Puedes apartar ese carrito? Empezamos: ¡bisturí! 11:30.
Hacen unos pequeños cortes en la tripa: la cirugía será por laparoscopia, así que basta con cuatro incisiones de unos dos o tres centímetros, a través de las cuales pasan los trócares, que a su vez son el conducto por el que introducirán la cámara y el instrumental. Inclinan la mesa del quirófano, hinchan la tripa del paciente (para que se vea todo bien) y empiezan. Primero identifican y disecan las estructuras: arteria y conducto císticos, ¡y cuidado, no te folles el colédoco! Luego las ligan y cortan, y después separan la vesícula de su lecho y la meten en una bolsita para poder sacarla de la tripa. 12:15.
Quitan los trócares, el residente sutura las incisiones mientras el cirujano se quita los guantes, ¡plas-plas!, y escribe el informe de la operación. El anestesista empieza a despertar al paciente. Retiran todos los paños estériles, ¡Marina! ¡Que ya hemos terminado! Venga, abre grande la boca… El celador entra al quirófano la cama de la paciente, la pone al lado de la mesa, y con mucho cariño y la ayuda de una tabla pasan a Marina a un cómodo lecho con sábanas blancas. El anestesista recoge la historia de la paciente y empuja la camilla hacia la URPA. 12:35.
Los cirujanos salen a hablar con la familia: ¿Qué ha pasado, doctor, ha habido alguna complicación? — No, ¿por qué lo pregunta? — Hombre, como nos dijeron que duraría una hora y han pasado dos… — No, no se preocupe: ha salido todo bien. Marina está en la sala de despertar; dentro de una hora o así la subirán a la planta, así que pueden esperar en la habitación.
Lo dicho, no había razón para preocuparse. Y eso que el «retraso» sólo ha sido de una hora sobre el tiempo estimado: no os quiero ni contar si la cirugía requiere una preparación más larga o es más laboriosa (lo cual no significa que se complique), ¡los familiares se comen hasta los muñones! Así que ya lo sabéis para la próxima vez que os toque: al otro lado de las puertas del área quirúrgica ocurren muchas más cosas que la simple operación, bisturí por aquí y puntos por allí, de modo que respirad tranquilos, que los cirujanos saben hacer bien su trabajo.

